Jesús se quedó admirado

Estos días en la liturgia de la palabra hemos escuchado del evangelio de san Marcos la perícopa del capítulo 7,24ss. De lo que en ella acaece llama la atención algunas cosas que queremos  comentar y compartir con todos vosotros, queridos lectores.

(Abajo puede leer el relato del evangelio).

Quizá agobiado por tanta gente que le buscaba y le seguía por toda Galilea, porque se había corrido la voz de los milagros que hacía y por la autoridad con que predicaba, Jesús se alejó de su tierra, salió de Israel, y se fue hacia el norte, a Tiro, el Líbano. Sin embargo…

Alguien puso de él.. Era una mujer siria, una pagana. Tenía una hija poseída por el demonio. Y al enterarse de la presencia de Jesús -¡qué no hará una madre!-, fue de inmediato se su búsqueda, y cuando estuvo en su presencia (¡qué haríamos nosotros si estuviéramos en su presencia!; ¡Ay, pues todos los días lo podemos estar… en el Sagrario, en la Misa, en nuestro corazón…!), se arrojó a los pies de Jesús, en un gesto de humildad, de súplica, de reconcomiendo (y de adoración). La mujer sabía ante quien estaba, explícitamente no sabía, como nadie, de quién era realmente Jesús, pero sí del poder sobrenatural que poseía, el poder de un hombre de Dios, de un profeta o enviado suyo; y le pidió a Jesús que liberara a su hija…

Jesús, entonces, y para sorpresa nuestra, que no para los de entonces, la dijo estas palabras: “Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos”. Los judíos despreciaban a los pueblos paganos de su alrededor, empleando el apelativo de perros. Jesús usa ese término contundente para expresar que la gracia del Reino de Dios era destinada a los judíos (los hijos) y los demás, paganos, eran (los perros), para los que no están destinadas los bienes del Dios de Israel.

Ante esa observación un tanto dura de Jesús, sería de espera que la mujer, desanimada, molesta, replicara con un reproche airado; en cambio, dijo “tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.” Esta respuesta descolocó a Jesús, inopinadamente aquellas palabras de esa mujer llena de humildad, sabiduría y fe dejaron a Jesús boquiabierto, admirado. De tal modo que atendió lo que pedía, expulsando al demonio que atormentaba a su hija.

Jesús mostró así que el Reino de Dios, y sus efectos, no eran negado al resto del mundo, sino que se podían beneficiar todos, no solo el pueblo elegido. La fe todo lo puede, sobrepasa barreras, fronteras y prejuicios.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,24-30):

En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era griega, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.
Él le dijo: «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos.»
Pero ella replicó: «Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños.»
Él le contestó: «Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

 

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