El combate espiritual es una realidad en nuestra existencial, pues, se quiera o no, somos seres con libertad, conciencia y responsabilidad, sometidos a la concupiscencia, tentaciones, inclinaciones o influencias, llamadas que le inciten a desviarse de su bien, de lo que le engrandezca y santifique espiritualmente. En esta tesitura es cuando se da el combate espiritual donde nos hemos de pertrechar de la armadura puesta a nuestro alcance.
Entremos en el terreno de lo concreto y práctico: Esto nos dice la Palabra Sagrada en Efesios 6, 10-18:
Fortalézcanse en el Señor con la fuerza de su poder. Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las insidias del demonio. Porque nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio. Por lo tanto, tomen la armadura de Dios, para que puedan resistir en el día malo y mantenerse firmes después de haber superado todos los obstáculos. Permanezcan de pie, ceñidos con el cinturón de la verdad y vistiendo la justicia como coraza. Calcen sus pies con el celo para propagar la Buena Noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podrán apagar todas las flechas encendidas del Maligno. Tomen el casco de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios. Eleven constantemente toda clase de oraciones y súplicas, animadas por el Espíritu. Dedíquense con perseverancia incansable a interceder por todos los hermanos.
El combate espiritual al que se han enfrentado todos los santos, entramos cuando tenemos la sensación de no poder hacerlo solos y empezamos a pensar que quizás Dios nos pide algo superior a nuestras fuerzas. Entonces el Demonio utiliza su arma secreta, llamada desánimo. Esta es una tentación que a veces se presenta y que hace caer a muchos cristianos.
En ocasiones me viene el recuerdo -sobre todo cando paso momentos de flaqueza, de hastío, desánimo o duda, a lo que siempre estamos expuestos pues forma parte de nuestra condición humana en la actual condición de precariedad espiritual- este experiencia vivida por san Rafael Arnaiz:
«Las tres de la tarde de un día lluvioso del mes de diciembre. Es la hora del trabajo, y como hoy es sábado y hace mucho frío, no se sale al campo. Vamos a trabajar a un almacén donde se limpian las lentejas, se pelan patatas, se trituran las berzas, etc. (…) La tarde que hoy padezco es turbia, y turbio me parece todo. Algo me abruma el silencio, y parece que unos diablillos, están empeñados en hacerme rabiar, con una cosa que yo llamo recuerdos… En mis manos han puesto una navaja, y delante de mí un cesto con una especie de zanahorias blancas muy grandes y que resultan ser nabos. Yo nunca los había visto al natural, tan grandes… y tan fríos… ¡Qué le vamos a hacer!, no hay más remedio que pelarlos.
El tiempo pasa lento, y mi navaja también, entre la corteza y la carne de los nabos que estoy lindamente dejando pelados. Los diablillos me siguen dando guerra. ¡¡Que haya yo dejado mi casa para venir aquí con este frío a mondar estos bichos tan feos!! Verdaderamente es algo ridículo esto de pelar nabos, con esa seriedad de magistrado de luto.
Un demonio pequeñito y muy sutil, se me escurre muy adentro y de suaves maneras me recuerda mi casa, mis padres y hermanos, mi libertad, que he dejado para encerrarme aquí entre lentejas, patatas, berzas y nabos.
(…) Transcurría el tiempo, con mis pensamientos, los nabos y el frío, cuando de repente y veloz como el viento, una luz potente penetra en mi alma… Una luz divina, cosa de un momento… Alguien que me dice que ¡qué estoy haciendo! ¿Que qué estoy haciendo? ¡Virgen Santa! ¡Qué pregunta! Pelar nabos…, ¡pelar nabos!… ¿Para qué?… Y el corazón dando un brinco contesta medio alocado: “Pelo nabos por amor…, por amor a Jesucristo”».
La batalla contras las insinuaciones del diablo tratando de desencaminar, de quitar la paz, la alegría, la esperanza, para hacer abandonar el compromiso y la fidelidad a la Verdad y apartarnos definitivamente de Cristo.
Estas son reflexiones del padre Beppino Co’ sobre la armadura a usar contra las acechanzas del enemigo que pretenden destruirnos:
Satanás se presenta a veces como un ángel de luz, narcotiza nuestra conciencia y repite frases convincentes para hacernos vivir en contradicción con el Evangelio: «Tienes poco tiempo para orar; tienes mucho trabajo que hacer; enfadarte es normal porque demuestra que tienes carácter; siempre caes en los mismos pecados y entonces no te preocupes de ir a hacer la confesión, haz como todo el mundo». Satanás también usa nuestros deseos malsanos: orgullo, vanidad, celos, pereza, sensualidad, glotonería, enojo… Satanás, llamado el padre de las mentiras por San Juan, es un experto en difundir mentiras e ideas falsas para distorsionar el Evangelio de Jesús.
Es necesario usar todas las armas que Dios pone a nuestra disposición y que San Pablo enumera en su Carta a los Efesios 6,14-17. Debemos ser capaces de responder a las provocaciones de Satanás con las palabras de la Biblia. Es la técnica utilizada por Jesús cuando fue tentado en el desierto. Personalmente, acostumbro a escribir versículos bíblicos en un cuaderno; también los escribo en hojas de papel que dejo en la oficina o en la mesita de noche cerca de la cama; los llevo en el bolsillo y en la cartera. Estos versículos, cuando se memorizan, son como anti-misiles listos para ser lanzados contra los misiles con los que Satanás trata de bombardearnos. Si Satanás, por ejemplo, pone dudas en tu corazón con estas palabras: «Pero no ves que estás solo como un perro y no puedes ser feliz». “Nadie puede consolarte, ni siquiera Dios»; puedes responder inmediatamente con el misil de esta afirmación de Jesús: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14, 23). O si el demonio te lanza otro misil con estas palabras: «¡Eres un desastre y no puedes hacer nada! Ni siquiera Dios te ama»; respondes con este misil: «Sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman» (Romanos 8,28). Acostumbrarse a examinar la conciencia cada noche antes de dormirse para pedir perdón a Dios es muy útil para ganar la batalla espiritual.
A veces tendremos la impresión de que Dios no calma la tormenta de la tentación, pero si me refugio en sus brazos no tengo nada que temer. Incluso San Juan de la Cruz, que lo sabía, dijo que en lugar de razonar para tratar de convencerse de que no es bueno ceder a la tentación, es mucho mejor refugiarse en los brazos de Jesús, repitiendo: “Señor Jesucristo, Hijo del Dios vivo, ¡ten piedad de mí, que soy un pecador!”
«La gracia permanezca con todos los que aman a nuestro Señor Jesucristo con un amor incorruptible» (Efesios 6,24).