Jesús se quedó admirado

En la liturgia de la misa de hoy, 13 de febrero, el pasaje del evangelio (Mc 7,27-30) se nos narra un milagro de liberación y salvación; un milagro del que se ve favorecida una persona extranjera, y llevado a cabo por la intercesión de otra persona, la madre de la hija poseída, que a más a más está ausente. Es un milagro que posee tres componente fundamentales la humildad, la fe y el amor de la madre.

Lectura del santo evangelio según san Marcos (7,24-30):

En aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro. Se alojó en una casa, procurando pasar desapercibido, pero no lo consiguió; una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró en seguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies. La mujer era griega, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de su hija.
Él le dijo: «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos
Pero ella replicó: «Tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños
Él le contestó: «Anda, vete, que, por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija». Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se había marchado.

Quizá agobiado por tanta gente que le buscaba y le seguía por toda Galilea, porque se había corrido la voz de los milagros que hacía y por la autoridad con que predicaba, Jesús se alejó de su tierra, salió de Israel, y se fue hacia el norte, a Tiro, El Líbano. Sin embargo…

Alguien supo de él. Era una mujer siria, una pagana. Tenía una hija poseída por el demonio. Y al enterarse de la presencia de Jesús -¡qué no hará una madre!-, fue de inmediato se su búsqueda, y cuando estuvo en su presencia (¡qué haríamos nosotros si estuviéramos en su presencia!; ¡Ay, pues todos los días lo podemos estar… en el Sagrario, en la Misa, en nuestro corazón…!), se arrojó a los pies de Jesús, en un gesto de humildad, de súplica, de reconcomiendo (y de adoración). La mujer sabía en su corazón ante quien estaba, pero explícitamente no, no tenía un conocimiento pleno de quién era realmente Jesús, pero sí del poder sobrenatural que poseía, el poder de un hombre de Dios, de un profeta o enviado suyo; y de manera excesiva le pidió a Jesús que liberara a su hija…

Jesús, entonces, y para sorpresa nuestra, que no para los de entonces, le dijo estas palabras: «Deja que coman primero los hijos. No está bien echarles a los perros el pan de los hijos«. Los judíos despreciaban a los pueblos paganos de su alrededor, empleando el apelativo de perros. Jesús usa metafóricamente ese término contundente para expresar que la gracia del Reino de Dios era destinada a los judíos (los hijos) y los demás, paganos (los perros), para los que no estaban reservados los bienes del Dios de Israel.

Ante esa observación un tanto dura de Jesús, sería de espera que la mujer, decepcionada, desanimada, molesta, dolorida…, replicara con un reproche airado; en cambio, dijo «tienes razón, Señor; pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niñosEsta inesperada respuesta descolocó a Jesús, inopinadamente aquellas palabras de esa mujer llena de humildad, sabiduría y fe dejaron a Jesús boquiabierto, admirado. De tal modo que accedió a lo que aquella mujer le pedía, expulsando al demonio que atormentaba a su hija.

Jesús mostró así que el Reino de Dios, y sus efectos, no eran negados al resto del mundo, sino que se podían beneficiar todos, no solo el pueblo elegido. La fe todo lo puede, sobrepasa barreras, fronteras y prejuicios. Aquí Jesús abrió las puertas del Reino a la universalidad de todos los seres humanos.

 

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Palabras del papa Francisco

(Ángelus, 16 agosto 2020)

Cada uno de nosotros tiene su propia historia y no siempre es una historia limpia; muchas veces es una historia difícil, con muchos dolores, muchos problemas y muchos pecados. ¿Qué hago, yo, con mi historia? ¿La escondo? ¡No! Tenemos que llevarla delante del Señor: “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!” Esto es lo que nos enseña esta mujer, esta buena mujer: la valentía de llevar la propia historia de dolor delante de Dios, delante de Jesús; tocar la ternura de Dios, la ternura de Jesús. Hagamos, nosotros, la prueba de esta historia, de esta oración: cada uno que piense en la propia historia. Siempre hay cosas feas en una historia, siempre. Vamos donde Jesús, llamamos al corazón de Jesús y le decimos: “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Y nosotros podremos hacer esto si tenemos delante de nosotros el rostro de Jesús, si nosotros entendemos cómo es el corazón de Cristo: un corazón que tiene compasión, que lleva sobre sí nuestros dolores, que lleva sobre sí nuestros pecados, nuestros errores, nuestros fracasos.

Pero es un corazón que nos ama así, como somos, sin maquillaje. “¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Y por esto es necesario entender a Jesús, tener familiaridad con Jesús. Y vuelvo siempre al consejo que os doy: llevar siempre un pequeño Evangelio de bolsillo y leed cada día un pasaje. Llevad el Evangelio: en el bolso, en el bolsillo y también en el móvil, para ver a Jesús. Y allí encontraréis a Jesús como Él es, como se presenta; encontraréis a Jesús que nos ama, que nos ama mucho, que nos quiere mucho. Recordad la oración: ¡Señor, si Tú quieres, puedes sanarme!”. Bonita oración. Que el Señor nos ayude, a todos nosotros, a rezar esta bonita oración que nos enseña una mujer pagana: no cristiana, ni judía, sino pagana.

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Catena Aurea

Teofilacto

Después que hubo enseñado el Señor lo que respecta a los alimentos, viendo la incredulidad de los judíos, se dirigió hacia los confines de la idolatría, pues siendo infieles aquéllos, se torna la salvación del lado de las naciones. Y así dice: «Partiendo de aquí se dirigió hacia los confines de Tiro y de Sidón».
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Tiro y Sidón eran lugares de los cananeos: a ellos fue el Señor, no como a pueblo de amigos, sino como a un pueblo que nada tiene de común con los ascendientes del Señor, a quienes habían sido hechas las promesas. Y fue sin que los de Tiro y Sidón se dieran cuenta de su llegada. «Y habiendo entrado en una casa, dice, deseaba que nadie supiese»; porque aún no había llegado el tiempo de que habitase entre las naciones, y de que las guiase a la fe. Este tiempo debía suceder a su cruz y su resurrección.
 

Teofilacto

O bien: entró ocultamente, para no dar motivo a los judíos contra El por haber pasado a pueblos impuros.

«Mas no pudo encubrirse».
 

San Agustín, De cuest. sob. el nuev. y ant. Testam., cap. 77

Pues si quiso y no pudo, se deduce que su voluntad no era poderosa. Y como es imposible que no se cumpla la voluntad del Salvador, y no puede querer lo que no debe suceder, debemos decir que lo que ha querido es lo que ha sido hecho. Hay que advertir que esto sucedió en los confines de la gentilidad, a la que no era tiempo aún de anunciar la fe; pero viniendo espontáneamente a ella, sólo la envidia podía oponerse a que la recibiera. Así que convenía que los discípulos no divulgaran la presencia del Señor; sin embargo fue divulgada por otros que lo vieron entrar en la casa, y se supo que estaba en ella. No quiso que lo anunciaran los suyos, sino que lo buscasen los que quisieran, y así sucedió.
 

Beda, in Marcum, 2, 30

Habiendo entrado en la casa, mandó a sus discípulos que no dijesen quién era a nadie de aquel país desconocido; enseñándoles de este modo con el ejemplo que ellos, a quienes confería la gracia de curar a los enfermos, debían declinar cuanto pudieran la gloria humana que recibiesen por los milagros que hicieran. No debían cesar por eso en la piadosa obra de hacerlos cuando lo mereciese la fe de los buenos, o los obligare a ello la incredulidad de los perversos. El mismo, sin embargo, hizo conocer su entrada allí a una mujer pagana y a quien consideró oportuno.
 

San Agustín, De cuest. sob. el nuev. y ant. Testam., cap. 77

Finalmente, oyendo hablar de El, entró la mujer cananea, la cual no hubiera conseguido el beneficio que deseaba si no se hubiese sometido antes al Dios de los judíos. «Porque luego que lo supo una mujer», etc.
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Quiso el Señor mostrar con esto a sus discípulos que había abierto también a los gentiles la puerta de la salvación. Por esta razón se nombra el país de esta mujer: «era una mujer pagana, sirofenicia de nación», esto es, de la Siria de Fenicia. «Y le suplicaba, prosigue, que lanzase de su hija al demonio», etc.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 49

Parece que hay alguna contradicción entre que el Señor estaba en la casa cuando entró la mujer rogándole por su hija, y que los discípulos, según San Mateo dijeron al Señor: «Despídela, porque grita detrás de nosotros» ( Mt 15,23). Pero lo que esto parece indicar, es que aquella mujer iba detrás del Señor, que andaba paseándose, haciéndole oír sus súplicas. Pero entonces, ¿cómo estaba en la casa? Esta dificultad puede aclararse diciendo que entró la mujer, como dice San Marcos, en la casa en que le habían dicho que estaba Jesús y que Jesús salió de ella sin contestar palabra, que es lo que dice San Mateo: «No le respondió palabra» ( Mt 15,23). Todo lo demás, que no ofrece ninguna discordancia, se explica de este modo.

«Díjole Jesús: Aguarda que primero se sacien los hijos».
 

Beda, in Marcum, 2, 30

Que es como si dijera: Vendrá el tiempo en que también vosotros los gentiles consigáis la salvación, pero antes conviene que los judíos, que son llamados el pueblo de Dios, en virtud de su antigua elección, sean restaurados con el pan celestial y que el sustento de la vida se administre así a los gentiles. «Que no parece bien hecho, continúa, el tomar el pan de los hijos para echarle a los perros», etc.
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Dijo esto, no porque no pueda colmar de beneficios a todos sino porque, distribuyéndolos entre los judíos y los gentiles, que no tenían comunicación entre sí, provocaba más su emulación.
 

Teofilacto

Llama perros a los gentiles, juzgados réprobos por los judíos, y señala por el pan el beneficio que prometió el Señor a sus hijos, esto es, a los judíos. El sentido, en fin, es que no convenía que los gentiles fuesen partícipes del beneficio antes que los judíos, a los cuales principalmente había sido prometido. Por tanto, el Señor no oye en seguida a la mujer y difiere la gracia que le pide, para que se manifieste su fe constante, y también para que aprendamos a no desmayar cuando oremos y a insistir hasta que recibamos.
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

De este modo manifestaba también a los judíos que no daba la salud a los gentiles igualmente que a ellos. Y con la fe de la mujer hacía resaltar más la infidelidad de los judíos. La mujer, pues, se resignó, confirmando con sumo respeto lo que el Señor le dijo: «A lo que le replicó ella, y le dijo: Es verdad, Señor, pero a lo menos los cachorrillos comen debajo de la mesa las migajas que dejan caer los hijos».
 

Teofilacto

Es como si dijera: los judíos tienen todo el pan, esto es, el que baja del cielo, y también tus beneficios; yo pido las migajas, es decir, una parte pequeña del beneficio.
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Se confunde con los perros por respeto al Señor; en suma viene a decir: tengo a favor el ser considerada entre los perros y comer, no en mesa ajena, sino en la de mi Señor.
 

Teofilacto

Esta mujer obtuvo lo que deseaba, por la mucha sabiduría con que contestó. Y continúa: «Díjole entonces Jesús», etc. No dijo: Mi poder te ha salvado; sino: por lo que has dicho -esto es, por la fe que han demostrado tus palabras- anda, que el demonio ha dejado ya a tu hija.

«Y habiendo vuelto a su casa, halló a la muchacha reposando sobre la cama y libre ya del demonio».
 

Beda, in Marcum, 2, 30

Por las palabras de la madre, llenas de humildad y de fe, el demonio dejó a la hija. Con ello se nos da el ejemplo de catequizar y bautizar a los niños, porque por la fe y confesión de los padres, los niños se libran sin duda del diablo en el bautismo, ya que ellos no pueden saber ni hacer por sí nada de bueno ni de malo.
 

Pseudo-Jerónimo

En sentido místico, esta mujer pagana que ruega por su hija, es nuestra madre la Iglesia romana, y el pueblo de occidente -nacido bajo el poder del demonio y de la barbarie- de perro que era, se convierte en oveja, puesto que desea tomar, no el pan partido de la letra, sino las migajas de la inteligencia espiritual.
 

Teofilacto

También cuando peca cada uno de nosotros, representa en su alma a esta mujer; así como sus malas acciones a la hija enferma, a la que posee el demonio, porque suyas son las acciones malas. Se llama cachorrillos llenos de impureza a todos los pecadores que no somos dignos por lo mismo de recibir el pan de Dios o de participar de sus santos misterios. Pero si por la humildad nos reconocemos como cachorrillos y confesamos nuestros pecados, entonces cura la hija, esto es, nuestra mala acción.

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