La humildad nos hace libres

«Eso es ser verdaderamente libre, no dejarse esclavizar por el apego natural a las cosas gratas” (M. García Morente)[1].

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             Diógenes que amaba con celo su independencia personal, no quería saber nada de las comodidades ni de las vanidades de este mundo.

           Cierto día, un filósofo cortesano, que vivía de maravilla a base de halagar los oídos del rey Dionisio, pasó junto a la cuba en que Diógenes vivía, y viéndole cómo se preparaba unas hierbas y unas pocas lentejas para la comida, le dijo:

        —Diógenes, si fueras sumiso y adularas a nuestro rey Dionisio, no comerías esa porquería.

           El sabio y humilde filósofo le replicó, mansa pero contundentemente:

           —Y si tu te conformaras con algo así como estas hierbas y este puñado de lentejas, no adularías tan servilmente al rey.

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        «No hay nada que dé tanta libertad de palabra, nada que tanto ánimo infunda en los peligros, nada que haga a los hombres tan fuertes como el no poseer nada, el no llevar nada pegado a sí mismo. De suerte que quien quiera tener gran fuerza, abrace la pobreza, desprecie la vida presente, piense que la muerte no es nada”[2].

       En la humildad se hace presente la gracia; en natural sencillez y pequeñez, la sobrenaturalidad.

         «Siendo pobre y sin honores ni preeminencias, serás humilde. Cuando seas humilde estarás entrenado en el supremo grado de la perfección cristiana”[3].

         Se elige lo contrario de aquello a que se renuncia. Jesucristo es la pobreza encarnada, se hizo pobre, siendo rico (2 Cor 8,9). Si tu eliges la riqueza…

         Esa actitud vital sencillez y humildad, que supone la independencia que da la renuncia y  la pobreza, requiere liberarnos de todo aquello que se adhiere a nuestro ser consciente o inconscientemente. Es obligado al cristiano salir de esa tela de araña de adherencia a las cosas, que amarran focalizando el pensamiento y la voluntad.

         El cristiano ha de llegar al desapego que proporciona la libertad del que nada tiene que perder. Jesús se caracterizó por una insobornable libertad; se mantuvo libre frente a cualquier preocupación posesiva: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo,… (Mt 6,25-33); también frente a la ambición de honores y poder (Jn 6,15).

         La humildad nos hace libres «de»… «para»…; de tantas cosas que esclavizan e impiden el desasimiento necesario para verdaderamente ser. Todo apego es orgullo impide «caminar humildemente con tu Dios» (Miq 6,8b).

         «Dios me permite existir fuera de él. Soy yo quien ha de rechazar esa autorización.

           La humildad es la negativa a existir fuera de Dios. La reina de las virtudes.

          La humildad consiste en saber que en lo que se denomina “yo” no hay ninguna fuente de energía que permita elevarse» [4]

        «Mientras estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la humildad«, decía Santa Teresa de Jesús[5].

         Tan es así de su importancia que Dios mismo se abajo hasta despojarse de su grandeza divina y hacer frágil ser humano, y de estos, el más frágil y expuesto, sin nada, desnudo nació en un establo y reclinado en un pesebre, y desnudo murió, crucificado en una cruz. Su ejemplo nos es camino, verdad y vida.

 

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[1] MG, p.53.

[2] SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía II sobre Priscila y Aquila, 4; PG 51, 203.

[3] MG, pp.104-105.

[4] WEIL, S., La gravedad y la gracia, Trotta, Madrid, 1994, pp.87 y 79.

[5] Moradas Primeras, cap. II

 

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