Cantos de sirena de la felicidad del deseo

Nuestra fe es ese mástil firme al que permanecer aferrados; como Ulises amarrado ante los cantos de sirena. Todo a nuestro alrededor resulta atrayente, seductor (engañador), que conduce la barca —nuestra barca— a estamparla —como a las naves atraídas por las embelesadoras naves de— a estamparla contra las rocas. Si nos dejamos llevar, a merced de los deseos, poniendo en su satisfacción la felicidad, seguro que no la obtendremos; a no ser -claro está- que nos convirtamos de seres humanos en trogloditas.

A nuestro alrededor, viendo los datos, la generalidad o totalidad es así. Nos referimos a eso que oí a mi hermana respeto a sus hijos: “yo lo que quiero es que sean felices”. Esta frase parece ser la dominante en el discurso común. ¿Qué supone eso? La frase es muy bonita, cualquiera la compraría, pero tiene consecuencias…, peligrosas, o hablando los en los mismos términos, tiene sus costes.

He leído un artículo (pueden leerlo aquí), que curiosamente habla del tema. El experto Leonard Sax, médico de familia y psicólogo, dice:

 Como padre, lucho diariamente contra la cultura del “Yo solo quiero que ella sea feliz”.

 “He sido médico en Estados Unidos desde hace más de treinta años. Hoy le oigo decir a menudo a los padres norteamericanos: “Yo solo quiero que mi hijo sea feliz”. Por desgracia, cuando dejas que los niños norteamericanos actuales hagan lo que les hace felices, lo más probable es que el resultado sea chicas adolescentes que dedican todo su tiempo a Instagram o Snapchat, y chicos adolescentes cuyos pasatiempos favoritos son los videojuegos y la pornografía.”

 No sirve de nada dejar que los niños hagan lo que deseen a no ser que antes hayas educado sus deseos. La primera tarea del padre es educar los deseos de su hijo: inculcarles el deseo de algo más elevado y mejor que los videojuegos o la pornografía o las redes sociales, ya lo encontremos en la ciencia, en la música, en el arte, en la naturaleza o en la religión

Si se deja a los hijos —aún inmaduros— que se conduzcan dejándose llevar como corchos a la deriva a merced de sus gustos o deseos, sin forzarles a que se sujetan y refrenen sus caprichos, con el pretexto de que sean felices, se les está causando el más grave perjuicio para sus vidas, y lo más contrario a eso que se pretende: su felicidad, realización plena como personas.

No se ha comprendido que los deseos, los sentimientos, el carácter… se educan, y que es fundamental esta educación, la más fundamental de las educación y que no hay que hacer dejación de ella.

Los padres, por satisfacer el deseo de sus hijos y que nos se distingan de los demás, les dejan hacer , les dejan en manos del ambiente social, de las influencias mediaticas, de las compañías, de los iguales, etc. Hacen dejación de la formación de sus hijos, dejándola a merced de otros que no son ellos.

Para aquellos padres que quiera algo verdaderamente importante para sus  hijos, como es su formación humana elevada y el logro de su vocación, debe tener presente su ineludible responsabilidad, aunque resulte antipática, y aplicar esa máxima: “el que algo quiere, algo le cuesta.”  

Esto es válido para la fe religiosa. Hoy, el abandono de la adolescencia de la vivencia religiosa es absoluta; que es consecuencia del nulo empeño de los progenitores por procurarles esa educación -formación- a sus hijos, y todo pese a que muchos de ellos la consideran como algo bueno, positivo, etc. ¿Entonces? Lo abandonan todo a la decisión de sus hijos, y claro, ya sabemos cuál es la decisión que se determina por lo más cómodo y que menos cuesta.  

La fe es un don, pero también es tarea.

 En fin, que ningún padre se puede quedar irresponsablemente a gusto diciendo —como dice mi hermana, creyente, respecto a sus hijos, ya increyentes— “lo que quiero es que sean felices”, y “que cuando sean mayores decidan por ellos mismos”. El problema es que cuando lleguen a mayores, si realmente llegan, ya será tarde…

¡Cuántos padres ignoran cuanto hemos dicho y se comportan gravemente así!

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