Verse a solas con Dios

Cada uno en la vida tiene que llegar a un momento en que se las tenga a ver a solas con Dios, cara a cara, a quema ropa. Decidirse ante Él qué camino tomar. La omisión también compromete, pues transitar un camino en la vida es cuanto se hace en ella.

Es una experiencia ineludible. No caben excusas. Lo peor es pasar por ella sin advertirlo; distraido (=no traerse, uno a sí mismo), sin asumir el peso de la propia existencia..

Dios está a la espera. El está a la puerta (y llama) y espera a que se le abra. “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él  y él conmigo” (Ap 3,20).

 Ahora bien, no esperemos que Dios vaya y derribe la puerta, no. Él es demasiado respetuoso con la libertad que nos ha dado, con la condición que nos ha creado, con la dignidad de nos constituye. En esto hay, claro, un componente de riesgo: el que Dios deja en nuestras manos el que nos la juguemos. El respeto de Dios por la libertad en que nos ha dignificado al crearnos como personas semejante a Él, se convierte en una responsabilidad decisiva para nosotros en nombre justo de esa libertad; la grandeza que nos ha otorgado, se puede convertir en causa de perdición por nuestra parte. 

A veces no queda más que rezar y rezar, esperando que Dios se apiade de nuestra torpeza; que nuestra actitud insistente de apelación a su Misericordia, abra la puerta que nosotros somos incapaces de abrir por nuestra cuenta, porque sin de todo advertirlo le volvemos la espalda y a veces porque aunque lo quisiéramos somos incapaces con nuestras propias fuerzas debilitadas. Pero hay que ponerse de rodillas y entregar la llave de nuestra libertad en sus manos, para que El de el paso y entre… y así encontrarnos con Él a solas.

A veces sucede que sin que nosotros colaboremos en ello y sin que Dios encuentra la suficiente generosidad por nuestra parte, El -de manera inopinada, no debida- haga todo. Pero será una gracia excepcional que alguien: una madre, un ser querido, un alma en el cielo, o uno de tantos como oran (de los que se cree el mundo ateo que inútilmente en un convento, por ejemplo) rezan por aquellos que están como tú y que no necesitan.

Todo esto es gracia. Y sólo nuestra disponibilidad -y hasta ésta también lo es- la alcanza.

Y lo que espera es lo que Dios ha querido para todos y cada uno de nosotros: sentarnos a su mesa, entrar en comunión de vida con Él. 

 

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