Conversión

«Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse» (Lc 15,7).  

       «Bienaventurado el que vive en Dios; dichoso el que muere buscándolo» (Raúl Follereau)

*****

          Convertido por una frase del Papa
París.
Parque de los Príncipes. Un universitario logra acercarse al Papa y le grita:

           Santo Padre, soy ateo, ¡ayúdeme!.

         El Papa se le acercó. Hablaron a solas unos instantes. De regreso a Roma, Juan Pablo II recordó a ese chico y le dijo a don Estanislao:

          Pienso que quizá podía haberle ayudado mejor. Quizá todavía se puede hacer algo por él.

           Escribieron a París. La respuesta fue algo así como “lo intentaremos pero va a ser más difícil que encontrar una aguja en un pajar”. Pero, al final se localizó al muchacho y le dijeron:

        El Papa quiere que sepas que reza diariamente por ti y está preocupado porque quizá no resolvió tu problema.

           Aquel muchacho explicó que al salir de allí fue a una librería y compró un Nuevo Testamento, como el Papa le había dicho…

        Y nada más abrirlo, encontré la respuesta que buscaba. Díganselo al Papa. Ya me preparo para mi bautismo.[1]
 

*****

 

Aquí se da un proceso místico, como siempre que interviene Dios. Es un proceso de gracia que se desenvuelve, sin que seamos conscientes, pues lo sobrenatural no se ve con los ojos de la carne, sino con los de la fe.

En esta conversión -visto desde la fe- tiene -como casi todas- una inquietud previa, una sed, que, aunque se niegue y a veces anímicamente con violencia, un rechazo ateísta, persiste, y de forma pertinaz aparece en cuanto uno se encuentra caído. A esa inquietud o sed se le ofrece en un momento dado, por las circunstancia que sea, a veces excepcionales como en este caso en que se cruzó el Papa en la vida de ese joven, o algo más trivial: un momento de bajón, depresivo, de domingo por la tarde, o una experiencia vital del tipo que sea, alegre y triste, que le ha llevado a recapacitar… y a ponerse en marcha en busca de la fuente o repuesta que aplaque esa inquietud. Por último, está el encuentro personal con el Señor: es el momento excelso, donde Dios toca el alma para transfórmala, para hacerla suya, para bautizarla. Desde el principio al final todo es obra da la gracia misericordiosa de Dios. La paz y la alegría serán la señal de esa íntima relación, de en quien se confía, y a partir de la cual la vida toma otra perspectiva. 

«(Mediante la conversión, el hombre) arrancado del pecado, es introducido en el misterio del amor de Dios, quien le llama a entablar una relación personal con El mismo en Cristo. En efecto, el nuevo convertido, con la ayuda de la gracia, emprende un camino espiritual por el que […] pasa del hombre viejo al nuevo hombre perfecto según Cristo» (CONC. VAT. II, Decr. Ad gentes, 13).

«Os digo que la misma alegría tendrán los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta» (Lc 15,10). 

 

 

…………………….

[1] Tomada de Miguel Ángel Velasco, “Juan Pablo II, ese desconocido”, p.56.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.