Esto es una de las cosas que lleva a creer en la Resurrección: la autenticidad de lo que se nos cuenta.
Lo más creíble de lo increíble de la Resurrección es la simplicidad, la inocencia, la elementalidad, lo nada artificial, lo común, lo razonable y sencillo, hasta casi lo contradictorio en algunos puntos de los relatos como para hacer creer a la gente que Jesucristo verdaderamente resucito.
Y sí, amigos, hasta las aparentes contradicciones, imperfecciones o inexactitudes juegan a favor de la credibilidad. Pues se palpa que no está calculado, pensado, apañado.
En los relatos no hay nada extraordinario, sobrenatural, milagroso, espectacular…; todo parece en relato corto, sencillo y directo, sin adornos, sin ningún añadido para deslumbrar, que a veces resulta casi hasta decepcionante para el que está dispuesto a creer a boca abierta. No hay invención.
Algo asombroso es el que Jesucristo tras la resurrección en su aspecto no parece reconocible, su cuerpo es espiritualizado, transfigurado. Esto no se puede inventar. María Magdalena no lo reconoce en principio, lo confundía con un jardinero; los discípulos de Emaús no lo reconocieron mientras caminaba con ellos; a la orilla del de mar de Galilea, los mismos apóstoles al principio tampoco lo reconocieron; etc.
Y lo más maravillosos para la gente de nuestro tiempo, después de tantos años, es que Dios nos regala para nosotros, algo nuevo y distinto, que para los de otros tiempos. Antes nunca el mundo pidió exigente con una mentalidad cartesiana y hasta materialista, realidad tangible, probables, lógicas a machamartillo, no fake news, y el Señor presenta convicciones, verdades, realidades insobornables.
Lo que se cuenta es algo que ha ocurrido indubitablemente, y el tiempo —hoy más que nunca— con los avances en los estudios teológicos, históricos, arqueológicos, tecnológicos, etc., han venido a confirmar la verdad de los evangelios. (A modo de dato anecdótico: hace muchos años ya, un amigo me contaba que en la universidad uno de los profesores les dijo que los Evangelios son del textos del siglo III. Me lo contaba como si le hubieran quitado una venda de los ojos que la Iglesia le hubiera puestos para engañarle, haciendo creer que los evangelios fueron escritos en el siglo I. El profesor les ocultó o «no sabía» que los papiros que se conservan sean posteriores -copias- de los originales escritos por los apóstoles). Los textos son próximos a los hechos.
Estos son hechos incontrovertibles: Jesús murió crucificado, fue sepultado, muchas personas declararon haberlo visto vivo tras su ejecución y que el sepulcro quedó vacío, sin cadáver.
Los testigos y relatores de esos hechos no son intelectuales, conocedores a fondo de la Escrituras, son «incultos», iletrados, trabajadores, pescadores, gente joven, sin experiencia, alejados de los focos de influencia, del centro, de la Jerusalén, son de Galilea, de Nazaret, del extremo norte, etc.
Con esos mimbres no se puede construir un cesto. Está claro. Pero para Dios no hay nada imposible, o Dios se vale de la pequeño y débil para llevar a cabo sus obras y manifiesta sus proezas, o escribir derecho con renglones torcido, o hacer con lo más natural manifestaciones sobrenaturales.
Después de todo…, resulta tan fiable, tan digno de credibilidad, tan auténtico, tan verdadero, tan… que nos predispone a creer, nos abren a la fe.
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