Dimas y todos nosotros, salvados

Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día.  (Jn 12,47-48).

Ellos se espantaron y comentaban: «Entonces, ¿quién puede salvarse?». Jesús se les quedó mirando y les dijo: «Es imposible para los hombres, no para Dios. Dios lo puede todo». (Mc 10,26-27).

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            Llevaban además otros dos malhechores para ejecutarlos con él. Llegados al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la  izquierda.

           Jesús decía:

          —Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen.

           Se repartieron sus vestidos, echando a suertes.

           Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo:

           —A otros salvó; que se salve a sí mismo si él  es el Cristo de Dios, el Elegido.

           También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían:

           —Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!

           Había encima de él una inscripción:

           —Este es el Rey de los judíos.

           Uno de los malhechores colgados le insultaba:

           —¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!

           Pero el otro le respondió diciendo:

           —¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena?

           —Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho.

           Y decía:

           —Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino.

           Jesús le dijo:

           —Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

 (Lc 23,32-43)

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La Iglesia afirma que hay personas salvadas, en el cielo, santas con el Santo.  Los canonizados y muchos más, la inmensa mayoría, que no conocemos. Y en cambio, no afirma que alguien esté condenada.

Dios ha hecho, hace y hará todo lo posible por salvar a cada uno y a muchos (todos), porque ama misericordiosamente hasta la muerte. Esta verdad -“dogma”- está plasmada en su pasión y muerte. La realidad de esta voluntad salvadora queda patente en los muchos conversos -que participaron de su pasión, como el centurión, Longinos, la mujer de Pilato, Claudia Prócula, y el mismo Pilato…- y el más evidente, Dimas, el delincuente, convertido al morir junto a Jesús, y a quién Éste prometió que ese mismo día estaría con Él en el Paraíso; el primer santo  “canonizado” fue un ladrón y fue “canonizado” no por un Papa, sino por el mismo Jesús.. Nunca es tarde para convertirse al Señor, bueno y grande en el amor (cf. Sal 102, 8).

Hasta el último instante, y quién sabe si más, Dios espera y hará todo lo posible por salvar a los suyos. Tengamos esperanza y confianza contra cualquier temor; Dios está de nuestra parte. Un minuto -como le ocurrió a Dimas, y a tantos en el último momento- puede valer más que un millón en la vida de una persona; pues puede adquirir valor eterno, y el resto no ser más que hojarasca que se ha de llevar el tiempo.

Los “ya salvados”, los que nos decimos cristianos, los “engendrados, por la resurrección de Jesucristo, a una esperanza de Vida” (1 Pe 1,3), hemos de testimoniar esa realidad con “un nuevo estilo de vida” (Rom 6,4), un modo nuevo de comprender la existencia y trasmitir la alegría profunda originada en la Pascua, desde donde surge la gracia salvadora. La fe cristiana, consciente de ello, se patentiza en la alegría, alegría escatológica.

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