La presencia de los cristianos en el mundo (II)

SalTierraYLuzMundo. Foto CNS

Como seres humanos cuyo origen está en Adán y Eva pertenecemos a la Tierra, a este mundo en que nacimos y habitamos, con todas sus consecuencias después de la originalidad perdida.

“Jahwe, Dios, formó al hombre del polvo de la tierra y le sopló el aliento de vida. Así fue el hombre un ser vivo” (Gen 2,7). La Biblia es, como se dice hoy, un libro de teología narrativa; es decir, lo que se quiere expresar teológicamente, se hace en forma narrativa. Cuando la tradición antigua (Yahwista) narra, en forma sencilla y metafórica el origen del hombre,  está expresándose sobre la esencia del hombre. El hombre es un ser terrestre, como indica el juego de palabras en lengua hebrea (adam = hombre, tomado de adamah = tierra), ligado íntimamente a la tierra, por razón de su cuerpo, y sin embargo, lleno de una vida que le eleva, por razón de su espíritu, sobre el resto de la creación y le asemeja a Dios.”[1]  

Aunque estamos apegados a la tierra también tenemos una vocación celeste. Somos de este mundo, pero con destino en otra patria. Y mientras estemos allá donde nos encontremos y en cualesquiera circunstancias, no tenemos excusa alguna para dar lo mejor de nosotros mismos, según la voluntad de quienes nos ha creado para ser eternos. De modo que no nos está permitido desertar.

No hay posibilidad de escapismo. Aunque la creciente presión, cada vez más invasiva, para que los cristianos, para que renuncien a su identidad y ajusten sus mentalidades y comportamientos a lo que el poder determina que es aceptable. Aunque las dificultades sean ardua y hasta el ambiente sea hostil. Por perseguidos que nos encontremos los cristianos por nuestra fe, no tenemos que alternativa que subir a Jerusalén como lo hizo Jesús por Pascua. Huir de la polis, de la sociedad, es renunciar a anunciar el Evangelio del Reino de Dios.

Retirarse a lugares remotos, a no ser que sean momentos extremos, apocalípticos, y como último recurso de subsistencia de la Iglesia de Señor, no cabe posibilidad de optar por esa vía. Con la excepción de los convocados por el Espíritu Santo por un carisma especial a formar una comunidad concreta, puntual, de compartirlo todo, comunitariamente, a semejanza de los institutos religiosos, pero en este caso familias laicas de fe profunda.

La ya famosa Opción Benedictina no la estimamos oportuna a no ser, como decimos,  para excepciones. La opción irrenunciable: el cristiano en medio el mundo. El Señor Jesús dijo: “No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno” (Jn 17, 15); aún a pesar de saber “que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn 5, 19)

Los cristianos tenemos que ser sal y luz del mundo…

 “La civilización cristiana no es un sueño que pasó a la historia, sino la solución a la crisis de un mundo en descomposición; es el reinado de Jesús y de María en las almas y en la sociedad” ( Roberto de Mattei). 

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[1] SCHNACKENBURG, R.: “Observad los signos de los tiempos”, Sal Terrae, Santander ,1977, p.28.

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