Espiritualidad humana

Negar a Dios es tanto como negar el ser espiritual de la persona humana, es decir, su especificidad y trascendencia, su inmortalidad y eternidad, su dignidad y elevada grandeza. Si esto ocurre, cambian muchas cosas, e importantes; porque la manera de entender la existencia, de comportarse, de querer, de ser, de creer, de esperar, de amar… es distinta.

Pero no solo afecta a esa forma de estar en la realidad, también en el trato con uno mismo y con los demás que deriva de la consideración de la grandeza dignidad propia y ajena, sea de la condición que sea.

No se pueden hacer afirmaciones categóricas sin que pase nada. No se puede renunciar a Dios y por ende al alma humana, y pretender que todo siga igual, o lo que es lo mismo, que todos -creyentes o no- interpretemos la vida de igual manera. La gravedad, la substantividad e importancia no es la misma, según se crea o no en el ser espiritual de la persona humana creada a imagen y semejanza de Dios. Todo cambia -o casi todo-. De pronto, la consideración, la estima y el respeto por cada vida -única e irremplazable- son universalmente excepcionales, sagrados.

El ser espiritual se nos ha sido dado, como la vida misma, por pura gracia; una gracia inconcebible, pues es anterior a nuestra existencia, sin necesidad, gratuitamente, por amor. Tan solo en el amor tiene nuestro ser su razón de existir.

Somos dotados y constitutivamente forjados así: cual seres espirituales, de excepcional grandeza donada,  que rebasa cualquier consideración procedente de ninguna otra concepción ideológica por muy humana que pretenda ser, pues la originalidad de la espiritualidad cristiana es de origen divino. Dios nos ha otorgado el ser según Él, y a Él, a su seno, estamos llamados a existir en plenitud, plenitud insospechable, por la grandeza del designio divino, y  que es insondable para cualquier cosmovisión terrena.  

Esta es la noción cristiana de persona, la más elevada, que se sustenta en la verdad de fe de que hemos sido creados a según la voluntad Dios, a imagen y semejanza suya; cual “hijos” suyos. Esto es  inigualable, e ilimitable, desborda los límites del espacio-tiempo y de la comprensión humana. Un devocional respeto merece todo ser humano, por muy poco aspecto humano que a veces parezca.

Frente a un progresismo materialista y a un nihilismo sin sentido que niegan el espíritu, hemos de afirmar orgullosos la existencia del alma humana, su grandeza y las manos amorosas de las que procede.

Cuando no hay más vida que la propone la materia, la existencia languidece y nos vemos expuestos a la desolación, a decaer muertos para la vida verdadera. El ser humano, cada persona, necesita ejercitar su espiritualidad, pues es lo que lleva dentro, y forcejea por salir… manifestarse, cobrar vida, desarrollarse… En nuestro ser espiritual Dios opera nuestra transformación, es el lugar íntimo de nuestro encuentro con el Señor, hasta que un día, cuando seamos llamados… nos transfigure según lo que tiene pensado para nosotros desde la eternidad: la santidad. Eso es lo que se nos tiene reservado.

Vivir según el espíritu bajo la acción del Espíritu Santo nos hace estar en el mundo sin pertenecer al mundo, participar de la realidad pero sin ahogarnos en su mundanidad. En la misma medida en que pertenezcamos al mundo, a su desorden, idolizando las cosas bajas, se ofusca la comunicación íntima con el Espíritu Santo, privándonos de su dinamismo santificante.

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