El Espíritu Santo

ORACIÓN AL ESPÍRITU SANTO

¡Oh Espíritu Santo!, alma de mi alma, yo te adoro; ilumíname, guíame, fortifícame, consuélame, dime lo que debo hacer, dame tus ordenes.

Concédeme someterme a todo lo que quieras de mí, y aceptar cuanto permitas que me suceda. Haz solamente que conozca tu voluntad y la cumpla.

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 En su discurso de la Ultima Cena Jesús prometió el Espíritu Santo con su dones contemplativos. Pero la promesa iba acompañada de una condición. El Espíritu Santo sería enviado a aquellos que Le recibieran.

La contemplación será negada a un hombre en la misma medida en que pertenece al mundo.

La expresión “el mundo” significa aquellos que aman desordenadamente las cosas de este mundo. Estos no pueden recibir el Espíritu Santo que es el amor de Dios. Como dice San Juan de la Cruz, “dos contrarios no pueden coexistir al mismo tiempo en el mismo sujeto”.

Si un hombre desea prepararse para recibir el Espíritu Santo y su Amor, debe despegar sus deseos de todas las satisfacciones e intereses que el mundo pueda ofrecer, pues las cosas espirituales no pueden ser apreciadas por la inteligencia ocupada en satisfacciones temporales y humanas.

El Doctor Angélico explica que el Espíritu Santo no se manifiesta a los hombres mundanos porque  ellos no desean conocerle. Están satisfechos empleando sus inteligencias en cosas más bajas. Pero el deseo es la cosa más importante en la vida contemplativa. Sin desearlo nunca recibiremos los maravillosos dones del Espíritu Santo. (MERTON, Th., La senda de la contemplación, Patmos, Madrid, 1955, pp.92-93.)

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