En la cuenta atrás. La urgente necesidad de conversión

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Ya por enero del 2018 escribimos un artículo titulado “2018: principio del fin“, en el que advertíamos de lo que se venía venir. Hoy, tres años después, volvermos a incidir y reflexionar sobre el mismo asunto, dado que aquello sobre lo que hablamos está acaeciendo. De ahí que hoy volvemos a insistir en esa misma idea de la necesidad de conversión, cada vez más apremiante.

No es una cuestión de ponerse apocalíptico, pero lo cierto es que caminamos ya en dirección a donde apuntan todas las profecías biblicas, las apariciones marianas y las revelaciones particulares, en sentido coincidente. Y bien haríamos en tomar conciencia de ello de manera urgente, ya que hay mucho en juego; pues, como se nos avisa en las Escrituras: no sea que venga de improviso el ladrón y nos asalte la casa. Nosotros, aunque se nos tilde de catastrofistas o de ver fantasmas donde no los hay, no estamos dispuestos a permanecer callados, cual perros mudos.

Desde aquí alzamos la voz para poner en guardia de lo que se nos viene encima, para anunciar a quien nos quiera oír (leer): “se acera el fin del los tiempos, convertiros y creed en el evangelio”.

Todos los indicadores de la consumación de los hechos de que se anunciaban en esos textos que había de acaecer, parecen precipitarse en nuestros días como nunca antes en la historia de la humanidad. Vean cómo se están cumpliendo los signos de los tiempos: aquí, aquí y aquí.

 Urgen la conversión, el estar en vela y la adoración del Santísimo. 

 Concluimos con las palabras finales de aquel artículo que citamos al principio:

“Y es que Dios avisa, como siempre ha hecho, para que la humanidad se corrija y cambie y no sobrevenga un desenlace doloroso. Así sucedió con el envío del profeta Jonás de a Nínive, que profetizó advirtiendo que si no se convertían y hacía penitencia por sus pecados, la ciudad quedaría arrasada; el aviso profético del mensaje de tuvo el efecto que buscaba, y la ciudad no fue destruida.”

Lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!” (Mc 13,37).

 

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