Un Dios «débil»

Muchos ateos dicen, como un reproche que les justifique, que «carece de importancia el que Dios exista, pues no sirve para nada.» A simple vista y en el orden estrictamente mundano, parece que tienen razón. Da la impresión de que nuestro Dios, es un Dios «in-util». Sus actuaciones o hechos no son demostrables, no se ven, excepto algunos -muy puntuales- signos o milagros.

Las acciones de Dios son invisibles, y si está presente, está como ausente, y nosotros hemos de vivir sin servirnos de él. Es un Dios del que estamos «dejados de su mano», abandonados:  «Y a la hora nona, Jesús clamó con voz potente: Eloí Eloí, lemá sabaqtaní (que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)» (Mc 15,34).

El Dios que se manifestó en el Calvario es un Dios «in-útil». Pero, sin embargo, Jesús afirmó tajantemente: «Sin mí nada podéis hacer» (Jn 15,5).

Esta es una reflexión de Dietrich Bonhöeffer[1]:

«Ante Dios y con Dios vivimos sin Dios, Dios clavado en la cruz, permite que lo echen del mundo. Dios es impotente y débil en el mundo, y precisamente sólo así está Dios con nosotros y nos ayuda. Mt 8,17 indica claramente que Cristo no nos ayuda por su omnipotencia, sino por su debilidad y por su sufrimientos.

Esta es la diferencia decisiva con respecto a todas las demás religiones. La religiosidad humana remite al hombre, en su necesidad, al poder de Dios en el mundo: así Dios es el «deus ex machina». Pero la Biblia lo remite a la debilidad y al sufrimiento de Dios; sólo el Dios sufriente puede ayudarnos«.

Dios es Amor. El amor se manifiesta su potencia en la capacidad de sacrificio, hasta donde es capaz de llegar a dar de si: en la muerte lo da todo, la vida; no hay nada mayor que dar.

Dios es Creador. Él mismo, en la decisión de crear el mundo, se autosomete al orden de lo que va a crear. Las coordenadas, las leyes, lo natural, la autonomía que él ha propiciado y la libertad otorgada, a Él también le obliga. Cuando está con los hombres, el respeta lo que hay, las «reglas de juego».

Dios es Providente, cuida y anima la vida, especialmente la del ser humano. Dios interviene en la vida de las personas, de personas libres, para que lo sigan siendo. Dios actúa interiormente, místicamente, aportando su gracia… De tal forma que dice Jesús: «Te basta mi gracia» (2 Cor 12,9).

Decía san Ignacio de Loyola: «Actuar como si todo dependiera del hombre, confiar como si todo dependiera de Dios.» O santa Teresa de Liesieux: «Todos es gracia»; aunque no lo parezca. Todo lo hace Dios y a la vez todo lo hace el hombre. Pues el Espiritu Santo actúa desde dentro de nosotros, para que nos decidamos y darnos la fuerza por el bien y el amor. «Nadie es débil en él» (Is 5,27).

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[1] «Resistencia y sumisión», Sígueme, Salamanca, 1983, pp.252-3.

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