Hacer el «te quiero»

         En esto hemos conocido el Amor, en que El ha dado su vida por nosotros, y nosotros debemos dar también la vida por nuestros hermanos.  (…)  Amémonos no de palabras ni de lengua, sino con obras y de verdad (1 Jn 3,16-18).

         «El sabio muestre su sabiduría no en palabras, sino en buenas obras” (San Clemente Romano)[1].

 

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      Transcurrían los años inmediatamente posteriores a la Revolución Francesa. Un general monárquico, Alejandro Beauharnais, y su mujer se hallaban en los trámites de separación, cuando fueron hechos prisioneros por los revolucionarios. Alejandro declaraba con asiduidad a su esposa que la quería, y trataba de complacerla en todo. Pero ella lo tuvo como algo no sentido y como un ardid o estratagema para evitar la ruptura definitiva de su matrimonio.

          Cierto día los presos fueron reunidos en el patio. Un oficial se dirigió a ellos leyendo una lista en la que constaban los nombres de aquellos que habrían de ser conducidos a la guillotina. En voz alta y autoritaria iba dando nombres, y en un momento pronuncia el de la pareja:

         —¡Beauharnais!

       Ambos, marido y mujer, dieron un paso al frente, separándose del grupo. El oficial les miró con sorpresa y dijo:

       ¡Dos! ¿Cómo dos? En la lista sólo consta uno.

     Entonces, Alejandro se gira levemente hacia la todavía su esposa, y mirándola a los ojos le dice:

      —Permíteme que, por primera vez, en esta ocasión sea yo quien pase delante.

        Ella, muda, absorta, se conmovió de arriba abajo.

        El, avanzando con paso firme, se subió a la carreta de los condenados a muerte.

        Ella, más tarde, sería puesta en libertad.

 

       Fue su última forma de decirla «te quiero».

      A veces, tan sólo los gestos sirven para comunicar lo que no consiguen las palabras.

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         Hay personas que no creen, y consiguientemente no aman, porque están ya —por carencia de la necesaria capacidad de confianza—  indispuestas a ello. El endurecimiento es tal —por las decepciones y los desengaños padecidos— que se les hace imposible creer en la palabra; se ha vuelto un escéptico. Tan sólo un gesto –gracia- puede desafiar esa cerrazón y rescatarlas de esa falta de confianza radical.

…..

                El amor exige la donación —si llega el caso— hasta el extremo, y el que ama verdaderamente siente que nunca da y se da lo suficiente. Un darse sin límites es lo propio del amor. La cruz —el sacrificio o donación la propia vida— es la medida de amor. Si amáramos lo suficiente estaríamos abiertos a correr la suerte de la cruz.

          Quien niega a darse totalmente, reservándose algo para sí, no puede franquear el umbral de la amistad. Darse significa abrir la intimidad, como entrega de lo más propio que se es. Abrir la intimidad es un acto  bellísimo e irremplazable, porque con él aparece en el mundo algo inédito, que no existía antes: lo que la persona tiene dentro de sí. El amor fuerte afecta a núcleo íntimo de la persona. 

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         La verdad en el sentido bíblico implica constitutivamente que sea hecha, que se haga realidad, carne (cf. Jn 3,21).

         «Hacer la verdad en el amor«. El pensamiento griego que se abrazó indisolublemente con el evangelio tiene un defecto de origen: es idealista, va del cerebro a la vida, proyecta la vida desde el cerebro. Piensas, elaboras un plan y luego ves si lo puedes realizar en la vida. El evangelio les dice a los hombres: buscad la verdad con la vida; haced la verdad en el amor. Porque el Reino de Dios no consiste en la palabrería (1 Cor 4,20a).El decir y el hacer está, íntimamente unidos.

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