Clausura

Interesar en un monasterio de clausura es una expresión inigualable de fe y amor a Dios, casi comparable al martirio.

Aunque la gente de mundo parece no entenderlo bien, porque su mirada de poco alcance, miope, tan sólo estima y juzga las cosas de tejas para abajo. Y piensan que en lugar de estar encerradas entre cuatro paredes, “sin hacer nada”, mejor estarían activamente en medio del mundo ayudando a la gente.

Para los que comparten ese opinión, decirles:

Cuando Marta la hermana de María Magdalena trajinaba de allá para acá por la casa tratando de preparar la comida y se quejó para su hermana le echara una mano, el mismo Jesucristo dijo, “Marta, Marta, tú te preocupas y te apuras por muchas cosas, y sólo es necesaria una. María ha escogido la parte mejor, que no se le quitará”  (Lc 10,41-42). María escuchaba extasiada a Jesús. Ella contemplaba al Señor. Entre el activismo y la contemplación, ella había escogido la mejor parte. Esto es palabra de Dios.

Dicho lo cual sólo cabe decir, “amén”, así sea. No obstante, podemos añadir alguna cosa más, sobre todo para los que no asientan a esto por carecer de fe.

Interesar en un monasterio de clausura es una expresión inigualable de fe y amor a Dios, casi comparable al martirio.

Al alma contemplativa no le cabe más alternativa que la clausura. De modo que cualquier otra propuesta de vida le resulta insuficiente. Experimentan a Dios en un fuego de amor que quema y purifica el alma de todo lo que no es Dios y no viene de Dios.

Las religiosas y religiosos de clausura ganan caudales de gracias que luego aplican los hombres y mujeres de acción en sus obras cotidianas.

“No son los gobiernos, ni los genios, ni los hombres de acción los que sostienen la humanidad: son los adoradores.  (…)  El mundo entero ?dice san Juan? está en manos del Maligno.” Es una fortaleza de hielo que no quiere amar, y Dios hace de ella su sede. Busca brechas: son los adoradores… Es preciso creer en ello.”[1]

No solamente el contemplativo no se desinteresa de la acción, sino que es un amor excesivo de la acción quien lo empuja a renunciar a ella a en favor de una intensidad mayor. Santa Teresa de Lisieux es testigo de ello. Paradójicamente, ella, que nunca salió del convento y sin embargo, es la patrona de la misiones.

La contemplación no es nunca una “evasión”, al contrario, es el realismo más profundo. La única cosa importante es ser saciados por la vida divina, por un amor trinitario que sobrepasa cualquier acción humana, y sólo cabe dejarse arder por un fuego inextinguible, cuyo fruto permanece para la vida eterna. Para quien ha llegado a saborear esto, todo lo demás, huelga (para que lo entendamos en argot mundano). Es el tesoro escondido.

Decía Santo Tomás de Aquino: “Los que han sido llamados a la acción, se equivocarían si pensasen que están dispensados de la vida contemplativa”.

También existen claustros de sustitución, extramuros. Hay mucha gente que, en la vida de cada día, su realidad complicada existencia se convierte en cenobio de sustitución, de renuncias (sobrevenidas), de “silencios”, de obediencia a un deber, a un compromiso, a una realidad exigente, de pobreza, de privaciones y desasimiento, … en una clausura contemplativa. Estas benditas personas también santifican el mundo.

¡Que Dios os bendiga y la Virgen Santísima os guarde!

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

[1] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p42.