Dios que nos ha dado la vida, que nos quiere como a hijos, que nos ha hecho para que seamos felices eternamente junto a Él, que nos quiere santos y perfecto…, que nos ha dado la vida de su Hijo, ¿cómo no va a querer darnos tanto como necesitemos y más para que alcancemos lo que quiere para todos nosotros?
Dios que está dispuesto a darnos todo y más… de lo que necesitemos, ha puesto una condición nacida de la dignidad de libertad que se nos ha sido otorgada. Esta condición, que puede volverse dramática, es –poca cosa– la de que extendamos la mano para que recepcionemos lo que se nos ofrece: La Gracia.
La gracia de Dios, es decir, su vida dinámica, su savia, su santidad, su divinidad, su presencia reinante (su Reino), llene nuestro corazón. Es un derroche de amor gracioso para con sus criaturas, que solo la decepción puede malograr, solo el rechazo de la libertad humana puede frustrar.
Dice el Señor, «al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene« (Mc 4,25). Es decir, al que dice sí a Dios, se le seguirá dando cada vez más, hasta la plenitud definitiva; en cambió, al que se detiene, duda, rehúsa, no se muestra dispuesto a recibir lo que se le ofrece, al que Dios no encuentra la suficiente generosidad en su respuesta, a ese no se le dará nada, e incluso lo que tenía se le quitará, en el sentido de que echará a perder lo que previamente se le había dado.
Esta es espiritualmente hablando una verdad innegable: Dios da a cambio de que queramos recibir, y da en la medida de nuestro deseo o disposición a recibir, de recipiente suficientemente vacio y grande para ser llenado por cuánto Él quiere dar, que siempre es más que el recipiendario.
Es una exigencia a la libertad humana, una exigencia a colaborar, a que se comprometa respondiendo a la medida de lo que se recibe. Todo don es tarea.
Esta es nuestra gravísima responsabilidad: tender la mano abierta para que el Señor deposite en ella lo que alargando su mano nos quiere dar.
En este gesto -actitud de disposición interior- que parece tal fácil, nos jugamos mucho de nuestra vida espiritual.