Amar al prójimo es ponerse a su servicio

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             “El más grande de vosotros sea vuestro servidor“. (Mt 23, 11)

 

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            Durante la Guerra Civil, el presidente Abraham Lincoln visitaba a menudo los hospitales para conversar con los soldados heridos. Una vez los médicos le señalaron a un joven soldado, ya próximo a la muerte, y Lincoln se acercó a su cama.

            –¿Puedo hacer algo por usted? –preguntó.

             Era obvio que el soldado no había reconocido al presidente; haciendo un esfuerzo, pudo susurrar:

              –Por favor, ¿me escribiría una carta para mi madre?

             Alguien le dio lápiz y papel; el presidente comenzó a escribir cuidadosamente lo que el joven lograba dictar:

             “Mi queridísima madre: Fui malherido mientras cumplía con mi deber. Temo que no podré recuperarme. Por favor, no te aflijas demasiado por mí.
Besa de mi parte a Mary y a John. Que Dios los bendiga, a ti y a mi padre.”

              Como el soldado estaba demasiado débil para continuar, Lincoln decidió firmar la carta por él y agregó:
“Escrita en nombre de su hijo por Abraham Lincoln.”

             El joven pidió ver la nota y quedó atónico al saber quién la había escrito.

             –¿De veras es el presidente? –preguntó.

           –Sí, lo soy –replicó Lincoln tranquilamente.  

           Luego quiso saber si había alguna otra cosa que pudiera hacer por él.

           –Por favor, ¿quiere darme la mano? –pidió el soldado–. Eso me ayudará cuando llegue el fin.

           En la silenciosa habitación, el alto y enjuto presidente tomó la mano del muchacho y pronunció unas cálidas palabra de aliento hasta que llegó la muerte.[1]

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            Debes dar tu tiempo al prójimo; aunque sea algo pequeño, haz algo por los demás, algo por lo que no obtengas más recompensa que el privilegio de hacerlo. (Albert Schweitzer).

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Sí alguno de vosotros quiere ser grande, sea siervo de todos.” (Mc 10, 40).

“Amar al prójimo” es ponerse al servicio de los demás, según la medida de lo que te gustaría que hicieran por ti. Esta medida se sabe cuando uno tiene la capacidad de trascender, de ir más allá de sí mismo, para ponerse en la piel del otro, y sentir -compasivamente- lo que le aflige. Dar este paso “pequeño” es de gigantes. La gracia divina tiene la capacidad de hacer gigantes.

“Este servicio hacia los hombres debe ser ciertamente gratuito y el que se consagra a él debe sentirse sometido a todos y servir a los hermanos como si fuera deudor de cada uno de ellos. (San Gregorio de Nisa).

El Señor nos enseñó en camino para todos los que le quieran seguir: “El Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir” (Mc 10,45).

Si Dios siendo Dios se pone al servicio de los hombres, ¡cuánto más nosotros!

 

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[1] www.renuevodeplenitud.net

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