Dios mueve

Aunque muchas veces y a los ojos mundanos parezca que está ausente; no es así. Dios actúa discretamente, espiritualmente; pero… precisa de las manos humanas para obrar «milagrosamente», desde la sobrenaturalidad; Dios en su omnipotencia podría prescindir de este requisito («que se ha autoimpuesto»), pero lo ha querido así por respeto a la dignidad otorgada a su criaturas a las que quiere elevar a la condición de hijos.

Dios está místicamente presente e interviene en el devenir de la historia humana. Pues Dios que ha creado y puesto en marcha esa historia, no se desentiende de ella, sino que se implica; está atento a ella y la cuida. Dios se vale del corazón humano para obrar en medio de ella. Toda acción divina tiene el carácter de milagrosa, porque es la gracia sobrenatural irrumpiendo en la naturalidad. Pero para que esto ocurra tiene que haber corazones humanos que posibiliten, que se presten, que «autoricen» con su asentimiento  y disposición a acoger la voluntad de Dios.

De modo que Dios, en este sentido, muestra la grandeza de la humildad en un respeto y consideración asombros por la calidad de ser humano que ha creado, a su imagen y semejanza, al que no invade ni somete por la fuerza, sino por la bondad y el amor.

El que Dios vele y cuide de su obra -el mundo y el ser humano- no exime al hombre de su participación y colaboración en ese cometido de que todo camine hacia la consumación en la santidad querida por Dios. Quien piense irresponsable que está exento y dispensado de su aportación en la marcha del mundo, como si eso no le competiera, se equivoca de medio a medio.

Dios interviene, es providente,… principalmente por la conciencia de los seres humanos. Si no hubiera habido ese corazón próximo, abierto a la irrupción de su gracia, el milagro no hubiera tenido lugar; es la conciencia, el corazón, el alma humana, la mediación perfecta donde Dios se expresa de manera singular; pero si no hay acogida por la parte humana, la intervención divina se «frustra».

Dios está… próximo, coopera en el actuar de la criatura, obra con ella. No es un Dios «deista», alejado. Donde está lo creado está Dios, distinto del hecho de su ser, pero presente en lo más íntimo de la criatura «intimior íntimo meo» (San Agustín). 

Dios participa, actúa en el mundo pero de forma amorosa, sin forzar y respetando la libertad y el orden y las leyes dadas; se ofrece y no se impone, no anula al ser humano. Dios actúa en el orden del amor, de la gracia, del bien, de la santidad… «Attigit a fine usque ad finem fortier suaviterque disponens omnia»: lo dispone todo con fuerza y suavidad al mismo tiempo.

Dios «no interviene» en lo que nos ocurre, en las circunstancias del acaecer cotidiano de cada uno o escenario en que nos ha tocado desenvolvernos, vivir; pero sí en la respuesta de nuestro corazón a lo que nos acontece. Dios cuida, es providente con el hombre, en el sentido de su santificación. Dios no lo abandona nunca; pues quiere que nadie se pierda. 

Dios interviene «disimuladamente», a través de las causas segundas, se vale de cualquier medio para hacer el bien; el instrumento (hombre, cosas, etc.) de que se valga no ha de adjudicarse el mérito. Pues el impulso, el movimiento procede de Dios.

«Es una verdadinseparable de la fe en Dios Creador: Dios actúa en las obras de sus criaturas. Es la causa primera que opera en y por las causas segundas: `Dios es quien obra en vosotros el querer y el obrar, como bien le parece’ (Flp 2,13). Esta verdad, lejos de disminuir la dignidad de la criatura, la realza. Sacada de la nada por el poder, la sabiduría y la bondad de Dios, no puede nada si está separada de su origen, porque `sin el Creador la criatura se diluye’ (Gs 36,3); menos aún puede ella alcanzar su fin último sin la ayuda de la gracia» (cf. Mt 19,26; Jn 15,5; Flp 4,13).»[1]

Dios, aunque sea la causa primera, interviene por causas segundas, no directas. Y esto requiere fe.

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[1] CATECISMO DE LA IGLESIA CATOLICA, 1992, n.308.

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