La corrupción, una constante

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Hade un siglo, ya Oswald Spengler en su La decadencia de Occidente, hablaba sobre la insuficiencia de la democracia y su rechazo de la civilización occidental por estar impulsada esencialmente por una corruptora avidez de dinero.

Esta codicia corrupta de poseer insaciablemente es una constante en el ser humano “caido”, hoy más que nunca esta corrupción incontenible se ha generalizado, agrandado e institucionalizado. Es el becerro oro o dios Mammón ante el que una gran multitud dobla, en adoración, la dorrilla.

Ciñéndonos España —que es lo que más de cerca no afecta y mejor conocemos y es suficiente como botón de muestra— la corrupción, desgraciadamente, se da a todos los niveles sociales: desde el particular que hace una minuscula obra (de un baño, por ejemplo) en su casa y pide o exige las facturas sin iva, al igual que el autónomo que hace esa u otras obras, o cualquier otra actividad comercial, que tambien trapichea en negro, extiende factura sin iva —y si es que la hace—, y no hablemos ya de las grandes fortunas y su huida a los paraiso fiscales, etc. Y ¡qué decir de los políticos y sus partidos! (y organizaciones adyacentes y demás chiringuitos subvencionados) que deberían dar ejemplo, y que sin embargo tienen un largo e inacabado historial de corrupciones…

Quisieramos pensar que esto de la corrupción fuera algo del pasado, que ahora estuvieramos en una nueva humanidad, digna del prgreso del que el ser humano actual presume; pero no. Esde bonito deseo no se ha hecho real —es eso: un deseo— porque este ser humano actual sigue siendo igual que sus antecesores, tan decadente moral —o más, por el saber acumulado— como quienes le han predecido.  En fin, que el hombre inmaduro moral del pasado sigue estando aquí. Es como aquello del microcrrelato de Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. E incluso, podríamos apostillar: “… y había crecido”.

El ser humano —reconozcamos con humildad— es corrupto por naturaleza, pero por la naturaleza caída —no la propia y genuina—. Es absurdo pensar en personas con comportamientos morales sustentados en sí mismos. Es una realidad contrastable: la inmoralidad creciente es paralela a la irreligiosidad y desnaturalización del hombre. Sin Dios no hay ética. Los sintomas de la deriva de la pervesión y encanallamiento  moral por la que se encamina el mundo, por si solo, carece de remedio; es impotente por sus propias fuerzas para superar su tendencia a la corrupción. Solo la gracia sobrenatural puede poner solución a esa falla de la naturaleza humana. Y posibilitar que la sociedad humana realmente progrese.

Decía  años atrás Vargas Llosa que “era bueno que la Iglesia de Cristo mantuviera su pujanza y su vitalidad, porque una sociedad democrática no puede combatir eficazmente a sus enemigos –empezando por la corrupción– si sus instituciones no están firmemente respaldadas por valores éticos, si una rica vida espiritual no florece en su seno como un antídoto permanente a las fuerzas destructivas”.

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