Fraternidad. Sin Dios no hay tal

«Todos vosotros sois hermanos» (Mt 23,8).

Somos hermanos por ser hijos de un mismo Padre. No se puede apelar a la fraternidad, como hacen los de «libertad, igualdad y fraternidad», sin tener un padre común, sin creer en Dios, Creador nuestro, de la humanidad. Si no, es una hermandad sin contenido real, fuerte, capaz de darlo todo, hasta la propia vida, a ejemplo del Hermano Mayor, Jesús, que subió a la cruz por salvar a la humanidad entera.     

 

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            Dos hermanos, el uno soltero y el otro caso, poseían una granja cuyo fértil suelo producía abundante grano, que los dos hermanos se repartían a partes iguales.

          Al principio todo iba perfectamente. Pero llegó un momento en que le hermano casado empezó a despertarse sobresaltado todas las noches, pensando: «No es justo. Mi hermano no está casado y se lleva la mitad de cosecha; pero yo tengo mujer y cinco hijos, de modo que en mi ancianidad tendré todo cuanto necesite. ¿Quién cuidará de mi pobre hermano cuando sea viejo? Necesita ahorrar para el futuro mucho más de lo que actualmente ahorra, porque su necesidad es, evidentemente, mayor que la mía».

           Entonces se levantaba de la cama, acudía sigilosamente adonde su hermano y vestía en el granero de éste un saco de grano.

           También el hermano soltero comenzó a despertarse por las noches y a decirse a sí mismo: «Esto es una injusticia. Mi hermano tiene mujer y cinco hijos y se lleva la mitad de la cosecha. Pero yo no tengo que mantener a nadie más que a mí mismo. ¿Es justo, acaso, que mi pobre hermano, cuya necesidad es mayor que la mía, reciba lo mismo que yo?».

           Entonces se levantaba de la cama y llevaba un saco de grano al granero de su hermano.

           Un día, se levantaron de la cama al mismo tiempo y tropezaron uno con otro, cada cual con un saco de grano a la espalda.

           Muchos años más tarde, cuando ya habían muerto los dos, el hecho se divulgó. Y cuando los ciudadanos decidieron erigir un templo, eligieron para ello el lugar en el que ambos hermanos se habían encontrado, porque no creían que hubiera en toda la ciudad un lugar más santo que aquél.

           Muchos años más tarde, cuando ya habían muerto los dos, el hecho se divulgó. Y cuando los ciudadanos decidieron erigir un templo, eligieron para ello el lugar en el que ambos hermanos se habían encontrado, porque no creían que hubiera en toda la ciudad un lugar más santo que aquél.[1]

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«Ved qué grande amor nos ha dado el Padre al hacer que nos llamemos hijos de Dios y en efecto lo somos. Si el mundo no nos conoce es porque no le ha conocido a Él. Queridísimos, desde ahora asomos hijos de Dios,…» (1 Jn 3,1-2).

«Es necesario acordarnos, cuando llamemos a Dios `Padre nuestro’, de que debemos compórtanos como hijos de Dios» (San Cipriano)[2].

«No podéis llamar Padre vuestro al Dios de toda bondad si mantenéis un corazón cruel e inhumano; porque en este caso ya no tenéis en vosotros la señal de la bondad del Padre celestial»[3].

Si no tenemos a los hombres como hermanos, no podemos tener a Dios por Padre. En cambio, quien mira a un hombre y reconoce a un hermano, es porque tiene a Dios por Padre. Eso lo da la fe: «El mismo Espíritu asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Rom 8,16).

«Como sois hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: «¡Abba, Padre!». Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.» (Gál 4,6-7).  El ser humano  guarda con Dios una relación de amor filial, y ha sido llamado a la eterna participación del propio amor de  Dios.

Hemos recibido todos de Dios. Un Padre que nos da la vida y nos hace hermanos, que quiere que hagamos como El hace, que seamos como El es, creadores de fraternidad y de vida. ¿Y con cuánto empeño nos dedicamos a no vivir como hermanos y a quitarnos la vida, en sus muchos sentidos? Dios quiere que hagamos entre nosotros lo que el ya ha hecho en y por nosotros; pero nos empeñamos en que no sea así. Ese amor paterno que nos hace hermanos en el Hijo, si lo sentimos de verdad, ha de traducirse en actos concretos de la vida; es un dinamismo de amor fraterno que se manifiesta en el trato hacia el prójimo concreto, y especialmente, si éste aparece desfigurado de su dignidad filial.

El Amor que Dios nos da, si queremos devolvérselo tiene que ser vía los demás. Todo cuanto queramos, amemos, sintamos y entreguemos a Dios,… pasa por los hombres. Ellos son sus emisarios, sus representantes, quienes reciben por él cuanto queremos darle. Cabe de decir, que nada va al Padre que no lo haga por el Hijo, y cabría decir que nada va al Hijo que no lo haga por los hijos.  Es «la religión divina, la cual es la única que puede realizar que el hombre estime al hombre y se considere unido a él con el vínculo de la fraternidad. Somos hijos, ciertamente, de un mismo Padre, Dios, de modo que debemos … no dañar ni oprimir a nadie.»[4].

«Porque si todos hemos nacido del primer hombre, creado por Dios, somos ciertamente consanguíneos, y por ello debe ser tenido por gran crimen odiar al hombre, incluso aun cuando sea culpable.  Si recibimos el alma de un solo Dios, ¿qué somos sino hermanos? La unión que se refiere a las almas es más estrecha que la de dos cuerpos[5]

«Por la gracia, el hombre es hijo de Dios no sólo en el futuro, sino ahora y aquí. Por la gracia, no sólo se le llama, sino que es hermano de Cristo.»[6]  «Entonces la conciencia de la paternidad común de Dios, de la hermandad de todos los hombres en Cristo, «hijos en el Hijo», de la presencia y acción vivificadora del Espíritu Santo, conferirá a nuestra mirada sobre el mundo un nuevo criterio para interpretarlo«[7]

«Relación de parentesco al margen de toda biología, «contra toda lógica». El prójimo no me concierne porque sea reconocido como perteneciente al mismo género que yo; al contrario, es precisamente otro. La comunidad con él comienza en mi obligación a su vista. El prójimo es hermano. Fraternidad que no puede abrogarse, asignación irrecusable, la proximidad es una imposibilidad de alejarse sin la torsión de un complejo, sin «alienación» o sin falta. Tal insomnio es psiquismo.»[8]

«El para del uno-para-el-otro, al margen de toda correlación y de toda finalidad, es un para de gratuidad total que rompe con el interés; para de la fraternidad humana al margen de todo sistema preestablecido[9]

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[1] ANTHONY DE MELLO: «La oración de la rana», Sal Terrae, Santander, 1988, p.62.

[2] «Dom. orat.» 11.

[3] SAN JUAN CRISOSTOMO, «Homilia in Mt 7,14».

[4] LACTANCIO, En Sierra Bravo, R.: o. c., 621.

[5] Id.,  625.

[6] URS von BALTHASAR, H.: «Ensayos teológicos», I, Guadarrama, Madrid 1964, p.213.

[7] ENCICLICA «SOLLICITUDO REI SOCIALIS», n.40.

[8] LEVINAS, E.: «De otro modo que ser, o más allá de la esencia», Sígueme, Salamanca 1987, p.148.

[9] Id., p.160.

 

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