
El Evangelio según san Marcos (1,21-28) de la misa de hoy, 13 de enero, nos cuenta un acontecimiento que será común de la vida pública de Jesús: su predicación potente se ve ratificada por los hechos de salvación milagrosa de los que acuden a él para ser sanados física y espiritualmente.
«Debemos invocar a Jesús: invocarlo allí, donde sentimos que las cadenas del mal y del miedo aprietan con más intensidad.» (Papa Francisco).
En la sinagoga de Cafarnaúm, en la que aquel sábado estaba Jesús predicando con una autoridad nueva que ningún otro rabino poseía, se hallaba también un hombre poseído por el diablo. Ante la excepcional (divina) autoridad de Jesús el espíritu diabólico que habitaba oculto en aquella persona irrefrenablemente -como ocurrirá en otros casos- estalló en gritos, confesando -a pesar suyo- la santidad divina de Jesús: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.». Jesús, expeditivo, le manda que abandone a aquella persona: Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.» Y el espíritu inmundo de inmediato salido del poseído; causando la admiración de todos los presentes: no solo enseñaba como nadie sino que además expulsa a los demonios, liberando a las personas.
Este actuar de Jesús, que se inició muy temprano de su misión y en la población central de su evangelización, Cafarnaúm, se extendería rápidamente por toda la región. «Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades; los atormentados por espíritus inmundos quedaban curados, y la gente trataba de tocarlo, porque salía de él una fuerza que los curaba a todos.» (Lc 6,12-19). Luego, como se cuenta en otro lugar del Evangelio, le hacía imposible vivir «tranquilo», sin el agobio de los habitantes de aquellas poblaciones, que le buscaban para no solo liberarles y curarles de cualquier mal, también para escucharle.
Esa autoridad de Jesús no sólo la reconoce la gente normal, sencilla, a la que atrae; también, en sentido contrario, los demonios, y más tarde, dramáticamente, los fariseos (que acusaban la autoridad de Jesús y sus milagros de su poder venía de Belcebú) y la jerarquía sacerdotal, lo que le acarreará la muerte.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (1,21-28):
En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaún, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad.
Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo, y se puso a gritar: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.»
Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.»
El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: «¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen.»
Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea.
«Esa autoridad de Jesús no sólo la reconoce la gente normal, sencilla, a la que atrae; también, en sentido contrario, los demonios, y más tarde, dramáticamente, los fariseos y la jerarquía sacerdotal, lo que le acarreará la muerte.
Los seguidores de Jesús también estamos llamados a tener `autoridad´. Una autoridad como la de Jesús: aportar nuestros criterios, nuestras palabras y nuestras acciones para que el mundo se parezca a lo que Dios sueña. En unos tiempos donde a veces parece que todo vale, o donde el único criterio en ocasiones es el criterio económico o del propio beneficio, los cristianos estamos llamados a hacer valer nuestra autoridad… dando la vida.
«La cuestión, pues, no es tener autoridad o no tenerla. El Evangelio quiere ser una `autoridad´ en nuestro mundo, entre el resto de las voces que buscan orientar la vida de las personas. La cuestión es cómo ejercer esa capacidad. Frente a toda tentación de autoritarismo –autoridad violenta y desconsiderada- o de permisivismo –autoridad nula o endeble-, el justo medio habrá de buscarse mirando a Jesús: la autoridad que mira la vida, escucha todas las voces y, llegado un punto, es capaz de aportar palabras y gestos que apuntan hacia el Reino. A veces incluso en medio del conflicto. Hasta dar la vida…» (Luis Manuel Suárez CMF. Ciudadredonda).
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Palabras del papa Francisco:
(Audiencia, 28 septiembre 2022)
Es significativo que el primer milagro realizado por Jesús en el Evangelio de Marcos sea un exorcismo (cf. 1,21-28). En la sinagoga de Cafarnaúm libera a un hombre del demonio, liberándolo de la falsa imagen de Dios que Satanás sugiere desde los orígenes: la de un Dios que no quiere nuestra felicidad. El endemoniado de ese pasaje del Evangelio sabe que Jesús es Dios, pero esto no le lleva a creer en Él. De hecho, dice: «¿Has venido a destruirnos?» (v. 24).
Muchos, también cristianos, piensan lo mismo: que Jesús puede ser el Hijo de Dios, pero dudan que quiera nuestra felicidad; es más, algunos temen que tomarse en serio su propuesta, lo que Jesús nos propone, signifique arruinarse la vida, mortificar nuestros deseos, nuestras aspiraciones más fuertes. Estos pensamientos a veces se asoman dentro de nosotros: que Dios nos está pidiendo demasiado, tenemos miedo de que Dios nos pida demasiado, que realmente no nos ama. En cambio, en nuestro primer encuentro vimos que el signo del encuentro con el Señor es la alegría. Cuando encuentro al Señor en la oración, me pongo alegre. Cada uno de nosotros se vuelve alegre, una cosa hermosa. La tristeza, o el miedo, son sin embargo signos de lejanía con Dios.
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(Ángelus, 28 de enero de 2024)
El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús liberando a una persona poseída por un «espíritu maligno» (cf. Mc 1,21-28), que la destrozaba y la hacía gritar sin cesar (cf. vv. 23.26). Esto es lo que hace el demonio: quiere poseer para «encadenar nuestras almas». Encadenar nuestras almas: esto es lo que quiere el diablo. Y debemos cuidarnos de las «cadenas» que sofocan nuestra libertad. Porque el diablo te quita la libertad, siempre. Intentemos, pues, poner nombre a algunas de estas cadenas que pueden apresar nuestro corazón.
Pienso en las adicciones, que nos hacen esclavos, siempre insatisfechos, y devoran energía, bienes y afectos; pienso en las modas dominantes, que nos empujan al perfeccionismo imposible, al consumismo y al hedonismo, que mercantilizan a las personas y desvirtúan sus relaciones. Y otras cadenas: están las tentaciones y los condicionamientos que socavan la autoestima, la serenidad y la capacidad de elegir y amar la vida; otra cadena: el miedo, que hace mirar al futuro con pesimismo, y la intolerancia, que siempre echa la culpa a los demás; y luego hay una cadena muy fea: la idolatría del poder, que genera conflictos y recurre a las armas que matan o se sirve de la injusticia económica y de la manipulación del pensamiento. Hay tantas cadenas en nuestras vidas.
Y Jesús vino a liberarnos de todas estas cadenas. Y hoy, al desafío del diablo que le grita: «¿Qué quieres […]? ¿has venido a arruinarnos?» (v. 24), responde: » ¡Cállate, sal de él!» (v. 25). Jesús tiene el poder de expulsar al diablo. Jesús libera del poder del mal. Y estemos atentos: ¡ahuyenta al diablo, pero no dialoga con él! Jesús nunca dialogó con el diablo; y cuando fue tentado en el desierto, sus respuestas eran palabras de la Biblia, nunca un diálogo. Hermanos y hermanas, ¡con el diablo no se dialoga! Estén atentos: con el diablo no se dialoga, porque si entras en diálogo con él, él gana, siempre. Estén atentos.
¿Qué podemos hacer entonces cuando nos sentimos tentados y oprimidos? ¿Negociar con el diablo? No, no se negocia con él. Debemos invocar a Jesús: invocarlo allí, donde sentimos que las cadenas del mal y del miedo aprietan con más intensidad. El Señor, con la fuerza de su Espíritu, quiere repetir al maligno también hoy: «Vete, deja en paz ese corazón, no dividas el mundo, las familias, las comunidades; déjalas vivir en paz, para que florezcan allí los frutos de mi Espíritu, no los del tuyo -así dice Jesús-. Para que reine entre ellos el amor, la alegría, la mansedumbre, y en lugar de la violencia y los gritos de odio, haya libertad y paz”.
Preguntémonos entonces: ¿quiero realmente liberarme de esas cadenas que aprisionan mi corazón? Y también, ¿sé decir que «no» a las tentaciones del mal, antes de que se apoderen de mi alma? Por último, ¿invoco a Jesús, le permito que actúe en mí, que me sane por dentro?
Que la Santísima Virgen nos proteja del mal.
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Catena Aurea
San Jerónimo
Al redactar San Marcos el texto de su Evangelio, no siguió el orden de la historia, pero guardó el de los misterios. De aquí que refiera como primero la santificación de los sábados diciendo: «Y entran en Cafarnaúm».
Teof
Cuando se reunían el sábado los escribas, entró a enseñar en la sinagoga. Por lo cual sigue: «Y entrando los sábados en la sinagoga les enseñaba». La ley mandaba celebrar el sábado reuniéndose todos para consagrarse a la lectura. Cristo enseñaba argumentando, no adulando como los fariseos. Y continúa: «Y se admiraban de su doctrina, porque los enseñaba como teniendo potestad, y no como los escribas». Enseñaba con potestad, convirtiendo a los hombres al bien y advirtiendo con penas a los que no creían.
Beda
Los escribas enseñaban también a los pueblos lo que está escrito en Moisés y los Profetas. Pero Jesús, como Dios y Señor del mismo Moisés, con la libertad de su voluntad añadía a la ley lo que le parecía que le faltaba, o variándola predicaba al pueblo, según leemos en San Mateo ( Mt 5,21-44): «Se dijo a los antiguos; pero yo os digo».
Beda
Puesto que por envidia del diablo entró la muerte en el mundo (cap. 2), debió obrar la medicina de salvación contra el mismo autor de la muerte. Por eso dice: «Y había en su Sinagoga un hombre poseído del espíritu impuro».
San Crisóstomo
Se llama espíritu al ángel, al aire y al alma, y también al Espíritu Santo. Así, para que no caigamos en error por ser uno mismo el nombre, añade impuro, porque es impuro a causa de la impiedad y de su alejamiento de Dios, y porque se mezcla en todas las obras impuras y malas.
San Agustín, De la ciudad de Dios, lib. 9, cap. 20-21
Cuánta fuerza tiene verdaderamente contra la soberbia de los demonios la humildad de Dios, quien ha venido entre nosotros como siervo. Esto lo saben también los demonios, quienes se lo han expresado al mismo Señor revestido de la debilidad de la carne: «Y exclamó diciendo: ¿Qué hay entre nosotros y Tú Jesús Nazareno?», etc. En estas palabras se ve claramente que había en ellos ciencia, más no caridad.
Beda
Viendo al Señor en la tierra, creían los demonios que habían de ser juzgados al momento.
San Crisóstomo
Habló así como si dijera (el espíritu inmundo): Arrojando la impureza de los corazones de los hombres y depositando en ellos tu pensamiento divino, no nos das lugar en ellos.
Teof
El demonio decía que era su perdición salir del hombre, porque los demonios carecen de caridad y juzgan que sufren algún mal cuando no dañan a los hombres.
Y sigue: «Sé quién eres, el Santo de Dios».
San Crisóstomo
Es como si dijese: Tengo puesta la atención en tu venida, pues no tenía noticia segura y cierta de la venida de Dios. Le dice Santo, no como a uno de tantos, porque santo era también cada uno de los profetas. Le dice que es el único Santo (así lo expresa el artículo que se pone en griego), y verdaderamente por temor lo reconoce Señor de todo.
San Agustín, ut sup. De la ciudad de Dios, lib. 9, 21
Se dio a conocer a ellos según quiso, y quiso cuanto convino. No se dio a conocer como a los santos ángeles que, participando de su eternidad, gozan de El como Verbo que es. Se dio a conocer como debía para aterrarlos y librar de su tiránico poder a los predestinados. No se dio a conocer a los demonios como Vida eterna, sino por ciertos efectos temporales de su poder que, más que a la debilidad de los hombres, eran sensibles a los ángeles y aún a los espíritus malignos.
San Crisóstomo
La Verdad no quería el testimonio de los espíritus impuros, y por esto dice: «Y Jesús le amenazó diciendo», etc. Con esto se nos da la saludable enseñanza de que no creamos a los demonios aunque anuncien la verdad. Y sigue: «Y agitándole extraordinariamente el espíritu», etc. Y para que no se juzgase que las palabras de aquel hombre que hablaba discreta y sabiamente nacían de su corazón sino del demonio, permitió a éste que agitase extraordinariamente al hombre. De este modo se demostraba que era el demonio quien hablaba.
Teof
Para que los que lo presenciaban considerasen el mal de que se libraba el hombre, y creyesen a causa del milagro.
Beda
Puede parecer que las palabras de San Marcos, agitándole extraordinariamente, o, como dicen algunos códices, atormentándole, se oponen a las de San Lucas, aunque no le hizo daño. Pero el mismo San Lucas dice ( Lc 4,25): «Habiéndole arrojado al suelo en medio de todos, salió de él, sin hacerle daño alguno». De donde se deduce que dijo lo mismo San Marcos con la frase: «Agitándole extraordinariamente o atormentándole», que San Lucas con esta otra: «Habiéndole arrojado al suelo en medio de todos». En cuanto a las palabras que siguen: «Sin hacerle daño alguno», dan a entender que aquel fuerte estremecimiento y maltrato corporal no lo debilitó ni le hizo perder ningún miembro, como suele suceder a aquéllos de quienes sale el demonio. Vista, pues, la fuerza del milagro, y admirando la novedad de la doctrina del Señor, se apresuran a indagar las cosas que oían por las que veían. Y continúa: «Y todos se admiraron», etc. Este era el objeto de los milagros: que se creyese con más certidumbre lo que se anunciaba en el Evangelio del reino de Dios, viendo que los que prometían goces celestiales a los hijos de la tierra, hacían ver en ella obras celestiales y divinas. Antes, según el evangelista, estaba enseñando a éstos como quien tiene potestad. Ahora, según el testimonio de la gente, manda con poder sobre los espíritus inmundos, quienes lo obedecen. Luego dice: «Y su fama pasó», etc.
Glosa
Lo que admiran mucho los hombres lo divulgan inmediatamente, porque de la abundancia del corazón habla la boca ( Mt 12,34).
San Jerónimo
Cafarnaúm en sentido místico significa granja de consuelo, y sábado descanso. Así, pues, el hombre con el espíritu inmundo sana con el descanso y el consuelo, de modo que el lugar y el tiempo convienen a la salvación. El hombre con el espíritu impuro es el género humano, en el cual reinó la impureza desde Adán hasta Moisés, porque sin ley pecaron, y sin ley perecieron ( Rom 2). Se manda callar al que conoce al Santo de Dios, porque los que conocieron verdaderamente a Dios no lo glorificaron como a Dios, sino que sirvieron más bien a la creatura que al Creador ( Rom 1). El espíritu que atormentaba al hombre salió de él. Acercándose la salvación, se acercó también la tentación. El faraón, que habría de dejar ir a Israel, persigue a Israel ( Ex 14). El diablo menospreciado se alza para hacer caer.
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