«Vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16,22)

Esta frase de Jesús los que en el creemos la hemos de tener muy presente e incluso vivirla. Se ha de recordar habitualmente; es sumamente consoladora y nos resitúa en la verdad de una realidad fundamental: la de que Dios nos quiere, con pasión, con un amor misericordioso y desmedido, y tanto, que ha sido capaz de hacer el más grande sacrificio por salvarnos.

De modo que ante esta verdad, aquel que se diga creyente y no esté alegre -per se-, se debería penar muy seriamente si sinceramente vive su fe. Esta expresión -promesa- del mismo Señor Jesús que nos dirige a cada uno de nosotros -los suyos- tiene un efecto contundente, es como un fogonazo:  «Vuestra alegría nadie os la podrá quitar«. Da gusto oírla, repetirla; porque produce el efecto que comunica, lleva gracia imantada.

 

Palabra sobre la alegría cristiana del papa Francisco[i]:

«Este fue el primero de los signos de Jesús, y lo hizo en la ciudad de Caná de Galilea» (Jn 2,11). La aparición pública de Jesús: nada más y nada menos que en una fiesta. No podría ser de otra forma, ya que el Evangelio es una constante invitación a la alegría. Desde el inicio, el Ángel le dice a María: «Alégrate» (Lc 1,28). Alégrense, le dijo a los pastores; alégrate, le dijo a Isabel, mujer anciana y estéril…; alégrate, le hizo sentir Jesús al ladrón, porque hoy estarás conmigo en el paraíso (cf. Lc 23,43).

El mensaje del Evangelio es fuente de gozo: «Les he dicho estas cosas para que mi alegría esté en ustedes, y esa alegría sea plena» (Jn 15,11). Una alegría que se contagia de generación en generación y de la cual somos herederos. Porque somos cristianos.

De modo que se hace imposible aquella acusación de Nietzsche que decía no ver a los cristianos con «cara de redimidos”.

En cambio, un agnóstico profesor universitario en una ocasión manifestó: «A veces me entran dudas si no será verdad que Dios existe; es en esos momentos en que veo alegres a los estudiantes creyentes como a ningunos otros«.

Se cuenta de Santa Teres de Jesús[ii]:

*****

         Llegó a oído de santa Teresa que la priora de un convento había prohibido a las monjas alegrar a las demás en recreación contando alguna gracia o chiste, para que no les tentara la vanidad.

           Lo cual sorprendió la santa de tan peregrina idea, dicen que dijo:

          —¡Dios mío, adónde hemos llegado! ¿Es que no basta ser tontos por naturaleza, que hay que intentar serlo también por gracia?

        …..          

           Santidad y alegría son correlativas. Todo santo es alegre. Y si no, «libremos Dios de los santos encapotados».

*****

 

Creer es una gran fortuna; el tesoro más valioso. Y saberlo produce contento. Los que tenemos fe nos sabemos agraciados por la presencia del amor de Dios, de la que nadie -ningún demonio- nos podrá apartar, si nosotros no lo queremos. Podemos estar seguro de ello; pues Dios es fiel, nos ama locamente, sin reparar en si le hacemos algún feo; Él, su amor misericordioso persistente, siempre estará con nosotros, sus hijos que confían en Él. Nadie nos podrá arrebatar el cariño de Dios; cariño -que como dice Jesús- produce una alegría que no nos será quitada.  Los avatares adversos y las contrariedades de la vida se convierten, hasta las más duras -como la muerte o enfermedad- se sobrellevan mejor desde la fe, que los resitúa perdiendo su absoluted ante una realidad mayor.

«Alegraos en el Señor siempre; lo repito, alegraos. Que vuestra benignidad sea notoria a todos los hombres. El Señor está cerca. No os inquietéis por cosa alguna« (Fil 4,4-6).

La alegría del creyente es una alegría sobrenatural, que posee la virtualidad de extender una sonrisa misteriosa sobre la superficie de la vida.

La alegría de vivir supone que hemos nacido de y para la Vida que es Cristo. Hemos nacido de donde brota la vida eterna: la intimidad de la Trinidad.

Quien no cree, jamás lo entenderá.

«¡Dichosa tú, que has creído!» (Lc 1,45).

 

………………………………………

[i] Homilía del Santo Padre en la Misa en el Campus Lobito en Iquique (Chile), 18-1-2018.

[ii] RUIZ, A.: «Anécdotas teresianas», Ed. Monte Carmelo, Burgos 1982, pp.220 y 9.

ACTUALIDAD CATÓLICA


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.