El autor de los milagros

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           Llegó a las puertas de convento una madre con su hijita en brazos preguntando si estaba la hermana santa que hace milagros.

           La hermana portera, que en ese instante era a la sazón la tal hermana, le dijo:

           Señora, esa tal santa a la que usted se refiere no es santa, sino pecadora. Y los milagros que dice que hace, no son suyos, sino del Señor. Y solo es cierto que es hermana, y en esto, a medias. Y de estar… está como si no estuviera.

           La mujer, decepcionada, se sintió profundamente desconsolada.

       Pero, señora, no se aflija usted tanto dijo la hermana portera, llena de conmiseración, que el que hace los milagros ese sí está.

           Y al instante la criaturita, que estaba inmóvil arrebujada contra el pecho de su madre, abrió los ojos, la miró, y a ambas se les iluminó el rostro con una sonrisa celestial.

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           Tengo una persona muy querida gravemente enferma. Y me han dicho que  usted tiene el don de hacer milagros.

           Pues,… le han dicho mal.

           Todas esas curaciones de que se habla, ¿no son ciertas?

            Son ciertas.

           ¿Entonces…?

           Entonces es que Alguien las realiza, pero no yo.

           ¿Dígame, pues, dónde puedo encontrar, a ese alguien?

           Lo tiene difícil y dudo que lo halle nunca. Pues todo está lleno de milagros, ¡la vida como tal es un milagro! Pero usted no lo ve, y si no ve sus milagros, si no reconoce sus obras, ¿cómo va a encontrar a su autor? ¿Si incapaz de adivinar que tras todo lo que sus ojos ven hay una mano amorosa y creadora, cómo pretender verla y pedirla que actúe?

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         Hay en Jerusalén una piscina Probática que se llama en hebreo Betzatá, que tiene cinco pórticos. En ellos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos, paralíticos, esperando la agitación del agua. Porque el ángel del Señor se lavaba de tiempo en tiempo en la piscina y agitaba el agua; y el primero que se metía después de la agitación del agua, recobraba la salud de cualquier mal que tuviera. Había allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo. Jesús, viéndole tendido y sabiendo que llevaba ya mucho tiempo, le dice:

       —¿Quieres recobrar la salud?

       Le respondió el enfermo:

     —Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se agita el agua; y mientras yo voy, otro baja antes que yo.

        Jesús le dice:

       —Levántate, toma tu camilla y anda.

         Y al instante el hombre recobró la salud, tomó su camilla y se puso a andar.

          Pero era sábado aquel día. Por eso los judíos decían al que había sido curado:

         —Es sábado y no te está permitido llevar la camilla. Él les respondió:

         —El que me ha devuelto la salud me ha dicho: Toma tu camilla y anda.

           Ellos le preguntaron:

          —¿Quién es el hombre que te ha dicho: Tómala y anda?

          Pero el curado no sabía quién era, pues Jesús había desaparecido porque había mucha gente en aquel lugar. Más tarde Jesús lo encuentra en el Templo y le dice:

          —Mira, has recobrado la salud; no peques más, para que no te suceda algo peor.

           El hombre se fue a decir a los judíos que era Jesús el que le había sanado.

(Jn 5,2-16a)

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