Curación del ciego de nacimiento. Cuarto domingo de Cuaresma

Hoy, 15 de marzo, es el cuarto domingo de Cuaresma,  y se lee el pasaje en que Jesús realiza el milagro de curar la ceguera de nacimiento de un hombre.

Jesús ante un hecho tan benéfico, que cuesta creer a la gente en general, pero que ante las evidencias la curación milagrosa de la vista. Sin embargo, hay, como en tantas otras ocasione, la postura inflexible, fanática y acusatoria: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.». Son incapaces de comprender que Dios, que es amor, está siempre dispuesto a ceder promocional su voluntad establecida legalmente, por un bien mayor.

Y entre tan enconadas discordias y acusaciones contra Jesús, que había realizado un milagro patente, el hombre curado, no entra en ese juego «ideológico», sino  que simplemente se ciñe a la verdad de lo sucedido con él, y declara con gratitud y reconociendo la divinidad de Jesús, pese a que fuera rechazado por los por los que se decían estar en posesión de la verdad legalista: «Creo, Señor.» Y se postró ante él

«Pidamos hoy la gracia de sorprendernos cada día por los dones de Dios y de ver las diferentes circunstancias de la vida, también las más difíciles de aceptar, como ocasiones para obrar el bien, como hizo Jesús con el ciego.» (Papa Francisco)

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1.6-9.13-17.34-38):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.

 

Primera lectura

Lectura del primer libro de Samuel (16,1b.6-7.10-13a):

En aquellos días, el Señor dijo a Samuel: «Llena la cuerna de aceite y vete, por encargo mío, a Jesé, el de Belén, porque entre sus hijos me he elegido un rey.»
Cuando llegó, vio a Eliab y pensó: «Seguro, el Señor tiene delante a su ungido.»
Pero el Señor le dijo: «No te fijes en las apariencias ni en su buena estatura. Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.»
Jesé hizo pasar a siete hijos suyos ante Samuel; y Samuel le dijo: «Tampoco a éstos los ha elegido el Señor.»
Luego preguntó a Jesé: «¿Se acabaron los muchachos?»
Jesé respondió: «Queda el pequeño, que precisamente está cuidando las ovejas.»
Samuel dijo: «Manda por él, que no nos sentaremos a la mesa mientras no llegue.»
Jesé mandó a por él y lo hizo entrar: era de buen color, de hermosos ojos y buen tipo.
Entonces el Señor dijo a Samuel: «Anda, úngelo, porque es éste.»
Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos. En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y estuvo con él en adelante.

Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar,
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios (5,8-14):

En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor. Caminad como hijos de la luz –toda bondad, justicia y verdad son fruto de la luz–, buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obras estériles de las tinieblas, sino más bien denunciadlas. Pues hasta da vergüenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz, denunciándolas, las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso dice: «Despierta, tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz.»

 

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Palabras del papa Francisco

(Ángelus. 19-3-2023. El milagro del ciego de nacimiento)

Hoy el Evangelio nos muestra a Jesús que devuelve la vista a un hombre ciego de nacimiento (cf. Jn 9,1-41). Pero este prodigio no es bien recibido por varias personas y grupos. Veamos en detalle.

Pero primero quisiera deciros: hoy, tomad el Evangelio de Juan y leed vosotros este milagro de Jesús, es hermoso el modo en el que Juan lo cuenta. Capítulo 9, en dos minutos se lee. Muestra cómo procede Jesús y cómo procede el corazón humano: el corazón humano bueno, el corazón humano tibio, el corazón humano temeroso, el corazón humano valiente. Capítulo 9 del Evangelio de Juan. Hacedlo hoy, os ayudará mucho. ¿Y de qué manera las personas acogen este signo?

En primer lugar, están los discípulos de Jesús, que ante el ciego de nacimiento terminan en el chismorreo: se preguntan si la culpa es de sus padres o suya (cf. v. 2). Buscan un culpable; y nosotros muchas veces caemos en esto que es tan cómodo: buscar un culpable, en lugar de plantearnos preguntas exigentes en la vida. Y hoy podemos decir: ¿qué significa para nosotros la presencia de esta persona? ¿qué nos pide a nosotros? Después, una vez curado, las reacciones aumentan. La primera es la de los vecinos, que se muestran escépticos: “Este hombre siempre ha sido ciego: ¡no es posible que vea ahora, no puede ser él, es otro!”: escepticismo (cf. vv. 8-9). Para ellos es inaceptable, mejor dejar todo como era antes (cf. v. 16) y no meterse en este problema. Tienen miedo, temen a las autoridades religiosas y no se pronuncian (cf. vv. 18-21). En todas estas reacciones, emergen corazones cerrados frente al signo de Jesús, por varios motivos: porque buscan un culpable, porque no saben sorprenderse, porque no quieren cambiar, porque están bloqueados por el miedo. Y muchas situaciones se parecen hoy a esta. Frente a algo que es precisamente un mensaje de testimonio de una persona, es un mensaje de Jesús, nosotros caemos en esto: buscamos otra explicación, no queremos cambiar, buscamos una salida más elegante que aceptar la verdad.

El único que reacciona bien es el ciego: él, feliz de ver, testimonia lo que le ha sucedido de la forma más sencilla: «Era ciego y ahora veo» (v. 25). Dice la verdad. Primero se veía obligado a pedir limosna para vivir y sufría los prejuicios de la gente: “es pobre y ciego de nacimiento, debe sufrir, debe pagar por sus pecados o por los de sus antepasados”. Ahora, libre en el cuerpo y en el espíritu, da testimonio de Jesús: no inventa nada y no esconde nada. “Era ciego y ahora veo”. No tiene miedo de lo que dirán los otros: el sabor amargo de la marginación ya lo ha conocido durante toda la vida, ya ha sentido sobre él la indiferencia, el desprecio de los transeúntes, de quien lo consideraba como un descarte de la sociedad, útil a lo sumo para la piedad de alguna limosna. Ahora, curado, ya no teme esas actitudes de desprecio, porque Jesús le ha dado plena dignidad. Y esto es claro, sucede siempre: cuando Jesús nos sana, nos devuelve la dignidad, la dignidad de la sanación de Jesús, plena, una dignidad que sale del fondo del corazón, que toma toda la vida; y Él en sábado, delante de todos, le ha liberado y le ha donado la vista sin pedirle nada, ni siquiera un gracias, y él da testimonio. Esta es la dignidad de una persona noble, de una persona que se sabe curada y empieza de nuevo, renace; ese renacer en la vida, del que se hablaba hoy en “A Sua Immagine”: renacer.

Hermanos, hermanas, con todos estos personajes el Evangelio de hoy nos pone también a nosotros en medio de la escena, así que nos preguntamos: ¿qué posición tomamos?, ¿qué hubiéramos dicho entonces? Y, sobre todo, ¿qué hacemos hoy? ¿Sabemos, como el ciego, ver el bien y ser agradecidos por los dones que recibimos? Me pregunto: ¿cómo es mi dignidad? ¿Cómo es tu dignidad? ¿Testimoniamos a Jesús o difundimos críticas y sospechas? ¿Somos libres frente a los prejuicios o nos asociamos a los que difunden negatividad y chismes? ¿Estamos felices de decir que Jesús nos ama, que nos salva o, como los padres del ciego de nacimiento, nos dejamos enjaular por temor a lo que pensará la gente? Los tibios de corazón que no aceptan la verdad y no tienen la valentía de decir: “No, esto es así”. Y también, ¿cómo acogemos las dificultades y la indiferencia de los demás? ¿Cómo acogemos a las personas que tienen tantas limitaciones en la vida, ya sean físicas, como este ciego; o sociales, como los mendigos que encontramos por la calle? ¿Y esto lo acogemos como una maldición o como ocasión para hacernos cercanos a ellos con amor?

Hermanos y hermanas, pidamos hoy la gracia de sorprendernos cada día por los dones de Dios y de ver las diferentes circunstancias de la vida, también las más difíciles de aceptar, como ocasiones para obrar el bien, como hizo Jesús con el ciego. Que la Virgen nos ayude en esto, junto a san José, hombre justo y fiel.

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Palabras del papa Benedicto XVI

(Ángelus, IV Domingo de Cuaresma,2 marzo 2008)

En estos domingos de Cuaresma, a través de los pasajes del evangelio de san Juan, la liturgia nos hace recorrer un verdadero itinerario bautismal: el domingo pasado, Jesús prometió a la samaritana el don del «agua viva»; hoy, curando al ciego de nacimiento, se revela como «la luz del mundo»; el domingo próximo, resucitando a su amigo Lázaro, se presentará como «la resurrección y la vida». Agua, luz y vida: son símbolos del bautismo, sacramento que «sumerge» a los creyentes en el misterio de la muerte y resurrección de Cristo, liberándolos de la esclavitud del pecado y dándoles la vida eterna.

Detengámonos brevemente en el relato del ciego de nacimiento (cf. Jn 9, 1-41). Los discípulos, según la mentalidad común de aquel tiempo, dan por descontado que su ceguera es consecuencia de un pecado suyo o de sus padres. Jesús, por el contrario, rechaza este prejuicio y afirma: «Ni este pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios» (Jn 9, 3). ¡Qué consuelo nos proporcionan estas palabras! Nos hacen escuchar la voz viva de Dios, que es Amor providencial y sabio. Ante el hombre marcado por su limitación y por el sufrimiento, Jesús no piensa en posibles culpas, sino en la voluntad de Dios que ha creado al hombre para la vida. Y por eso declara solemnemente: «Tengo que hacer las obras del que me ha enviado. (…) Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo» (Jn 9, 4-5).

Inmediatamente pasa a la acción: con un poco de tierra y de saliva hace barro y lo unta en los ojos del ciego. Este gesto alude a la creación del hombre, que la Biblia narra con el símbolo de la tierra modelada y animada por el soplo de Dios (cf. Gn 2, 7). De hecho, «Adán» significa «suelo», y el cuerpo humano está efectivamente compuesto por elementos de la tierra. Al curar al hombre, Jesús realiza una nueva creación. Pero esa curación suscita una encendida discusión, porque Jesús la realiza en sábado, violando, según los fariseos, el precepto festivo. Así, al final del relato, Jesús y el ciego son «expulsados» por los fariseos: uno por haber violado la ley; el otro, porque, a pesar de la curación, sigue siendo considerado pecador desde su nacimiento.

Al ciego curado Jesús le revela que ha venido al mundo para realizar un juicio, para separar a los ciegos curables de aquellos que no se dejan curar, porque presumen de sanos. En efecto, en el hombre es fuerte la tentación de construirse un sistema de seguridad ideológico: incluso la religión puede convertirse en un elemento de este sistema, como el ateísmo o el laicismo, pero de este modo uno queda cegado por su propio egoísmo.

Queridos hermanos, dejémonos curar por Jesús, que puede y quiere darnos la luz de Dios. Confesemos nuestra ceguera, nuestra miopía y, sobre todo, lo que la Biblia llama el «gran pecado» (cf. Sal 19, 14): el orgullo. Que nos ayude en esto María santísima, la cual, al engendrar a Cristo en la carne, dio al mundo la verdadera luz.

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Catena Aurea

 

Crisóstomo, in Joan. Hom 55

Jesucristo curó al ciego al salir del Templo, porque los judíos no habían comprendido la sublimidad de sus palabras, queriendo con su retirada aplacar su furor y ablandar su dureza por medio de un milagro. Daba de esta manera testimonio de lo que se había dicho de El: «Y al pasar Jesús, vio un hombre ciego de nacimiento», etc. Debemos notar aquí, que lo primero que hace al salir del Templo es la obra que debía manifestarlo ante los hombres, porque El fue quien vio al ciego, no se acercó a El el ciego. Y con tanto cuidado lo miró, que al notarlo sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó?», etc.
 

San Agustín, in Joanem tract. 44

La palabra Rabbí quiere decir Maestro. Ellos le llaman Maestro, porque lo que querían era aprender, y por esto habían propuesto una cuestión al Señor, como a su Maestro.
 

Teofilato

Esta pregunta parece censurable, porque los discípulos no habían recibido las fábulas de los gentiles según las cuales, el alma, viviendo en otro mundo, pecó allí. Pero considerándola atentamente se ve que la pregunta no es sencilla.
 

Crisóstomo, ut supra

Ellos llegaron a hacer esta pregunta porque en otra ocasión, después de haber curado al paralítico, le había dicho ( Jn 5,14): «Mira que ya estás sano, no quieras pecar más». Ellos, pues, pensando que aquel paralítico había perdido las fuerzas de sus miembros a causa de sus pecados, le preguntan ahora si éste había pecado, lo cual no era de creer, puesto que era ciego de nacimiento. O si habían pecado sus padres, pero ni aun esto, porque el hijo no sufre el castigo que sólo es debido al padre. «Respondió Jesús: Ni éste pecó, ni sus padres».
 

San Agustín, ut supra

¿Acaso había nacido él exento de la culpa original, o durante su vida no había cometido ninguna? Habían pecado él y sus padres, pero no había nacido ciego en castigo de su pecado. El mismo Salvador señala la causa por la que había nacido ciego: «A fin de que las obras de Dios se manifiesten en él».
 

Crisóstomo, ut supra

No quiere decir con esto que otros han nacido ciegos por los pecados de sus padres pues no sucede que un hombre sea castigado por el pecado que otro ha cometido. Las palabras «para que las obras de Dios se manifiesten» no se refieren a la gloria de su Padre, sino a la suya propia, pues la gloria del Padre ya se había manifestado. ¿Pero acaso éste padecía injustamente su ceguera? Yo entiendo que para él fue un beneficio, porque por ella vio él con los ojos del alma. Es evidente que Aquel que le había dado el ser, sacándolo de la nada, tenía también poder para dejarlo así sin ningún género de injusticia. Según algunos expositores, la partícula ut 1 no significa aquí la causa, sino el efecto, lo mismo que en aquel otro pasaje: Lex subintravit ut abundaret delictum, en el sentido de que el Señor, abriendo los ojos cerrados y curando otras enfermedades del cuerpo, hizo brillar su gloria por la manifestación de su poder.
 

San Gregorio, moralium praef. c. 5

Hay un castigo que hiere al pecador de tal suerte que no le queda retractación posible; hay otro que lo hiere para corregirlo. Otro hay que se aplica, no para castigo de las culpas pasadas, sino para prevenir las venideras; otro, que ni castiga las culpas pasadas ni previene las venideras, sino que se aplica para hacer amar más ardientemente el poder conocido del Salvador, cuando la salvación inesperada sigue al castigo.
 

Crisóstomo, ut supra

Y como El había dicho, hablando de sí mismo: «Para que las obras de Dios se manifiesten», añade: «Es necesario que yo obre las obras de Aquél que me envió»; es decir, es necesario que yo me manifieste a mí mismo y haga lo que me manifiesta, haciendo las mismas obras que mi Padre.
 

Beda

El Hijo, afirmando que hace las obras de su Padre, manifiesta así que sus obras son las mismas que las de su Padre, y son curar a los enfermos, fortalecer a los débiles e iluminar a los hombres.
 

San Agustín, ut supra

Por las palabras: «Aquél que me envió», da toda la gloria a Aquél de quien procede, porque el Padre tiene un Hijo que es suyo, mientras que El mismo no procede de alguien.
 

Crisóstomo, ut supra

Prosigue el texto sagrado: «mientras es de día», es decir, mientras es permitido a los hombres creer en mí, o mientras dure esta vida, «conviene que yo obre». Y esto mismo da a entender en las palabras siguientes: «Vendrá la noche cuando nadie podrá obrar». Se dice noche, según aquellas palabras de San Mateo (22,13): «Arrojadle en las tinieblas exteriores». Allí será noche en la que nadie podrá obrar, sino recibir el merecido de sus obras. Si has de hacer alguna cosa, hazla mientras te dura la vida, pues concluida ésta no habrá ya ni fe, ni trabajos, ni arrepentimiento.
 

San Agustín, ut supra

Si nosotros trabajamos durante esta vida, éste es el día, éste es Cristo. Por eso añade: «Mientras que estoy en el mundo». He aquí que El es el día mismo. Este día, que acaba con una vuelta del sol, tiene pocas horas. El día de la presencia de Cristo dura hasta la consumación de los siglos; porque El mismo dijo ( Mt 28,20): «He aquí que yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos».
 

Crisóstomo, in Joanem, hom 55 et 56

Como por sus obras había hecho brillar la verdad de lo que acababa de decir, por eso el Evangelista añade: «Cuando esto hubo dicho, escupió en tierra e hizo lodo con la saliva y ungió con el lodo sobre los ojos del ciego». El que hizo de la nada sustancias mayores, pudo con más razón hacer ojos sin materia alguna, pero quiso enseñarnos que El era el mismo Creador, que al principio se sirviera de lodo para formar al hombre. Por eso no se sirve de agua para hacer el lodo, sino de saliva, para que no atribuyéramos nada a la virtud de la fuente y entendiésemos que por la virtud de su boca hizo y abrió los ojos. Por último, a fin de que la curación no se atribuyese a virtud de la tierra de que se había servido, le mandó que fuese a lavarse. «Y le dijo: ve, lávate en la piscina de Siloé (que quiere decir Enviado)», para que sepas que yo no necesito de lodo para dar vista. Y como Cristo era el que comunicaba a la piscina de Siloé toda su virtud, el Evangelista nos da en seguida la interpretación de este nombre cuando añade «que significa Enviado», para enseñarnos que el que sana en ella es Cristo; porque así como el Apóstol nos dice que la piedra era Cristo ( 1Cor 10,4), así Siloé era una corriente de agua súbita espiritual, significando a Cristo, que se manifiesta contra toda esperanza. Pero, ¿por qué no lo hace lavarse al punto, sino que lo envía a Siloé? Para cerrar la boca a las imprudentes agresiones de los judíos. Convenía que todos lo vieran ir con el lodo sobre los ojos. Era conveniente también para manifestar que El no desconocía la Ley y el Antiguo Testamento. No era de temer que se atribuyese a Siloé la gloria de esta curación, porque muchos se habían lavado allí los ojos sin haber alcanzado tan gran beneficio. También para que aprendas a tener la fe del ciego, que no contradice lo más mínimo el mandato del Salvador, ni dijo en su interior: el lodo más bien produce la ceguera. Muchas veces me lavé en Siloé y jamás he sido curado; si alguna virtud tuviese, ya estaría yo sano; sino que obedeció al punto: «Se fue, pues, y se lavó y volvió con vista». De este modo manifestó su gloria, porque no es pequeña gloria el ser tenido por el autor de la creación, porque la fe que se tiene de las obras mayores sirve para tenerla de las menores. Entre todas las obras de la creación, la más noble es el hombre. Y entre todos los miembros que tenemos, el más noble es el ojo, porque es el que rige al cuerpo y adorna el rostro, y lo que es el sol en la tierra es el ojo en el cuerpo; por eso su lugar es el más elevado, colocado como en sitio real.
 

Teófilacto

Algunos opinan que este lodo no se cayó, sino que se convirtió en ojos.
 

Beda

En sentido místico significa el Señor, que expulsado del corazón de los judíos, pasó al punto al de los gentiles. Este paso o camino que ha recorrido es su descendimiento del cielo a la tierra. El vio al ciego en el momento en que lleno de compasión fijó su mirada sobre el género humano.
 

San Agustín, ut supra

El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo, «porque el Verbo se hizo carne» ( Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: «Que quiere decir Enviado», porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros habría sido absuelto del pecado.
 

San Gregorio, Moralium 8, 21

La saliva significa el sabor de la contemplación íntima, la cual baja desde la cabeza a la boca, porque desde la altura de la gloria es de donde viene Dios a nosotros por las dulzuras de la revelación, mientras estamos en esta vida. El Señor mezcló su saliva con la tierra y devolvió así la vista al ciego de nacimiento; porque mezclando la contemplación de su verdad con nuestro pensamiento es como la gracia sobrenatural irradia en nosotros. Y sanando al hombre de su natural ceguera, ilumina su inteligencia.
 

Notas

  1. En griego, ina , conjunción subordinativa que indica finalidad, propósito: en orden a que, para que.

Crisóstomo, in Joan. Hom 55

Jesucristo curó al ciego al salir del Templo, porque los judíos no habían comprendido la sublimidad de sus palabras, queriendo con su retirada aplacar su furor y ablandar su dureza por medio de un milagro. Daba de esta manera testimonio de lo que se había dicho de El: «Y al pasar Jesús, vio un hombre ciego de nacimiento», etc. Debemos notar aquí, que lo primero que hace al salir del Templo es la obra que debía manifestarlo ante los hombres, porque El fue quien vio al ciego, no se acercó a El el ciego. Y con tanto cuidado lo miró, que al notarlo sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién pecó?», etc.
 

San Agustín, in Joanem tract. 44

La palabra Rabbí quiere decir Maestro. Ellos le llaman Maestro, porque lo que querían era aprender, y por esto habían propuesto una cuestión al Señor, como a su Maestro.
 

Teofilato

Esta pregunta parece censurable, porque los discípulos no habían recibido las fábulas de los gentiles según las cuales, el alma, viviendo en otro mundo, pecó allí. Pero considerándola atentamente se ve que la pregunta no es sencilla.
 

Crisóstomo, ut supra

Ellos llegaron a hacer esta pregunta porque en otra ocasión, después de haber curado al paralítico, le había dicho ( Jn 5,14): «Mira que ya estás sano, no quieras pecar más». Ellos, pues, pensando que aquel paralítico había perdido las fuerzas de sus miembros a causa de sus pecados, le preguntan ahora si éste había pecado, lo cual no era de creer, puesto que era ciego de nacimiento. O si habían pecado sus padres, pero ni aun esto, porque el hijo no sufre el castigo que sólo es debido al padre. «Respondió Jesús: Ni éste pecó, ni sus padres».
 

San Agustín, ut supra

¿Acaso había nacido él exento de la culpa original, o durante su vida no había cometido ninguna? Habían pecado él y sus padres, pero no había nacido ciego en castigo de su pecado. El mismo Salvador señala la causa por la que había nacido ciego: «A fin de que las obras de Dios se manifiesten en él».
 

Crisóstomo, ut supra

No quiere decir con esto que otros han nacido ciegos por los pecados de sus padres pues no sucede que un hombre sea castigado por el pecado que otro ha cometido. Las palabras «para que las obras de Dios se manifiesten» no se refieren a la gloria de su Padre, sino a la suya propia, pues la gloria del Padre ya se había manifestado. ¿Pero acaso éste padecía injustamente su ceguera? Yo entiendo que para él fue un beneficio, porque por ella vio él con los ojos del alma. Es evidente que Aquel que le había dado el ser, sacándolo de la nada, tenía también poder para dejarlo así sin ningún género de injusticia. Según algunos expositores, la partícula ut 1 no significa aquí la causa, sino el efecto, lo mismo que en aquel otro pasaje: Lex subintravit ut abundaret delictum, en el sentido de que el Señor, abriendo los ojos cerrados y curando otras enfermedades del cuerpo, hizo brillar su gloria por la manifestación de su poder.
 

San Gregorio, moralium praef. c. 5

Hay un castigo que hiere al pecador de tal suerte que no le queda retractación posible; hay otro que lo hiere para corregirlo. Otro hay que se aplica, no para castigo de las culpas pasadas, sino para prevenir las venideras; otro, que ni castiga las culpas pasadas ni previene las venideras, sino que se aplica para hacer amar más ardientemente el poder conocido del Salvador, cuando la salvación inesperada sigue al castigo.
 

Crisóstomo, ut supra

Y como El había dicho, hablando de sí mismo: «Para que las obras de Dios se manifiesten», añade: «Es necesario que yo obre las obras de Aquél que me envió»; es decir, es necesario que yo me manifieste a mí mismo y haga lo que me manifiesta, haciendo las mismas obras que mi Padre.
 

Beda

El Hijo, afirmando que hace las obras de su Padre, manifiesta así que sus obras son las mismas que las de su Padre, y son curar a los enfermos, fortalecer a los débiles e iluminar a los hombres.
 

San Agustín, ut supra

Por las palabras: «Aquél que me envió», da toda la gloria a Aquél de quien procede, porque el Padre tiene un Hijo que es suyo, mientras que El mismo no procede de alguien.
 

Crisóstomo, ut supra

Prosigue el texto sagrado: «mientras es de día», es decir, mientras es permitido a los hombres creer en mí, o mientras dure esta vida, «conviene que yo obre». Y esto mismo da a entender en las palabras siguientes: «Vendrá la noche cuando nadie podrá obrar». Se dice noche, según aquellas palabras de San Mateo (22,13): «Arrojadle en las tinieblas exteriores». Allí será noche en la que nadie podrá obrar, sino recibir el merecido de sus obras. Si has de hacer alguna cosa, hazla mientras te dura la vida, pues concluida ésta no habrá ya ni fe, ni trabajos, ni arrepentimiento.
 

San Agustín, ut supra

Si nosotros trabajamos durante esta vida, éste es el día, éste es Cristo. Por eso añade: «Mientras que estoy en el mundo». He aquí que El es el día mismo. Este día, que acaba con una vuelta del sol, tiene pocas horas. El día de la presencia de Cristo dura hasta la consumación de los siglos; porque El mismo dijo ( Mt 28,20): «He aquí que yo estaré con vosotros hasta la consumación de los siglos».
 

Crisóstomo, in Joanem, hom 55 et 56

Como por sus obras había hecho brillar la verdad de lo que acababa de decir, por eso el Evangelista añade: «Cuando esto hubo dicho, escupió en tierra e hizo lodo con la saliva y ungió con el lodo sobre los ojos del ciego». El que hizo de la nada sustancias mayores, pudo con más razón hacer ojos sin materia alguna, pero quiso enseñarnos que El era el mismo Creador, que al principio se sirviera de lodo para formar al hombre. Por eso no se sirve de agua para hacer el lodo, sino de saliva, para que no atribuyéramos nada a la virtud de la fuente y entendiésemos que por la virtud de su boca hizo y abrió los ojos. Por último, a fin de que la curación no se atribuyese a virtud de la tierra de que se había servido, le mandó que fuese a lavarse. «Y le dijo: ve, lávate en la piscina de Siloé (que quiere decir Enviado)», para que sepas que yo no necesito de lodo para dar vista. Y como Cristo era el que comunicaba a la piscina de Siloé toda su virtud, el Evangelista nos da en seguida la interpretación de este nombre cuando añade «que significa Enviado», para enseñarnos que el que sana en ella es Cristo; porque así como el Apóstol nos dice que la piedra era Cristo ( 1Cor 10,4), así Siloé era una corriente de agua súbita espiritual, significando a Cristo, que se manifiesta contra toda esperanza. Pero, ¿por qué no lo hace lavarse al punto, sino que lo envía a Siloé? Para cerrar la boca a las imprudentes agresiones de los judíos. Convenía que todos lo vieran ir con el lodo sobre los ojos. Era conveniente también para manifestar que El no desconocía la Ley y el Antiguo Testamento. No era de temer que se atribuyese a Siloé la gloria de esta curación, porque muchos se habían lavado allí los ojos sin haber alcanzado tan gran beneficio. También para que aprendas a tener la fe del ciego, que no contradice lo más mínimo el mandato del Salvador, ni dijo en su interior: el lodo más bien produce la ceguera. Muchas veces me lavé en Siloé y jamás he sido curado; si alguna virtud tuviese, ya estaría yo sano; sino que obedeció al punto: «Se fue, pues, y se lavó y volvió con vista». De este modo manifestó su gloria, porque no es pequeña gloria el ser tenido por el autor de la creación, porque la fe que se tiene de las obras mayores sirve para tenerla de las menores. Entre todas las obras de la creación, la más noble es el hombre. Y entre todos los miembros que tenemos, el más noble es el ojo, porque es el que rige al cuerpo y adorna el rostro, y lo que es el sol en la tierra es el ojo en el cuerpo; por eso su lugar es el más elevado, colocado como en sitio real.
 

Teófilacto

Algunos opinan que este lodo no se cayó, sino que se convirtió en ojos.
 

Beda

En sentido místico significa el Señor, que expulsado del corazón de los judíos, pasó al punto al de los gentiles. Este paso o camino que ha recorrido es su descendimiento del cielo a la tierra. El vio al ciego en el momento en que lleno de compasión fijó su mirada sobre el género humano.
 

San Agustín, ut supra

El género humano está representado en este ciego, y esta ceguedad viene por el pecado al primer hombre, de quien todos descendemos. Es, pues, un ciego de nacimiento. El Señor escupió en la tierra y con la saliva hizo lodo, «porque el Verbo se hizo carne» ( Jn 1,14). Untó los ojos del ciego de nacimiento. Tenía puesto el lodo y aun no veía, porque cuando lo untó, quizá le hizo catecúmeno. Le envió a la Piscina que se llama Siloé, porque fue bautizado en Cristo, y fue entonces cuando lo iluminó. Tocaba al Evangelista el darnos a conocer el nombre de esta Piscina, y por eso dice: «Que quiere decir Enviado», porque si Aquél no hubiera sido enviado, ninguno de nosotros habría sido absuelto del pecado.
 

San Gregorio, Moralium 8, 21

La saliva significa el sabor de la contemplación íntima, la cual baja desde la cabeza a la boca, porque desde la altura de la gloria es de donde viene Dios a nosotros por las dulzuras de la revelación, mientras estamos en esta vida. El Señor mezcló su saliva con la tierra y devolvió así la vista al ciego de nacimiento; porque mezclando la contemplación de su verdad con nuestro pensamiento es como la gracia sobrenatural irradia en nosotros. Y sanando al hombre de su natural ceguera, ilumina su inteligencia.
 

Notas

  1. En griego, ina , conjunción subordinativa que indica finalidad, propósito: en orden a que, para que.

 

 

Crisóstomo, in Joanem hom 56

Lo extraño del milagro debía dar lugar a la incredulidad, y por eso el Evangelista añade: «Los vecinos y los que le habían visto antes pedir limosna, decían: ¿No es éste el que estaba sentado y pedía limosna?» ¿A dónde descendía la infinita clemencia de Dios? Ella curaba con ternura a aquellos que pedían limosna. De esta manera cerraba la boca a los judíos, pues en su providencia consideraba dignos de sus gracias, no a los hombres insignes o ilustres por su nacimiento, sino a los pobres y humildes, pues había venido para salvar a todos. «Los unos decían: Este es». En efecto; aquéllos a quienes este prodigio había convertido en testigos irrecusables del milagro, no podían decir tampoco: No es éste. «Y los otros: no es ése, sino que se le parece».
 

San Agustín, in Joanem tract 44

Porque, abiertos los ojos, éstos habían cambiado su semblante. Mas él decía «Yo soy», expresión de gratitud y reconocimiento que lo libra de ser tenido por ingrato.
 

Crisóstomo, ut supra

Porque no se avergüenza de su primitiva ceguera, ni teme el furor de la plebe, ni rehúsa manifestarse él mismo para proclamar a su bienhechor. «Y le decían: ¿Cómo te fueron abiertos los ojos?» Ni nosotros sabemos el modo, ni tampoco lo sabe el que ha sido curado. El conocía el hecho, pero no podía comprender la manera como se había verificado. «Respondió él: Aquel hombre que se llama Jesús, hizo lodo y ungió mis ojos». ¡Mira cuán veraz es en sus palabras! No dijo con qué lo había hecho; no dijo tampoco lo que no sabía, porque él ignoraba que Jesús había escupido en la tierra. Por el sentido del tacto conoció que sus ojos habían sido untados de lodo, «Y me dijo: Ve a la Piscina de Siloé y lávate». También fue testigo de esto por el oído, pues reconoció su voz a causa de la disputa con los discípulos. Y como él se había preparado para una sola cosa, a saber, para dejarse persuadir en todo por el que le mandaba, añade: «Y fui, me lavé y veo».
 

San Agustín, ut supra

He aquí cómo se hace mensajero de la gracia; he aquí cómo evangeliza y confiesa a los judíos. Este ciego confesaba y el corazón de los impíos estaba oprimido porque no tenían en el corazón lo que él ya tenía en el rostro. «Y le dijeron: ¿En dónde está aquél?»
 

Crisóstomo, ut supra

Ellos decían esto meditando su muerte, porque ya habían conspirado contra El; pero Cristo no estaba jamás cerca de aquellos a quienes curaba, porque no buscaba su gloria, ni tampoco hacía ostentación de sí mismo. Jesús, después de curar, se retiraba siempre para alejar toda sospecha de milagros, porque los que no lo conocían, ¿cómo habían de confesar que habían sido curados por El? «Respondió él: No sé».
 

San Agustín, ut supra

Al decir estas palabras se asemejaba al ungido, pero que aún no ve. Predica, mas no conoce a aquel a quien predica.
 

Beda

Es figura de los catecúmenos, que aun cuando creen en Cristo, todavía no le conocen, porque aun no están purificados.

A los fariseos pertenecía, pues, aprobar o desaprobar esta obra.
 

Crisóstomo, ut supra

Al preguntar los judíos: «¿Dónde está aquel?» querían encontrarlo para conducirlo a los fariseos; pero como no lo encontraron, llevaron al ciego delante de los fariseos para poder preguntarle con más insistencia. Y por eso añade el Evangelista: «Y era sábado», para demostrar la depravada intención de ellos y por qué causa lo buscaban, esto es, para alegar un motivo contra El y para poder manifestarse acusadores de este milagro, so pretexto de violación de la Ley. Esto es lo que confirman las palabras siguientes: «Y de nuevo le preguntaban los fariseos», etc. Mira cómo el ciego no se turba. Nada de extraño tenía el decir la verdad en presencia de las turbas que le preguntaban, sin que corriese peligro alguno. Lo admirable es que ahora, en presencia de los fariseos, cuando corre verdadero peligro, nada niega, ni dice lo contrario de lo que antes había afirmado. «Y él les dijo: lodo puso sobre mis ojos, y me lavé y veo». El cuenta el hecho de la manera más breve a hombres que ya lo habían escuchado. Calla el nombre del que le había dicho «Ve, lávate en la piscina»; antes bien, exclama desde luego: «Lodo puso sobre mis ojos», etc. De este modo obtuvieron un resultado contrario al que se habían propuesto, porque ellos le habían conducido para que negara el milagro, que él publicaba sin recelo alguno.

«Y decían algunos fariseos», etc.
 

San Agustín, ut supra

No todos, sino algunos, porque ya algunos empezaban a ser ungidos. Los que no veían, ni habían sido ungidos, decían: «Este hombre no es de Dios, pues que no guarda el sábado». Mejor guardaba el sábado el que estaba libre de pecado, pues guardar el sábado en sentido espiritual es estar libre de pecado, y esto es lo que Dios aconseja cuando exhorta a santificar el día del sábado, diciendo ( Ex 20,10): «No haréis obras serviles». Y he aquí lo que el Señor llama obra servil: todo el que hace un pecado, es esclavo del pecado ( Jn 8,34); pero mientras ellos observaban carnalmente el sábado, espiritualmente lo violaban.
 

Crisóstomo, in Joanem hom 56

Maliciosamente ocultan el hecho y sólo hablan de la supuesta prevaricación; porque ellos no decían que había curado en el día del sábado, sino que no guarda el sábado. «Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estos milagros?» Los milagros les llamaban la atención, pero sus corazones estaban mal dispuestos. Era conveniente manifestar de qué manera no se quebrantaba el sábado. Ninguno de ellos se atrevía a decir claramente lo que quería, sino que preferían dejarlo en la duda, los unos por debilidad y los otros por la humana ambición: «Y había discusión entre ellos». Esta división comenzó en el pueblo y después se propagó entre los principales.
 

San Agustín, ut supra

Cristo era el día que separó la luz de las tinieblas.
 

Crisóstomo, in Joanem hom 57

Aquellos que habían dicho: «Un hombre pecador no puede hacer estos milagros», queriendo cerrar la boca de sus adversarios, sacan en medio de ellos a aquel que había experimentado el poder de Cristo, con el fin de no aparecer aduladores. «Y vuelven a decir al ciego: Y tú, ¿qué dices de aquel que abrió tus ojos?»
 

Teófilacto

Mira con cuánta benevolencia le preguntan. No le dijeron: Tú, qué dices de aquel que no guarda el sábado, sino que refieren el milagro: ¿Cómo te abrió los ojos? Como si quisieran excitar el celo de este hombre curado, diciéndole: El ha sido tu salvador y, por lo tanto, debes ensalzar su poder y su gloria.
 

San Agustín, ut supra

O tal vez buscaban un medio de calumniar al hombre y arrojarlo de la sinagoga; pero él no manifestó más que lo que sentía. «Y él dijo: Que es profeta». Aunque ya estaba tocado su corazón, todavía, sin embargo, no confiesa al Hijo de Dios; pero no miente, porque el Señor había dicho de sí mismo «Que ningún profeta es acepto en su patria» ( Lc 4).

 

 

Crisóstomo, in Joanem hom 57

No habiendo podido los fariseos acobardar al ciego, antes por el contrario, viéndolo proclamar a Jesús como a su bienhechor, pensaban que podrían deshacer el milagro por el testimonio de los padres. «Mas los judíos no creyeron hasta que llamaron a los padres del que había recibido la vista».
 

San Agustín, in Joanem tract 44

Esto es, del que había sido ciego y ahora veía.
 

Crisóstomo, ut supra

Sin embargo, tal es la fuerza de la verdad, que mientras más se la combate con falsos argumentos, más brilla y mayor fuerza tiene. La mentira se resiste a sí misma y no consigue otra cosa que esclarecer más y más la verdad por aquellos mismos medios con que intentaba oscurecerla, y esto es lo que aquí sucede. Para que nadie dijera que el testimonio del pueblo no tenía ningún valor, porque podía muy bien haberse dejado engañar por falsas apariencias, hacen que se presenten los padres, que mejor que nadie conocían a su propio hijo. Los colocan en medio de la asamblea y les preguntan con gran furor: «¿Es éste vuestro hijo, el que vosotros decís que nació ciego?». Y no dicen que un tiempo ha estado ciego, sino que vosotros decís que nació ciego. ¡Oh hombres perversos! ¿Qué padre sería capaz de inventar semejantes mentiras contra su hijo? Lo único que no dicen es que vosotros lo hicisteis ciego. De dos maneras tratan ellos de inducirlos a que nieguen el milagro: o con las palabras «que decís ha nacido ciego» o con las que después añaden: «¿Cómo, pues, ve ahora?»
 

Teófilacto

Como si dijeran: o es falso que ahora vea, o bien es falso que haya nacido ciego. Pero es innegable que ve ahora; luego es falso que haya nacido ciego, como decís vosotros.
 

Crisóstomo, ut supra

De las tres preguntas que les hacen, a saber, si es hijo de ellos, si fue ciego y cómo es que ahora ve, satisfacen a dos. Respondieron sus padres «Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego». Eluden la tercera, y por eso añaden: «Mas no sabemos cómo ahora tenga vista». Y esto lo confiesan, porque convenía para esclarecer la verdad, que exigía que nadie contestara más que aquel que había sido curado y que, por lo tanto, era digno de ser creído. «Preguntadlo a él. Edad tiene; que hable él por sí mismo».
 

San Agustín, ut supra

Nosotros estaríamos obligados a hablar por un niño que no pudiese hablar por sí mismo. Le hemos conocido ciego de nacimiento, pero no mudo.
 

Crisóstomo, ut supra

Cuán poco agradecidos se mostraron los padres, que callaron por temor a los judíos parte de lo que sabían. «Esto dijeron los padres del ciego por temor a los judíos». Otra vez el Evangelista manifiesta aquí el pensamiento y la intención de los judíos: «Porque ya habían acordado los judíos, que si alguno confesase a Jesús por Cristo, fuese echado de la sinagoga».
 

San Agustín, ut supra

Ya no era un mal el ser arrojado de la sinagoga. Los judíos arrojaban; Jesús recibía. Por eso dijeron sus padres: «Edad tiene, preguntadlo a él».
 

Alcuino

En lo cual el Evangelista muestra que ellos respondieron así, no por ignorancia, sino por miedo.
 

Teófilacto

Más débiles se mostraron que su hijo, el cual se presentó como intrépido testigo de la verdad, teniendo ya los ojos del alma iluminados por Dios.

 

 

Crisóstomo, in Joanem hom 57

Como los padres habían vuelto a enviar a los fariseos a aquel que había sido curado, de aquí el preguntarle por segunda vez. «Volvieron, pues, a llamar al hombre que había sido ciego». Ellos no le dicen claramente: niega que Cristo te ha curado, sino que so pretexto de celo por la religión, tratan de inducirle a ello. «Da gloria a Dios», esto es, confiesa que Cristo nada te ha hecho.
 

San Agustín, in Joanem tract 44

Es decir, niega lo que has recibido, lo cual ciertamente no es dar gloria a Dios, sino blasfemarlo.
 

Alcuino

De esta manera querían dar gloria a Dios, haciendo que llamase pecador a Cristo, como ellos mismos hacían, y por eso añaden: «Nosotros sabemos que ese hombre es pecador».
 

Crisóstomo, in Joanem hom 58

Por qué no le replicasteis cuando os dijo ( Jn 8,46): «¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?».
 

Alcuino

Pero él, para no dar lugar a la calumnia ni tampoco ocultar la verdad, no dijo: sé que El es justo, sino que les contestó: «Si es pecador, no lo sé».
 

Crisóstomo, in Joanem hom 57

¿Cómo el mismo que había dicho «Que es profeta», ahora dice: «Si es pecador no lo sé»? ¿Es acaso que el ciego tiene ahora miedo? De ninguna manera. Pero él quiere que éste sea el testimonio de la realidad que haga desaparecer la acusación contra Cristo. Quiere también dar a su respuesta la fuerza de su reconocimiento: «Una cosa sé: que habiendo yo sido ciego, ahora veo». Como si dijera: nada digo ahora de si es pecador, pero lo que puedo asegurar es lo que claramente sé. Como ellos no podían destruir el hecho, vuelven a la primera cuestión, inquiriendo de nuevo la manera de la curación, como perros que van olfateando la caza aquí y allí. Y ellos dijeron: «¿Qué te hizo? ¿Cómo te abrió los ojos?» Esto es, ¿por ventura, valiéndose de alguna ligereza de manos? No le preguntaron: ¿De qué manera has visto?, sino ¿cómo te abrió los ojos?, dando ocasión para desvirtuar el milagro del Salvador. En tanto que las preguntas que se le hacían necesitaban explicación, él contesta con mesura; pero cuando ya había triunfado de las argucias malévolas de los fariseos, contesta con firmeza a las demás preguntas: «Ya os lo he dicho y lo habéis oído. ¿Por qué lo queréis oír otra vez?». Como si les quisiera decir: Vosotros no queréis hacer caso de lo que ya os he dicho y no responderé más a las preguntas que vanamente me hacéis, no para informaros de la verdad, sino para discurrir razones falsas. «¿Por ventura queréis vosotros también haceros sus discípulos?»
 

San Agustín, in Joanem tract 44

¿Qué quiere decir: «Por ventura también vosotros»? sino, puesto que yo soy su discípulo, por ventura, ¿queréis vosotros también haceros sus discípulos? Ya veo, pero no tengo envidia. El hablaba estas cosas indignado contra la dureza de los judíos; de ciego que había sido, ahora veía y no podía soportar a los ciegos.
 

Crisóstomo, ut supra

Así como la verdad tiene un poder irresistible, de la misma manera la mentira es débil; porque la verdad, aun cuando sean débiles aquellos que se amparan con ella, ella los robustece y los hace ilustres, mientras que la mentira hace débiles a los mismos poderosos.

Y prosigue: «Y le maldijeron diciendo: Seas tú discípulo de El».
 

San Agustín, ut supra

¡Aquí hay maldición si atiendes al corazón, no si examinas las palabras! Caiga tal maldición sobre nosotros y sobre nuestros hijos. Y añadieron: «Nosotros somos discípulos de Moisés. Nosotros sabemos que habló Dios a Moisés». ¡Ojalá supierais que habló Dios a Moisés! Entonces sabríais que Dios ha sido anunciado por Moisés. Porque el Señor os dice ( Jn 5,46): «Si creyereis en Moisés, creeríais en mí, porque de mí es de quien ha escrito». ¿Así seguís al siervo, volviendo la espalda al Señor? Pues añadís: «Mas éste no sabemos de dónde sea».
 

Crisóstomo, ut supra

Preferís y dais más crédito a lo que oís que a lo que veis con vuestros mismos ojos, porque todas las cosas que decís que sabéis, las habéis recibido de vuestros padres. ¿Pero acaso no es más digno de fe Aquel que probó que venía de Dios por medio de milagros, de los que no sólo habéis oído hablar, sino que vosotros mismos habéis visto? Por eso: «Aquel hombre les respondió y dijo: ‘Cierto que es ésta cosa maravillosa, que vosotros no sabéis de dónde es y abrió mis ojos'». En todas partes presenta el milagro, porque éste no podrían alterarlo y ya habrían sido convencidos por él. Y como habían dicho que un hombre pecador no puede hacer estos milagros, él se refiere al juicio de ellos, trayéndoles a la memoria sus propias palabras. Por eso añade: «Sabemos que Dios no oye a los pecadores», como si dijera: mi opinión y la vuestra son iguales.
 

San Agustín, ut supra

Es aún el ungido el que habla, porque Dios oye también a los pecadores; pues si no los oyera, en vano diría el publicano: «Dios, muéstrate propicio a mí pecador» ( Lc 18,13 ). Por aquella confesión mereció su justificación, de la misma manera que el ciego mereció ser iluminado.
 

Teófilacto

O bien hay que decir, que por estas palabras «que Dios no oye a los pecadores», se quiere significar que Dios no concede a los pecadores el poder de hacer milagros. Cuando los pecadores imploran el perdón de sus pecados, han sido trasladados del estado de pecadores al de penitentes.
 

Crisóstomo, ut supra

Y observad que lo que él dijo más arriba: «Si El es pecador, no lo sé», no lo dijo manifestando una duda. Pues aquí no sólo le excusa de pecados, sino que aún lo confiesa muy agradable a Dios. Y así dice: «Si alguno es temeroso de Dios y hace su voluntad, a éste oye». No basta, pues, conocer a Dios, sino que es preciso hacer su voluntad. En seguida publica y ensalza lo que se había hecho, diciendo: «Nunca fue oído que abriese alguno los ojos de uno que nació ciego». Si vosotros confesáis que Dios no oye a los pecadores, observad que este hombre ha hecho un milagro, y tal, que ningún hombre lo hizo jamás; es evidente que el poder en virtud del cual El ha hecho este milagro, es más grande que todo poder humano; y por esto añade: «Si Este no fuese de Dios, no pudiera hacer cosa alguna».
 

San Agustín, ut supra

Libremente, constantemente, verazmente. Estas cosas que han sido hechas por el Señor, ¿por quién habían sido hechas sino por Dios? ¿O cuándo las habrían hecho los discípulos si el Señor no habitara en ellos?
 

Crisóstomo, ut supra

Como que había dicho la verdad, en ninguna cosa le habían confundido. Sin embargo, cuando convenía principalmente que lo admiraran, entonces lo condenan: «Ellos le respondieron y dijeron: ¿en pecado eres nacido todo, y tú nos enseñas?»
 

San Agustín, ut supra

¿Qué quiere decir la palabra todo, sino aludiendo a la ceguera? Pero el que le ha curado la vista le ha curado de todo.
 

Crisóstomo, ut supra

O bien dicen todo, como si dijeran: Estás en pecado desde tus primeros años. Aquí, pues, le echan en cara su ceguera, manifestando que había estado ciego por sus pecados, lo cual no era cierto. Mientras ellos esperaban de él una negación. Lo creen digno de ser creído; pero ahora lo arrojan fuera.
 

San Agustín, ut supra

Ellos le habían hecho maestro, le habían preguntado muchas veces para aprender de él; pero ahora, ingratos, arrojan al que les enseña.
 

Beda

Esta es la costumbre de los mayores, que desdeñan aprender algo de los inferiores.

 

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