Integridad

Tomás Moro y el profeta Eliseo

 

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           Santo Tomás Moro, quien fuera Canciller de Inglaterra, tuvo que vérselas también con problemas religiosos a los que no esquivó. En su tiempo las innovaciones heréticas eran recibidas de buen gusto.

           Era urgente que le llevara a cabo un trabajo de apologética, para rebatir los infundios e ilustrar la doctrina católica. Moro tenía óptimas condiciones para lograrlo: cultura, una pluma bien templada, modernidad de lenguaje, ganas de servir.

             Y de su estudio salieron unas cuantas obras: “Diálogo acerca de las herejías, Súplica de las Almas, Refutaciones, Apologías…” En ellas Moro no sólo gasto tiempo y dinero, sino que ponía su alma apasionada y sus congojas para alejar los perjuicios religiosos y sociales.

         Los obispos y el clero, admirados por ese gran servicio a la Iglesia y sabiéndolo pobre, quisieron agradecerle notablemente: hicieron una colecta de 5000 libras y fueron a ofrecérselas. Moro, que pasaba pobreza, se daba cuenta de que toda la fuerza moral de defensa se esfumaría si aceptaba el dinero y rehusó. Declaró:

              Nunca intenté recibir otro premio que de las manos de Dios.

           Los obispos insistieron para que pasara el dinero a su mujer y a sus hijos pero él replicó:

           Señores míos, antes quiero ver arrojada esa suma al Támesis que yo o alguno de los míos se quede con un centavo de ella. Por cierto su ofrecimiento es realmente honorable y amistoso. Con sinceridad les digo que ni por eso ni por mucho más habría perdido el descanso de tantas noches de sueño, como he consumido. Sin embargo, no me pesaría haberlo perdido, ni que se quemasen todos mis libros, a condición de que se extinguiesen las herejías.

  

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              En aquellos días, el sirio Naamán bajó y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra de Eliseo, el hombre de Dios, Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio de su lepra.

           Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:

                —Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel.

                Recibe, pues, un presente de tu siervo.

                Pero Eliseo respondió:

               —Vive el Señor ante quien sirvo, que no he de aceptar nada.

              Y le insistió en que aceptase, pero él rehusó.

              Naamán dijo entonces:

             —Que al menos le den a tu siervo tierra del país, la carga de un par de mulos, porque tu servidor no ofrecerá ya holocausto ni sacrificio a otros dioses más que al Señor.  (2 Reyes 5,14-17)

 

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