Amor materno (I)

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«Te cubrirá con sus plumas, y hallarás un refugio bajo sus alas » (Salmo 91,4).

  

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       Un artículo en la revista National Geographic mostraba una foto impactante de las Alas de Dios. Era sobre algo que había sucedido durante un incendio en el Parque Nacional Yellowstone de los EE.UU.

 

           Después de sofocado el fuego comenzó la labor de valuación de daños, y fue entonces que al ir caminando por el parque, un guardabosques encontró una ave calcinada junto al pie de un árbol, como una estatua petrificada, en una posición extraña, pues no parecía que hubiese muerto atrapada o intentado escapar, simplemente estaba con sus alas cerradas alrededor de su cuerpo.

       Impactado, el guardabosques la golpeó suavemente con una vara, y de pronto tres diminutos polluelos emergieron vivos de debajo de las alas de su madre muerta.

           La sacrificada madre, sabiendo que sus crías no hubieran podido escapar del pavoroso fuego, no los abandonó. Desde el nido en las ramas había bajado a sus hijitos a la base a la base del árbol y los había acurrucado bajo sus alas, sabiendo instintivamente que el fuego y el humo ascenderían quemándolos o asfixiándolos.

           Se inmoló, para salvarlos. Cuando las llamas llegaron y quemaron su pequeño cuerpo ella permaneció firme. Porque había decidido morir para que aquellos que estaban bajo sus alas pudieran vivir.

  

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            Ella podía haber volado para encontrar su seguridad, pero se había negado a abandonar a sus crías.

        ¿Pueden imaginar la escena? El fuego rodeándolos, los polluelos asustados y la madre muy decidida, infundiéndole paz a sus hijos, como diciéndoles: «no teman, vengan bajo mis alas, nada les pasará».

             ¿Tienes a quién amar así? ¿Te ha amado alguien así?

           Quien encuentra un motivo por el cual vale la pena vivir, encuentra un motivo por el cual vale la pena dar la vida.

           Si tu crees que nadie te ha amado como esa madre pájaro amó a sus polluelos, creo que te equivocas, pero no conozco tu vida y no te puedo decir con certeza quién o cuándo de quienes has conocido te han querido de esa manera. Lo que sí te puedo asegurar es que Dios nos amó tanto que se dio a sí mismo para ser humillado y morir por ti.

             Lo más parecido al amor de Dios es el de una madre. Dios nos ama hasta dar la vida por nosotros. Abrió sus brazos como alas para salvarnos del fuego eterno.

  

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SALMO 91

1 Tú que vives al amparo del Altísimo

y resides a la sombra del Todopoderoso,

2 di al Señor: «Mi refugio y mi baluarte,

mi Dios, en quien confío».

3 El te librará de la red del cazador

y de la peste perniciosa;

4 te cubrirá con sus plumas,

y hallarás un refugio bajo sus alas.

5 No temerás los terrores de la noche,

ni la flecha que vuela de día,

6 ni la peste que acecha en las tinieblas,

ni la plaga que devasta a pleno sol.

7 Aunque caigan mil a tu izquierda

y diez mil a tu derecha,

tú no serás alcanzado:

su brazo es escudo y coraza.

8 Con sólo dirigir una mirada,

verás el castigo de los malos,

9 porque hiciste del Señor tu refugio

y pusiste como defensa al Altísimo.

10 No te alcanzará ningún mal,

ninguna plaga se acercará a tu carpa,

11 porque hiciste del Señor tu refugio

y pusiste como defensa al Altísimo

12 Ellos te llevarán en sus manos

para que no tropieces contra ninguna piedra;

13 caminarás sobre leones y víboras,

pisotearás cachorros de león y serpientes.

14 «El se entregó a mí,

por eso, yo lo glorificaré;

lo protegeré, porque conoce mi Nombre;

15 me invocará, y yo le responderé.

Estará con él en el peligro,

lo defenderé y lo glorificaré;

16 le haré gozar de una larga vida

y le haré ver mi salvación».

 

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