Dios se hizo uno de nosotros. Renunció a su grandeza para adquirir nuestra condición, sometiéndose a las contingencias humanas, a las limitaciones del espacio y tiempo. Dios se hizo pequeño, siendo grande; «se hizo pobre, siendo rico» (2 Cor 8,9). De modo que allí, donde esta lo pobre, pequeño, desvalido, humilde, así está Él. Dios quiso hacerse uno de tantos y en esas mismas circunstancias. En la humildad se hizo presente la gracia. Dios santificó la humildad.
Cristo es la humildad de Dios incorporada en la naturaleza humana: el Amor Eterno humillándose aún, revistiéndose de mansedumbre y de bondad para salvar a la Humanidad. En Jesucristo en quien la humildad experimenta su punto máximo: ya no es el hombre sino Dios mismo quien hace suya la humildad y se identifica con ella. ¿Qué es la encarnación, vaciarse a Sí mismo y que se haya hecho hombre, sino Su humildad celestial? La humildad como pobreza: nace en una familia modesta, viene al mundo en una cueva de Belén, sufre exilio en Egipto, vive largos años en un pueblecito ignorado de la montaña galilea, elige como compañeros a gente sencilla, vive asumiendo el papel de siervo obediente y humilde servidor, que se pone a disposición de los más pobres, duerme en el suelo, entra en Jerusalén montando un sencillo pollino, se agacha a lavar los pies, y acaba muriendo desnudo y difamado en una cruz, y es enterrado en un sepulcro prestado. Humildad que significa la degradación, la ignominia, la ofensa, la deshonra y la iniquidad en la soledad de la Cruz. «Se humilló, haciéndose obediente hasta a la muerte» (Fp 2,9). E invitó a todos a seguir su camino, su estilo de vida, a ser como Él era. Son muchos las citas de la Sagrada Escritura en que Dios nos invita a amar esta virtud; valga como muestra: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón (prays kai tapeinos)« (Mt 11,29). San Tomás de Aquino explica la humildad de Cristo: «La humildad no es propia de Dios por no tener superior, al estar por encima de todo… Pero aunque la virtud de la humildad no pueda aplicarse a Cristo en Su naturaleza divina, sí puede aplicársele en Su naturaleza humana y Su divinidad hace que su humildad sea más digna de alabanza porque la dignidad de la persona se suma al mérito de la humildad. Y no puede haber una dignidad más grande para un hombre que ser Dios. Por lo tanto la mayor de las alabanzas le corresponde a la humildad del Dios Hombre, quien para rescatar los corazones de los hombres de la gloria del mundo al amor de la gloria divina, eligió aceptar no una muerte común sino la muerte más ignominiosa» [1]. Y por fin, Dios llega a tales extremos de humildad y de amor que se hace tan pequeño, frágil, disponible… como un trocito de pan. De modo que como dice san Alfonso María de Ligorio: «A cualquier alma que visita a Jesús en el Santísimo Sacramento le dice este Señor […]: Alma que me visitas, levántate de tus miserias, pues estoy aquí para enriquecerte de gracias. Date prisa, llega a mí, no temas mi majestad, porque está humillada en este Sacramento, para apartar de ti el miedo y darte toda confianza» [2]. ¡Hasta qué extremos llegó Dios por nosotros! Humildad Encarnada. Divina Humildad. Les invitamos a leer las palabras del papa Francisco en la Audiencia de 22 de diciembre de 2021, cliclear AQUÍ. ………………………………………. [1] Suma Contra Gent. tr. Rickaby, lb. IV, cap. iv; cf. lb. III, cap. cxxxvi. [2] Visitas al Stmo. Sacramento, 8.
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