El Evangelio (Mt 10,7-15) de la misa de hoy, 9 de julio, es continuación del de ayer: en que pide a sus discípulos: “Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca”. Encomienda que tiene algunas características a destacar:
Jesús otorga a los que envía —a todos sus seguidosres— el poder de anunciar o testimoniar su Reino, el Reinado que Él representa y es, con signos: «Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios.«
Esta cualidad sanatoria o salvífica es una realidad propia del Reino del Dios, que es generador de bien, en todos los sentidos —salud física y espiritual—. Es decir, el Reino de los cielos o gloria de Dios, no hay imperfección alguna, todo es perfección, plenitud, felidadad absoluta.
Este carisma o gracia o poder de hacer signo que Jesús promete a los discípulos en misión, es un don absolutamente gratuito; de modo que con la misma maganaimidad con que se ha sido entregado, así debeis hacer: “Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis.» “Es imposible apropiarse de los bienes espirituales y de comportarse respecto a ellos como un poseedor o un dueño, pues tienen su fuente en Dios. Sólo es posible recibirlos gratuitamente de Él” (Catecismo de la Iglesia Católica, nº 2.121)
Jesús a los que encomienda esa misión de anunciar el Evangelio –«Está cerca de vosotros el reino de Dios«- que lo hagan con un talante de absoluta confinza o fe en la Providencia. Jesús dice que no vayan pretrechados de ropa y alimentos. Es como si Él a través de la gente —digna, de buen corazón—, a la que evangelicen en cada lugar les propocionará lo necesario. Y no sólo no pertrechado de lo material, sino también de lo intelectual, no hay que preocuparse de eso, Dios estará con ellos: Dios capacita a los que elige y los guarda en todos los sentidos.
Al final, Jesús lanza una advertencia para aquellos que rechacen a sus enviados, pues es lo mismo que rechazarle a Él, es decir, rechazr el Reino de los cielos, y con ello la gloria eterna. Y hace esta aseveración lapidaria: “Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad”.
Lectura del santo evangelio según san Mateo (10,7-15):
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus Apóstoles: «Id proclamando que el Reino de los Cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis.
No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento. En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay en él digno, y quedaos allí hasta que salgáis.
Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, llegue a ella vuestra paz; mas si no es digna, vuestra paz se vuelva a vosotros. Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies. Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad».
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Palabras del papa Francisco
(Angelus de 7 de julio de 2019)
Cuando envía a los setenta y dos discípulos, Jesús les da instrucciones precisas que expresan las características de la misión. La primera ―ya lo hemos visto―: rezad; la segunda: id; y luego: no llevéis bolsa o alforja …; decid: “Paz a esta casa” … permaneced en esa casa … No vayáis de casa en casa; curad a los enfermos y decidles: “El Reino de Dios está cerca de vosotros”; y, si no os reciben, salid a las plazas y despedíos (cf. versículos 2-10). Estos imperativos muestran que la misión se basa en la oración; que es itinerante: no está quieta, es itinerante; que requiere desapego y pobreza; que trae paz y sanación, signos de la cercanía del Reino de Dios; que no es proselitismo sino anuncio y testimonio; y que también requiere la franqueza y la libertad para irse, evidenciando la responsabilidad de haber rechazado el mensaje de salvación, pero sin condenas ni maldiciones.
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Catena Aurea
Glosa
Después de haber enseñado a sus discípulos el camino por donde deben ir, les dice lo que deben enseñar: «id y predicad diciendo que se aproxima el reino de los cielos».
Rábano
Se dice aquí que se aproxima el reino de los cielos, no por algún movimiento de los elementos, sino por la fe que se nos ha dado de un Criador invisible. Con razón se llaman santos del cielo los que poseen a Dios por la fe y le aman por la caridad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,4
Vosotros veis la grandeza del ministerio; veis la dignidad de los apóstoles; no les manda, como a Moisés y a los profetas que nos anuncien cosas sensibles, sino cosas nuevas y fuera de la opinión de los hombres. Porque aquellos anunciaron los bienes de la tierra y éstos el reino del cielo y cuantos bienes se encierran en él.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 4,1
Fue dado a los apóstoles el poder de hacer milagros, a fin de que el brillo de este poder diera más crédito a sus palabras y pudieran acompañar con obras nuevas la nueva doctrina que predicaban. Por eso se les dice: «Curad a los enfermos, resucitad a los muertos, limpiad a los leprosos, arrojad a los demonios».
San Jerónimo
Les da la potestad de hacer milagros, para que todos creyeran a aquellos hombres campesinos, sin gracia ni elocuencia, ignorantes y sin letras que prometían el reino de los cielos; a fin de que la grandeza de las obras fuera una prueba de la grandeza de las promesas.
San Hilario, in Matthaeum, 10
Todo el poder del Señor pasa a los Apóstoles, a fin de que todos los que estaban prefigurados en Adán y en la semejanza de Dios, consiguiesen ahora la imagen perfecta de Cristo y corrigiesen ellos mismos por la comunicación del poder divino todos cuantos males había introducido el instinto de Satanás en el cuerpo de Adán.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 29,4
Estos milagros fueron necesarios en el principio de la Iglesia, a fin de que la semilla de la fe creciera y se desarrollara con ellos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,7
Pero después que el respeto a la fe se extendió por todas partes, fueron, si efectivamente los hubo también después, menos y más raros. Dios suele hacer esos prodigios cuando los males han adquirido toda su manifestación, porque entonces es cuando hace ver su poder.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 29,4
Sin embargo, la Santa Iglesia hace todos los días espiritualmente lo que entonces hacían los Apóstoles corporalmente. Y son ciertamente esos milagros tanto mayores, cuanto que por ellos resucita el espíritu y no el cuerpo.
Remigio
Los enfermos son los indolentes, que no tienen fuerzas para hacer buenas obras; los leprosos son los sucios o por sus acciones, o por sus deleites carnales; los muertos los que practican obras de muerte; endemoniados los que están sujetos al imperio del demonio.
San Jerónimo
Y puesto que los dones sobrenaturales pierden su valor cuando media alguna recompensa temporal, por eso condena la avaricia en los términos siguientes: «Dad gratuitamente lo que gratuitamente recibisteis; yo vuestro maestro y Señor, os he repartido todos estos dones sin recompensa; luego dadlos también vosotros sin recompensa».
Glosa
Dice esto para que Judas, que llevaba la bolsa, no tratara, valiéndose de este poder, de aumentar el dinero y lo dice también con el objeto de condenar aquí la perfidia herética de la simonía.
San Gregorio Magno, homiliae in Evangelia, 5
Preveía que no faltarían algunos que mirando el don del Espíritu Santo y el poder de hacer milagros como objetos de comercio, se servirían de ellos para satisfacer su avaricia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,4
Ved aquí, cómo el Señor atiende a las costumbres no menos que a los milagros, para darnos a entender que sin las costumbres, de nada valen los milagros y cómo abate el orgullo de sus discípulos con las palabras: «Recibisteis gratuitamente y os mando que estéis limpios de toda afición al dinero». O también para demostrarles que ellos nada dan de sí mismos, les dice: «Recibisteis gratuitamente», que es como si dijera: «Nada dais vosotros de lo vuestro en aquello que distribuís, porque no lo habéis recibido ni por vuestro trabajo, ni como por salario vuestro y puesto que es una gracia mía, dadla como tal a los otros, porque no es justo recibáis por ella precio alguno».
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,4
El Señor después de prohibir el comerciar con las cosas divinas, arranca la raíz de todos los males con las palabras: «No queráis poseer oro, ni plata».
San Jerónimo
Porque si ellos al predicar no reciben salario, demás está el poseer oro, plata o dinero. Si efectivamente lo poseyesen, darían lugar a creer que ellos predicaban, no por salvar a los hombres, sino por amor a la ganancia.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,4
Este precepto tiene por objeto, primero elevar a sus discípulos sobre toda sospecha; segundo, dejarles libres de todo cuidado, a fin de que puedan emplear todo el tiempo en la predicación; tercero el manifestarles su poder, por lo que después les dijo: «¿Por ventura cuando os mandé sin saco y sin bolsillo os faltó cosa alguna?» ( Lc 22,35).
San Jerónimo
Aquel que prohibió las riquezas representadas por el oro, la plata y el cobre, viene a prohibir casi hasta lo necesario para la vida, a fin de que los apóstoles de la verdadera religión, que establecía que todo era dirigido por la divina Providencia, se manifestasen sin preocupación de ningún género por su porvenir.
Glosa
Por eso añade: «ni dinero en vuestros cintos». De dos maneras son las cosas necesarias: o porque son indispensables para comprar y en este sentido se toman las palabras «ni dinero en vuestros cintos», o porque las mismas cosas en sí son de absoluta necesidad y esto es lo que significa la alforja.
San Jerónimo
Con las palabras «ni alforja para el camino» confunde a los filósofos conocidos vulgarmente con el nombre de bactroperatas, que despreciando al mundo y teniendo como de ningún valor todas las cosas, viajan bien provistos de toda clase de provisiones. Sigue: «Ni dos túnicas», esto es, dos vestidos completos; no quiere que lleven dos vestidos, no porque crea que en la Escitia y en los climas fríos baste un solo vestido, sino que les prohibe el llevar más vestido que el puesto, a fin de que no se preocupen con las contingencias del porvenir. Sigue: «Ni calzado». El mismo Platón sostiene, que para evitar la molicie, es preciso dejar al descubierto las dos extremidades del cuerpo, la cabeza y los pies: porque cuanta más firmeza tienen estas dos partes, más robustez adquieren las demás. Sigue: «Ni báculo». ¿Para qué necesitan la defensa del báculo los que están protegidos por Dios?
Remigio
Nos manifiesta el Señor con estas palabras, que El llama a los santos predicadores a la dignidad del primer hombre, que mientras poseyó los bienes celestiales, jamás deseó los terrenales y sólo pensó en éstos cuando perdió aquellos por el pecado.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,4
¡Dichoso cambio! en lugar del oro, de la plata y de otras cosas parecidas, recibieron el poder de dar la salud a los enfermos, de resucitar a los muertos y de otras cosas semejantes: por eso no les dice desde el principio: «No poseáis oro ni plata»; sino después de haberles dicho: «Limpiad los leprosos, arrojad los demonios». Por donde se ve que de hombres, por decirlo así, hizo ángeles, dejándoles libres de toda solicitud por las cosas de esta vida, a fin de que no tuvieran más cuidado que el de la predicación y aun quitándoles este cuidado con aquellas palabras: «No estéis inquietos por lo que habéis de hablar», porque lo que os parece pesado y difícil, os será muy ligero y fácil. Nada hay más dulce, que el no tener cuidado de ningún género y sobre todo si se puede tener la confianza de que lo podemos poseer todo sin desear nada, con la presencia de Dios que siempre está atento a todas nuestras necesidades.
San Jerónimo
Y porque mandó a los apóstoles casi desnudos y desembarazados para la predicación. Y porque parecía dura esta condición de los maestros, por eso suavizó la severidad de este mandato con las siguientes palabras: «Porque es digno el operario de su alimento»; que vale tanto como decir: No recibáis más que lo necesario para el vestido y para el alimento. Es lo que nos dice el Apóstol: «Teniendo qué vestir y qué comer estemos contentos» ( 1Tim 6,8) y en otra parte: «Aquel que es catequizado, debe dar de todo lo que posee al que le catequiza» ( Gál 6,6), a fin de que los discípulos que reciben los bienes espirituales, hagan a sus maestros partícipes de sus bienes temporales, no para enriquecerlos, sino para atender a sus necesidades.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,5
Era conveniente que los discípulos alimentasen a los Apóstoles, de quienes recibían la enseñanza, para que no despreciasen a estos últimos, con el pretexto de que ellos nada recibían y lo daban todo y para que no los abandonasen como cosa despreciable. Y para que los Apóstoles no dijeran que se les manda a vivir mendigando y de esta manera no se avergüencen, los llama operarios y les dice que el operario es digno de un salario. Y para que no se formasen ellos la idea de que porque su ministerio era verbal, carecía de importancia, les dice: «El operario es digno de su alimento». No determinan estas palabras la clase de recompensa de que es digno el trabajo apostólico, sino que dan una regla de conducta a los apóstoles, a fin de que puedan convencer a los que atienden a sus necesidades, que todo lo que dan lo dan por un derecho de justicia.
San Agustín, sermones 46,2
No es, pues, el Evangelio una cosa venal, que se predica por un salario temporal. Porque si así fuera vendible, a muy bajo precio sería vendida una cosa tan grande. Exijan, pues, del pueblo los predicadores el sustento indispensable para las necesidades de la vida y de Dios la recompensa de su ministerio. Lo que el pueblo da a los que lo evangelizan, no lo hace por caridad, sino que se lo da como un deber, a fin de que atiendan a sus necesidades y de esta manera puedan continuar evangelizando.
San Agustín, de consensu evangelistarum, 2,30
Cuando el Señor dice a los Apóstoles: «No queráis poseer oro» les añade a continuación: «porque es digno el operario de su sustento». Por estas palabras se ve claramente la razón de por qué no quiere el Señor que sus discípulos posean ni lleven dinero; no porque no sea éste necesario para las necesidades de la vida, sino para darles a entender que El los envía de tal manera, que sus necesidades debían cubrirlas aquellos a quienes anunciaban el Evangelio, como si fueran soldados a quienes se paga su justo estipendio. No fue la voluntad del Señor, en este pasaje, el que los Apóstoles viviesen pendientes únicamente de lo que les ofrecían aquellos a quienes evangelizaban, porque esto estaría en oposición con lo que practicaba San Pablo, que vivía del trabajo de sus manos. Sino que quiso darles un poder, e indicarles que este poder era la razón del deber en que estaban aquellos a quienes evangelizaban, de cubrir sus necesidades. Cuando el Señor impone un precepto, es preciso, si no se ha de cometer una falta por desobediencia, cumplirlo; pero no es lícito no usar o abandonar un derecho propio que el Señor ha concedido. Mandando, pues, el Señor que el que predica el Evangelio viva del Evangelio, estas palabras dirigidas a los apóstoles, tenían por objeto indicarles, que llenos ellos de seguridad, no poseyesen ni llevasen las cosas necesarias a la vida, ni grandes, ni pequeñas, o como dice el Señor: «ni bastón», puesto que los fieles estaban en la obligación de darles, no lo superfluo, sino todo lo que necesitasen. La palabra bastón significa autoridad, según aquellas palabras de San Marcos: No toméis para el camino más que el bastón ( Mc 6), San Mateo no prohibió, al decir que se viajara descalzo, el uso del calzado, sino la preocupación de que no faltara el calzado. Esta misma interpretación debe darse a la prohibición de llevar para el camino más túnica que la puesta y la de poseer dos túnicas, que no necesitaban, puesto que tenían autoridad para recibir otra cuando la primera quedaba inservible. Las palabras de San Marcos, de que los Apóstoles se calzaran con sandalias, tienen un sentido místico: este calzado deja descubierto el pie por arriba y cubierto por abajo: de esta manera el Evangelio no se debe ocultar ni se debe apoyar en los intereses temporales. Y al prohibir que se lleven dos túnicas y más expresamente el cubrirse con ellas, nos aconseja que nuestra conducta debe ser sencilla y no debemos vivir con doblez. Es indudable que todo lo que el Señor dijo, lo dijo parte en sentido figurado, parte en sentido propio y que los evangelistas dan en sus escritos esos dos sentidos a las palabras del Señor. Quien tuviera la opinión de que el Señor no pudo hablar en un mismo pasaje ya en sentido figurado o ya en el propio, que mire las demás partes del Evangelio y verá cómo su opinión es atrevida e irreflexiva. Cuando el Señor dice que al dar la limosna o cualquiera otra cosa, debe hacerse con tanto sigilo que no se aperciba la mano izquierda de lo que hace la derecha ( Mt 6), es indudable que estas palabras deben tomarse en sentido figurado.
San Jerónimo
Parte de estas palabras tienen un sentido histórico y parte un sentido anagógico. No es conveniente el que los maestros posean oro, plata, o el dinero que se suele llevar en los cintos: la palabra oro significa el sentido; la plata la palabra y el cobre el metal de la voz. No debéis, dice a los discípulos, tomar cosa alguna de éstas de los hombres, sino como venidas de Dios, así como no debéis dar oídos a la doctrina de los filósofos y a las perversas herejías de los herejes.
San Hilario, in Matthaeum, 10
El cinto es el medio de que nos servimos para guardar el dinero y prohibiéndonos el Señor llevar dinero en el cinto, nos aconseja que debemos evitar llevar cosa alguna temporal, por el ejercicio de nuestro ministerio. Nos previene que no llevemos alforja para el camino, es decir, que no tengamos solicitud por nuestra subsistencia material; porque todo tesoro en la tierra es perjudicial, porque donde esté nuestro tesoro, estará nuestro corazón. Dice también: «Ni dos túnicas». Porque a los que nos hemos vestido de Cristo una vez, nos basta una sola túnica y después de habernos envuelto en la verdad incontestable, debemos rechazar la vestidura de la herejía y de toda ley que no sea la de Dios. «Ni calzado», porque debemos caminar por una tierra santa y libre de las espinas y aguijones de los pecados, como se mandó a Moisés ( Ex 3) y defender nuestros pies con las sandalias que hemos recibido de Cristo.
San Jerónimo
O bien: el Señor nos previene que no tengamos atados nuestros pies con las ligaduras de la muerte, a fin de estar desnudos al entrar en la tierra santa, ni llevar báculo, que se podría convertir en serpiente, ni apoyarnos en defensa alguna de la carne. Porque el bastón y semejantes apoyos son cañas frágiles, que se rompen al menor esfuerzo y hieren la mano que se apoya en ellos.
San Hilario, in Matthaeum, 10
No somos indignos de poseer el derecho de un poder extraño, si tenemos la vara de la raíz de Jesé.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,5
No debe creerse de que por las anteriores palabras del Señor: «Digno es el operario de su sustento», ya todas las puertas quedaban abiertas a los discípulos. Les manda, por el contrario, que tengan mucha prudencia en la elección de la hospitalidad, por las palabras: «En cualquier ciudad o aldea en que entrareis, informáos primero de quién habita en ella».
San Jerónimo
No podían los Apóstoles al entrar en una ciudad nueva para ellos, saber lo que esa ciudad era; por esta razón debían fijarse para la elección de la hospitalidad en la opinión del pueblo y en el juicio de los vecinos, a fin de que no fuese comprometida la dignidad apostólica, por parte de aquel que los recibía.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,5
¿Por qué razón, pues, permaneció el Señor en casa de un publicano? Sin duda, porque lo merecía el publicano por su conversión. Y no sólo cedió en utilidad de los Apóstoles esta determinación del Señor, sino que contribuyó hasta en el modo de ser tratados. Porque si es digno del Evangelio el dueño de la casa, indudablemente dará a los Apóstoles cuanto necesiten, especialmente si éstos no exigen más que lo puramente necesario. Observemos, pues, cómo al mismo tiempo que Jesús despoja a sus discípulos de todas las cosas se las da todas, permitiéndoles la estancia en la casa de aquellos a quienes enseñaban. De esta manera quedaban los Apóstoles libres de todo cuidado y persuadían a los demás de que el objeto de su venida a sus casas era su salvación, puesto que si ellos nada llevaban consigo, tampoco exigían más que lo necesario, ni entraban indistintamente en todas las casas: quería el Señor que se distinguiesen sus discípulos más bien por la virtud, que por el poder de hacer milagros y no hay cosa en que más brille la virtud, que en no usar de lo superfluo.
San Jerónimo
El que recibe en su casa como huésped a una persona, no le hace favor alguno, sino que lo recibe porque es considerado como persona digna y porque crece más la dignidad que recibe, que la gracia que da.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,5
Es digno de observación el no haber dado Jesús todas las cosas a sus discípulos, puesto que no les dio el conocimiento de las personas dignas, sino que les manda las examinen. Y no sólo les manda que las examinen, sino que, una vez hecha la elección, les prohibe el cambiar de casa, por aquellas palabras: «Y permaneced allí hasta vuestra marcha», a fin de no entristecer al que os recibe y de que no os tengan por ligeros y aficionados a la gula.
San Ambrosio, in Lucam, 6,66
Los apóstoles no deben cambiar la casa a la que han ingresado y que ha de ser elegida discerniendo, para que no haya suficiente motivo para cambiar de hospedaje. Sin embargo esta misma prudencia (la de elegir quien los hospede) no es mandada al que recibe, a fin de que no pierda la hospitalidad todo su valor por las dudas de su elección.
Sigue: Saludad al entrar en una casa con las palabras: «La paz sea a esta casa».
Glosa
Como si dijera: pedid la paz para vuestro huésped, a fin de adormecer toda repugnancia en contra de la verdad.
San Jerónimo
Estas palabras son las que usaban los griegos y los sirios al saludar, porque la palabra hebrea y siríaca a la vez salamalach o salemalach, esto es, la paz sea contigo, corresponde a la griega Chaere (Caire) y a la latina Ave. Este es el precepto del Señor: al entrar en una casa pedid la paz para esta casa y (en cuanto está de vuestra parte), calmad las luchas y las discordias. Si sufrís alguna contradicción, vosotros tendréis la recompensa por la paz que habéis ofrecido, mientras que los que rehusaron la paz, tendrán la guerra, según las palabras: «Y si la casa fuere ciertamente digna, la paz vendrá sobre ella y si no lo fuere, la paz volverá a vosotros.
Remigio
Porque indudablemente será predestinado para la vida aquel que escucha y sigue al Verbo Divino y si ninguno quisiere oírle, no por eso la palabra del predicador será inútil; porque volverá a éste la paz, cuando le recompense el Señor por su trabajo.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 32,5
Les enseña el Señor que no esperen, fundados en que son los predicadores, que se adelanten otros a saludarlos, sino que ellos para honrarlos deben adelantarse. Les hace ver en seguida que su saludo es una verdadera bendición, según aquellas palabras: «Y si no fuere digna».
Remigio
Manda el Señor a sus discípulos que hagan primero el saludo de paz al entrar en una casa, a fin de que conozcan por este saludo si la casa o el hospedaje es digno de ellos: que es como si dijera claramente: ofreced la paz porque los que la reciban manifestarán que son dignos de ella, e indignos los que la rehusaren. Debe hacerse este saludo siempre a la entrada de la casa, aun cuando se haya hecho una elección digna según la opinión general, a fin de que parezca que los predicadores son más bien llamados por su dignidad, que recibidos, por haberse metido ellos. Basta decir la palabra paz, para comprender si la casa es un hospedaje digno.
San Hilario, in Matthaeum, 10
Los Apóstoles saludan la casa con el deseo de la paz; pero no la dan, sino más bien la expresan. Es ciertamente propio de las entrañas misericordiosas del Señor, el que no vaya la paz, sino a aquella casa que es digna de ella. Pero si la casa no merece recibirla, el ministerio de la paz divina quedará encerrado dentro de la conciencia de los Apóstoles y sobre aquellos que despreciaron los mandatos divinos de Cristo, caerá la maldición eterna, significada por la salida de los Apóstoles y por el acto de sacudir el polvo de sus pies, de donde sigue: «Y si alguno no os recibiere y no oyere vuestras palabras, salid fuera de su casa y de su ciudad y sacudid el polvo de vuestros pies». Porque continuando en el mismo lugar, parecerá que conserváis relaciones con los que viven en él y sacudiendo el polvo de los pies, todo su pecado queda en su casa y ningún resultado tendrá para su salvación el seguir habitando en ella los Apóstoles.
San Jerónimo
El polvo que se sacude de los pies es un testimonio de celo apostólico, de su entrada en la ciudad y de que la predicación ha llegado hasta ellos.
Rábano
O de otro modo: los pies de los Apóstoles señalan la obra y marcha de la predicación. El polvo de que se manchan, es una figura de la ligereza del pensamiento humano, de la que no están exentos los más grandes sabios, puesto que están continuamente preocupados e intranquilos del modo de dirigir convenientemente a sus oyentes y marchando por todas las sendas del mundo, no hacen más que recoger con sólo los pies el polvo de la tierra. Y aquellos que desprecian la enseñanza de los Apóstoles, convierten en testimonio de su propia condenación, sus trabajos, sus peligros y sus preocupaciones. Lo contrario sucede a los que reciben la palabra: sacan lecciones de humildad de las aflicciones y cuidados que sufren por ellos, quienes les evangelizan. Y para que no piensen, de que es una falta ligera el no recibir a los Apóstoles, añade: «En verdad os digo, que Sodoma y Gomorra, serán tratadas con menos rigor en el día del juicio, que esa ciudad».
San Jerónimo
Porque no se predicó a Sodoma y Gomorra y a esta ciudad se predicó y no quiso recibir el Evangelio.
Remigio
O también: porque los Sodomitas y los de Gomorra a pesar de que eran viciosos, tenían hospitalidad ( Gén 19), según se dice, aun cuando los huéspedes, que se cuenta haber ellos recibido, no fueron Apóstoles.
San Jerónimo
Si los Sodomitas han de ser tratados con menor rigor que esa ciudad, que no recibió el Evangelio, síguese de aquí, que los castigos no son iguales para todos los pecadores.
Remigio
Pone especialmente el ejemplo de los habitantes de Sodoma y de Gomorra, para darnos a entender que los pecados más detestables a los ojos de Dios, son los pecados contra la naturaleza, pecados que motivaron la destrucción del mundo entero ( Gén 6), mediante las aguas del diluvio ( Gén 19) y de los cuales proceden diferentes males que afligen el mundo todos los días.
San Hilario, in Matthaeum, 10
Nos enseña el Señor en sentido místico, que no debemos tener intimidad entrando en las casas de aquellos que, o se declaran contra Cristo, o le ignoran y. Y debemos preguntar en todas las ciudades, qué personas hay en ellas dignas de recibirnos, esto es, si hay en ellas alguna iglesia y si en esta iglesia habita Cristo, a fin de no ir a otra; porque merece ésta el que os detengáis en ella, pues su dueño es justo. Encontraréis muchos entre los judíos, cuyo respeto a la ley será tal, que a pesar de creer en Cristo a causa de la admiración que produce en ellos la grandeza de los milagros, continuarán, sin embargo, practicando las obras de la ley. Otros, por el contrario, atraídos por la curiosidad de la libertad que les promete Cristo, simularán que abrazan la ley del Evangelio. Finalmente, habrá otros muchos que, guiados por la perversidad de su inteligencia, caerán en el error. Y como casi todos éstos presumen que en ellos está la verdad católica, es preciso tener mucha prudencia hasta en esta misma casa, esto es, en esta Iglesia católica.
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