Verse a solas con Dios

Cada uno en la vida tiene que llegar a un momento en que se las tenga a ver a solas con Dios, cara a cara, a quema ropa, intima y personal. Decidirse ante Él qué camino tomar. La omisión también compromete, pues transitar un camino en la vida es cuanto se hace en ella.

Es una experiencia ineludible. No caben excusas. Lo peor es pasar por ella sin advertirlo: aturdidos por una existencia mediocre, distraídos (=no traídos, a sí mismos) en un frenesís en el que el verdadero yo está ausente, en un vivir anónimo, sin asumir el peso de la propia existencia… Pero aún así, llegado un momento, a la vuelta de una curva de la vida —una crisis, la muerte de un ser querido, la enfermedad, un desengaño profundo, una culpa por pecado tremendo que reclama arrepentimiento, la vejez y el barrunto de la propia muerte, etc.—

Dios está a la espera. El está a la puerta (y llama) y espera a que se le abra:Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él  y él conmigo” (Ap 3,20).

 Ahora bien, no esperemos que Dios vaya y derribe la puerta, no. Él es demasiado respetuoso con la libertad que nos ha dado, con la condición que nos ha creado, con la dignidad que constituye nuestro ser. En esto hay, claro, un componente de riesgo: el que Dios deja en nuestras manos el que nos la juguemos. El riesgo es el precio de la libertad y de la grandeza de la dignidad. El respeto de Dios por la libertad en que nos ha dignificado al crearnos como personas semejante a Él, se convierte en una responsabilidad decisiva para nosotros en nombre justo de esa libertad; la grandeza que nos ha otorgado, se puede convertir en causa de perdición por nuestra parte. 

A veces no queda más que llorar (rezar y rezar, clamando…), esperando que Dios se apiade de nuestra torpeza, porque se lo hemos pedido desde lo profundis y con insistencia a su Misericordia, y abra la puerta que nosotros somos incapaces de abrir por nuestra cuenta, aunque lo quisiéramos, pues nuestra existencia en sombras, por el pecado, la torpeza y la indigencia o propia contingencia de nuestra naturaleza caída… lo imposibilita. Pero hay que ponerse de rodillas y entregar la llave de nuestra libertad en sus manos, para que El de el paso y entre… y así encontrarnos con Él a solas.

A veces sucede que sin que nosotros colaboremos en ello y sin que Dios encuentre la suficiente generosidad por nuestra parte, ante la evidencia de nuestra perdición, El —de manera inopinada, no debida— lo haga todo. Pero será una gracia excepcional que alguien: una madre, un ser querido, un alma en el cielo, o uno de tantos como oran (como —por ejemplo— en un convento, de esos que los ateos dicen que no sirven para nada), pidiendo por aquellos que lo necesitan, que están en una situación de perdición moral y humana, de sombra de muerte.

Todo esto es gracia. Y sólo nuestra disponibilidad —y hasta ésta lo es— la alcanza, o, por mejor decir, la recibe.

Y lo que espera es lo que Dios ha querido para todos y cada uno de nosotros: sentarnos a su mesa, entrar en comunión de vida con Él, ahora y para siempre. 

 

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