Anemia espiritual

Una de las cosas más sorprendentes es el hecho de pones a una persona anoréxica frente a un espejo –está extremadamente esquelética, como salida de un campo de concentración– y se ve gorda. Ante la realidad evidente, palmaria, esa persona, perturbada, ve otra cosa; se niega a aceptar cualquier otra cosa que no sea su ficción, que está sobrealimentada, cuando en realidad tiene una anemia de caballo. Por más que…, nada.

Al igual que ocurre a estas personas, existe también un trastorno en nuestra sociedad occidental, niega la evidencia de la realidad espiritual de la persona y que por lo tanto no precisa de cuidados, de una alimentación día a día para mantenerse en un estado optimo. Por más que…, nada.

Al negar a reconocer la existencia del espíritu humano, deja de preocuparse por la necesaria dieta que combata esa enfermedad de que adolece el ser humano actual y la sociedad en general. Esta enfermedad se traduce –se quiera o no reconocer–, no ya en el aumento de gente con problemas psíquicos de todo tipo que inundan las consultas de psiquiatras y psicólogos, el aislamiento de la gente y la reclusión en sus casas, el aumento de la corrupción y de los delitos…, sino en un engolfamiento de la masa en una vida nula, sin inquietudes ni preocupaciones (a no ser la de dar gusto al cuerpo), sin preguntas, pasiva, mortecina, fofa, indolente, hedonista, egocéntrica, materialista hasta la náusea, de una mediocridad pasmosa y vacua hasta decir basta, que hace el mal (o el bien) sin venir a cuento, sin una razón, caprichosamente, y que en realidad, no se entera de nada, está como ausente, sin alma,  o en una anemia espiritual que da espanto…, aunque queramos que el espejo nos diga otra cosa.

Todo esto trae nefastas consecuencias. Lo que se hace o deja de hacer produce unos resultados, por acción u omisión. Y el hecho de no reconocer la dimensión fundamental de la espiritualidad del ser humano y sólo su aspecto material, se traduce en un tipo de individuo, sin duda. Hoy día, hay una gran indisciplina de los jóvenes, muchos son haraganes y violentos, carne de gimnasio y drogas, que son rápidamente clasificados por la psiquiatría como “hiperactivos” y que son empastillados ya desde los doce años. De ese modo esquizoide, la psiquiatría se inventa un nombre para clasificar un comportamiento cuya causa es más que evidente: la “malnutrición” espiritual de la persona; “alimentado” en todo caso con sucedáneos humanistas, ecologistas, animalistas… o más recientemente con ese auténtico “matarratas” llamado ideología de género, que está volviendo al personal esquizofrénico perdido.

A lo espiritual nadie parece hacerlo caso. ¡Y es asombroso! Cuando en realidad no hay nada más importante. Este no es tema de conversación, ni aparece en los medios; no ocupa ni preocupa. Es sencillamente, una realidad que no existe.

Y así nos pasa.

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