El intento de erradicar la verdad de la Salvación, ningunearla, es un objetivo claro y bastante logrado en nuestros días por el Diablo. Logro parangonable al de hacer como que no existe y que el vulgo se lo crea.
El riesgo a perderse es un riesgo real. Pues, si no, ¿qué hizo Dios encaramándose a una cruz y derramando su sangre por todos nosotros? Si ese riesgo no existe, entonces hay que reescribir la historia de la salvación, y todo.
En todo esto hay un claro intento de acabar con la realidad más importante la de que existe el alma o espíritu humano eterno e indestructible y que ha de pasar a otra vida, mejor, más perfecta, santa; en la que no hay lugar para el pecado y la injusticia.
Si el alma humana no existe, si no existe el más allá, la resurrección… tampoco existe Dios o al menos no significa nada.
De modo que el argumento tan manido de los ateos de acusar a la religión de valerse del miedo para captar adeptos hoy día parece funcionar. Pues, vienen a decir: si quitamos a Dios del medio, evitamos el miedo, y eludiendo éste, negamos a Aquel. El círculo cerrado. Si el miedo no existe -y que no exista el miedo es algo que gusta-… Esta es una visión parca, raquítica e incierta -entre otras cosas- de ver la realidad.
Porque la realidad es la que es: que el vivir comporta un riesgo y que a todo riesgo le es intrínseco el componente del miedo. Los riesgos son múltiples y constantes a lo largo de la vida. Desde el que te atropelle un coche al cruzar la calle, a comerte un caramelo envenenado (en mal estado), a que te escurras y te rompas un brazo, te caigas por la escalera, etc., etc. Sobre estos y otros muchos riesgos (como el que no te vayas o chatees con ningún desconocido) avisan los padres responsables a sus hijos. ¿Es meterles miedos o manipularles de alguna forma…? No, hacen lo que es correcto y debido. Es parte de lo que significa el vivir: existir en estas circunstancias conlleva eso. Lo contrario, sería de ser unos padres irresponsables y que no velan ni aman lo sucinte a sus hijos. Y nadie les acusa de meter miedos… sino que lo hacen por su bien.
Algo parecido ocurre con el riesgo a condenarse. Es un peligro efecto del mal; y ante el cual Dios ha aportado solución: la Salvación. Ante este peligro hemos de estar avisados, porque existe el componente de la responsabilidad de cada cual. Responsabilidad según los actos benevolentes y malignos cometidos por nuestra libérrima voluntad.
Pese a todo, a que exista el riego y la posibilidad de perdición (del infierno), Dios misericordioso ha hecho todo lo posible por salvarnos. De modo que nuestra suerte se decidida por confianza de nuestros temores ofrecidos a esa amorosa misericordia divina salvadora. Ante el miedo al infierno existe este antídoto: la confianza absoluta en Dios.
Nota: El infierno es un realidad y existe. En los Evangelios se habla del infierno unas 70 veces.
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