Creer en Dios parece no ser necesario para hacer el bien. Es constatable que hay gente que es buena siendo atea o agnóstica.
En los Evangelios Jesús muchas veces alabó a su Padre dando gracias por la fe de los suyos y proclamando su bienaventuranza. Pero también hay una mención para aquellos -entre los cabría incluir a los no creyentes aún- que son hombres de «buena voluntad«: (Lc 2,14).
Lo que nos asemeja principalmente a Cristo, a Dios, no es la fe, sino el amor y el bien. De modo que no es estrictamente que sea la creencia en sí la que posibilita la acción bondadosa, sino la caridad; es decir, el dinamismo del amor. Estar bajo el devenir o influjo de ese dinamismo no es otra cosa que exponerse a merced de la voluntad divina, aunque se ignore. O lo que es lo mismo: pertenecer al Reino de Dios, a su reinado o voluntad que ama y hace el bien, porque Dios es Amor, y en El tiene el origen del mismo y se propaga en aquellos que llevan su sello, el sello de su imagen y semejanza. De lo que cabe colegir que aunque se niegue -consciente o inconscientemente- a Dios con la boca, no se le niega con el corazón.
Ahora bien, hay que puntualizar alguna cosa: que el que creer explícitamente, con la mente y el corazón, gana en plenitud, intencionalidad, intensidad y radicalidad.
En su amor, éste agrada más a Dios. Explicita con todo su ser el amor a Dios, haciendo consciente su voluntad amorosa.
Las posibilidades generativa y de persistencia del amor de éste, por fidelidad a Dios causante del amor, son mayor, que aquel que ignora a Dios. Lo mismo cabe decir, de la radicalidad del amor, de su capacidad de sacrificio, de entrega y generosidad, hasta el grado de heroísmo, si cabe; es decir, de perfección y santidad.
La Gracia -o sea, la presencia de Dios actuante- está en el hombre desde su ser, como Gracia increada. Además, el que cree y recibe los sacramentos (bautizo, confirmación, comunión, confesión…) y vive según Dios, recibe la Gracia creada, o sea, santificante. Dios incrementa su vitalidad santificadora en el creyente, en un continuo asemejarle a Él, el ser imagen suya original: cuyas esencias fundamentales son el amor misericordioso y la bondad suprema.
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