Tabor, la transfiguración. Segundo domingo de Cuaresma

Hoy, 1 de marzo, es el segundo domingo de Cuaresma, en el que se lee el texto del evangelio (Mt 17,1-9) que trata sobre la transfiguración del Señor en el monte Tabor.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):

En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»


Somos ya transfigurados, santificados, «divinizados», por la gracia de Dios que opera en nosotros, los bautizados. El proceso ya se ha originado aunque todavía no culminado (beatificado).

Nosotros los bautizados somos los responsables de las transfiguraciones. No es Dios el que nos las niega, sino nosotros los que no nos prestamos a ellas.

Un cristiano que transfigure su imagen según la Imagen, Cristo, ha de irradiar los frutos de su Espíritu: amistad, paz, alegría, disponibilidad, fraternidad, bondad, gratuidad…

De quien dice ser cristiano necesariamente tiene que emanar una luz especial. Luz mística que, por otra parte, no todos captan: un corazón endurecido, superficial, en pecado o no gracia…, es incapaz de apreciarla. Quien es inocente, sencillo, sensible, quien tiene su interior lo suficientemente puro…, detecta no necesariamente en el consciente la iluminación transfigurativa de ciertas personas invadidas por lo divino.      

Si el hombre de fe -habitado por el Espíritu Santo- representa un cierto grado de misterio por la bondad de su talante para los demás, entonces la luz de Dios está próxima, como la aurora, a iluminar los corazones presentes.

El ejercicio de la bondad propicia una personalidad amable y tierna. Del hondón de este alma surge suave pero nítido el resplandor de su belleza, de su paz, de su dicha…, que se trasluce en su persona. Posee un «aura» propia, que lo imanta todo, su mundo se torna de alguna forma ininteligible bondadoso. Esa luz llegará a todo y a todos. 

Hay gente a cuyo lado todos se sienten bien. Un cristiano, que sea capaz de decir «ya no soy yo sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20) tiene que producir esa sensación que producía Cristo al que se le aproxima, sobre todo con fe, con confianza, porque salía de él una virtud que curaba a todos (Lc 8,46).

Hay personas que transmiten buenas sensaciones, con las que uno contacta fácilmente, que da gusto estar con ellos, irradian paz, calidez, suavidad, dulzura… Rostros de una serena alegría que iluminan otros rostros, que contagian su amabilidad, su bondad, la santidad; un no sé qué cargado de afecto y amor, atmósfera cálida y envolvente. Dan testimonio de la presencia mística de la gracia del Espíritu de Cristo, que les habita.        

Si el Espíritu de Cristo glorioso está presente en nosotros, templos, entonces hemos de ser transparentes a El y ser signos del El en medio del mundo. El cristiano allí donde esté es un signo de paz, de serenidad, de armonía, de comunión…, gozo interior que sólo pueden provenir de una vida sustentada en el amor que comunica Cristo al entrar en íntima comunión con su Espíritu. Cuando hacemos sonreír de corazón a alguien; cuanto un rostro oscuro, apagado, lo iluminamos transformándolo en un semblante amable; cuando acogemos a alguien que se encuentra solo; cuando nos mostramos abiertos, confiados, haciendo nacer la confianza en alguien; cuando tratamos con respeto y cariño a alguien humillado; cuando a nuestro lado expandimos un clima de «buenas vibraciones», de afecto, de amor, de benevolencia, de mansedumbre, de misericordia, de justicia, de buena voluntad, de alegría…, estamos transfigurando el mundo, encarnando el Reino de Dios, según es espíritu de las Bienaventuranzas.

Los creyentes, coherentes con nuestra fe, hemos de irradiar con humildad y naturalidad un algo de divino, un misterio de gracia…  Somos portadores del glorioso Reino de Dios. 

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Palabras del papa León XIV

(Ángelus , 1 de marzo d 2026)

El Evangelio de la liturgia de hoy compone para todos nosotros un icono lleno de luz, narrando la Transfiguración del Señor (cf. Mt 17,1-9). Para representarlo, el evangelista sumerge su pluma en la memoria de los apóstoles, pintando a Cristo entre Moisés y Elías. El Verbo hecho hombre se encuentra entre la Ley y la Profecía; él es la Sabiduría viviente, que lleva a cumplimiento cada palabra divina. Todo lo que Dios ha mandado e inspirado a los hombres encuentra en Jesús su manifestación plena y definitiva.

Como en el día del bautismo en el Jordán, también hoy escuchamos la voz del Padre en el monte, que proclama: «Este es mi Hijo muy querido», mientras el Espíritu Santo cubre a Jesús con una «nube luminosa» (Mt 17,5). Con esta expresión, realmente singular, el Evangelio describe el estilo de la revelación de Dios. El Señor, cuando se manifiesta, nos revela su magnificencia; frente a Jesús, cuyo rostro brilla «como el sol» y cuyas vestiduras se vuelven «blancas como la luz» (cf. v. 2), los discípulos admiran el esplendor humano de Dios. Pedro, Santiago y Juan contemplan una gloria humilde, que no se exhibe como un espectáculo para las multitudes, sino como una confidencia solemne.

La Transfiguración anticipa la luz de la Pascua, acontecimiento de muerte y de resurrección, de tinieblas y de luz nueva que Cristo irradia sobre todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria. En efecto, mientras el mal reduce nuestra carne a una mercancía o a una masa anónima, precisamente esta misma carne resplandece con la gloria de Dios. El Redentor transfigura así las llagas de la historia, iluminando nuestra mente y nuestro corazón. ¡Su revelación es una sorpresa de salvación! ¿Aún nos atrae? El verdadero rostro de Dios, ¿encuentra en nosotros una mirada de admiración y de amor?

El Padre responde a la desesperación del ateísmo con el don del Hijo Salvador; el Espíritu Santo nos rescata de la soledad agnóstica ofreciéndonos una comunión eterna de vida y de gracia; frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura. Esto es lo que los discípulos habían visto en el fulgor de Cristo, pero para comprenderlo se necesita tiempo (cf. Mt 17,9). Tiempo de silencio para escuchar la Palabra, tiempo de conversión para gustar de la compañía del Señor.

Mientras experimentamos todo esto durante la Cuaresma, pidamos a María, Maestra de oración y Estrella de la mañana, que custodie nuestros pasos en la fe.

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(Homilía. 1 de marzo de 2026)

Los discípulos de Jesús afrontaron un viaje que los llevaría a Jerusalén (cf. Lucas 9,51). Allí, en la Ciudad Santa, el Maestro cumpliría su misión, entregando su vida en la cruz y convirtiéndose en bendición para todos por siempre. Sabemos cuánta resistencia opusieron Pedro y todos los demás al seguirlo. Pero tuvieron que comprender que solo se puede ser bendición superando el instinto de defensa y abrazando lo que Jesús confía en el gesto eucarístico: la voluntad de ofrecer el propio cuerpo como pan para ser comido, de vivir y morir para dar vida. Hoy es domingo, queridos hermanos y hermanas: es la pausa en el camino que nos reúne en torno a Jesús. Jesús nos anima a no detenernos ni a cambiar de rumbo. ¡No hay promesa más grande, ni tesoro más preciado que vivir para dar vida!

Poco antes del día de la Transfiguración, Jesús les había confiado a sus discípulos la culminación de su camino: su pasión, muerte y resurrección. Recordarán la oposición de Pedro y la reacción de Jesús, diciéndole: «Eres un escándalo para mí, porque no estás del lado de Dios, sino del de los hombres» ( Mt 16,23). Y ahora, seis días después, Jesús les pide a Pedro, Santiago y Juan que lo acompañen a la montaña. Esas palabras, tan difíciles de oír, aún resuenan en sus oídos; aún tienen en la mente la imagen inaceptable del Mesías condenado a muerte.

Es esta oscuridad interior de los discípulos la que Jesús rompe cuando, en la cima de la montaña, se les aparece transfigurado en una luz deslumbrante e inimaginable. Y en esta gloriosa visión, Moisés y Elías también aparecen a su lado, testigos de que en Jesús se cumplen todas las Escrituras (cf. Mt 17,2-3).

Una vez más, Pedro se convierte en el portavoz de nuestro viejo mundo y su desesperada necesidad de detener las cosas, de controlarlas. Es un poco como cuando no queremos que termine el sueño en el que nos refugiamos. Pero aquí no es un sueño, sino un nuevo mundo al que entramos: el destino de nuestro viaje, un destino lleno de luz y moldeado por las dimensiones humanas y divinas de Jesús. Al acampar, Pedro quiere detener este viaje, que en su lugar debe continuar hacia Jerusalén (véase v. 4).

La voz que sale de la nube es la del Padre, y parece una súplica: «Este es mi Hijo amado; escúchenlo» (v. 5). Esa voz resuena hoy para nosotros: «¡Escuchen a Jesús!». Y yo, queridos, entre ustedes, quiero hacerme eco de esa llamada y decirles: Les ruego, hermanas y hermanos, ¡escuchémoslo! Él camina con nosotros, incluso hoy, para enseñarnos en esta ciudad la lógica del amor incondicional, de abandonar toda defensa que se convierta en ofensa. Escuchémoslo, entremos en su luz para convertirnos en la luz del mundo, empezando por el barrio donde vivimos. Toda la vida de la parroquia y sus grupos existe para esto: es un servicio a la luz, un servicio a la alegría.

Tras la Transfiguración en la montaña, el camino de Jesús no se detiene (cf. v. 9). Y la Iglesia, e incluso su parroquia, recibe una misión de este Evangelio. Ante los numerosos y complejos problemas de esta zona, que se ciernen sobre sus días aquí, se les confía la pedagogía de la mirada de fe, que lo transfigura todo con esperanza, desatando la pasión, el compartir y la creatividad como sanación para las numerosas heridas de este barrio.

Me alegra mucho saber que esta comunidad parroquial es vibrante y llena de vida, y que, a pesar de los graves desafíos que enfrenta la zona, da testimonio valiente del Evangelio. Bajo el lema «Construyamos Comunidad», esta parroquia ha emprendido un camino para fortalecer el sentido de pertenencia y acoger a todos, verdaderamente a todos, con los brazos abiertos. Me complace y los animo a continuar este camino de apertura a la comunidad local y sanar sus heridas. Y espero que otros se unan a ustedes para ser aquí en Quarticciolo un fermento de bondad y justicia.

El compromiso de ustedes, jóvenes, también merece aliento. El programa «Magis», que me presentaron hace unos minutos y que se ofrece aquí desde hace varios años, se refiere al «más» del que habla San Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales. Es un incentivo para que los adolescentes superen la mediocridad eligiendo una vida valiente, auténtica y buena, que encuentra en Jesucristo su «Magis» por excelencia.

Queridos hermanos y hermanas, ustedes son un signo de esperanza. La luz de la Transfiguración ya está presente en esta comunidad, porque el Señor está obrando aquí y porque muchos de ustedes creen en su poder tierno que todo lo transforma. Cuando nos damos cuenta de que muchas cosas a nuestro alrededor no funcionan, a veces nos preguntamos: ¿tiene algún sentido lo que hacemos? La tentación del desánimo se cuela, con pérdida de motivación e impulso. En cambio, es precisamente ante el misterio del mal que debemos dar testimonio de nuestra identidad como cristianos, como personas que desean hacer perceptible el Reino de Dios en los lugares y tiempos en que viven. Este es mi deseo para todos ustedes, para esta comunidad parroquial y para los muchos hermanos y hermanas que aún no han reconocido en Jesús la verdadera luz y la verdadera alegría.

Ante todo lo que desfigura a la humanidad y la vida, seguimos proclamando y dando testimonio del Evangelio, que transfigura y da vida. Que la Santísima Virgen, Madre de la Iglesia, nos acompañe siempre e interceda por nosotros.

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Palabras del papa Francisco

(Ángelus del 13 de marzo de 2022)

El Evangelio de la Liturgia de este segundo domingo de Cuaresma narra la Transfiguración de Jesús (cf. Lc 9, 28-36). Mientras rezaba en un monte alto, Jesús cambia de aspecto, sus vestidos se vuelven blancos y resplandecientes, y en la luz de su gloria aparecen Moisés y Elías, hablando con Él de la Pascua que le espera en Jerusalén, es decir, de su pasión, muerte y resurrección.

Testigos de este extraordinario acontecimiento son los apóstoles Pedro, Juan y Santiago, que han subido al monte con Jesús. Nos los imaginamos con los ojos bien abiertos ante aquel espectáculo único. Y ciertamente habrá sido así. Pero el evangelista Lucas señala que «Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño» y que «despertándose vieron la gloria de Jesús» (cf. v. 32). El sueño de los tres discípulos parece como una nota discordante. Más tarde, estos mismos apóstoles se dormirán en Getsemaní, durante la oración angustiosa de Jesús, que les había pedido que velaran (cf. Mc 14, 37-41). Causa asombro esta somnolencia en momentos tan importantes.

Pero leyendo con atención, vemos que Pedro, Juan y Santiago se adormecen antes de que comience la Transfiguración, es decir, justo cuando Jesús está en oración. Sucederá lo mismo en Getsemaní. Evidentemente era una oración que se prolongaba, en silencio y recogimiento. Podemos pensar que al principio ellos también estaban rezando, hasta que prevaleció el cansancio, el sueño.

Hermanos, hermanas, ¿acaso no se parece este sueño fuera de lugar al sueño que nos entra en momentos que sabemos importantes? Tal vez por la tarde, cuando nos gustaría rezar, pasar un rato con Jesús después de un día de mil carreras y compromisos. O cuando es el momento de intercambiar unas palabras con la familia y ya no tienes fuerzas. Nos gustaría estar más despiertos, atentos, implicados, para no perder ocasiones únicas, pero no podemos, o lo hacemos de cualquier manera y poco.

El tiempo fuerte de la Cuaresma es una oportunidad en este sentido. Es un período en el que Dios quiere despertarnos del letargo interior, de esta somnolencia que no deja que el Espíritu se exprese. Porque —no lo olvidemos nunca— mantener el corazón despierto no depende solo de nosotros: es una gracia, y hay que pedirla. Los tres discípulos del Evangelio así lo demuestran: eran buenos, habían seguido a Jesús al monte, pero solo con sus fuerzas no conseguían mantenerse despiertos. Nos sucede también a nosotros. Pero se despiertan justo durante la Transfiguración. Podemos pensar que fue la luz de Jesús la que los despertó. Como ellos, también nosotros necesitamos la luz de Dios, que nos hace ver las cosas de otra manera; nos atrae, nos despierta, reaviva el deseo y la fuerza de rezar, de mirar dentro de nosotros y dedicar tiempo a los demás. Podemos vencer la fatiga del cuerpo con la fuerza del Espíritu de Dios. Y cuando no podamos superar esto, debemos decirle al Espíritu Santo: “Ayúdanos. Ven, ven Espíritu Santo. Ayúdame: quiero encontrar a Jesús, quiero estar atento, despierto”. Pedirle al Espíritu Santo que nos saque de esta somnolencia que nos impide rezar.

En este tiempo de Cuaresma, después de las fatigas de cada día, nos hará bien no apagar la luz de la habitación sin antes ponernos bajo la luz de Dios. Rezar un poco antes de dormir. Démosle al Señor la oportunidad de sorprendernos y despertar nuestro corazón. Esto lo podemos hacer, por ejemplo, abriendo el Evangelio y dejándonos asombrar por la Palabra de Dios, porque la Escritura ilumina nuestros pasos e inflama nuestro corazón. O podemos mirar el Crucifijo y maravillarnos ante el amor loco de Dios, que nunca se cansa de nosotros y tiene el poder de transfigurar nuestros días, de darles un nuevo sentido, una luz diferente, una luz inesperada.

Que la Virgen María nos ayude a mantener nuestro corazón despierto para acoger este tiempo de gracia que Dios nos ofrece.

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(Ángelus del 28 de febrero de 2021)

Este segundo domingo de Cuaresma nos invita a contemplar la transfiguración de Jesús en el monte, ante tres discípulos (cf. Mc 9,2-10). Poco antes, Jesús había anunciado que, en Jerusalén, sufriría mucho, sería rechazado y condenado a muerte. Podemos imaginar lo que debió ocurrir en el corazón de sus amigos, de sus amigos íntimos, sus discípulos: la imagen de un Mesías fuerte y triunfante entra en crisis, sus sueños se hacen añicos, y la angustia los asalta al pensar que el Maestro en el que habían creído sería ejecutado como el peor de los malhechores. Y precisamente en ese momento, con esa angustia del alma, Jesús llama a Pedro, Santiago y Juan y los lleva consigo a la montaña.

Dice el Evangelio: «Los llevó a un monte» (v. 2). En la Biblia el monte siempre tiene un significado especial: es el lugar elevado, donde el cielo y la tierra se tocan, donde Moisés y los profetas vivieron la extraordinaria experiencia del encuentro con Dios. Subir al monte es acercarse un poco a Dios. Jesús sube con los tres discípulos y se detienen en la cima del monte. Aquí, Él se transfigura ante ellos. Su rostro radiante y sus vestidos resplandecientes, que anticipan la imagen de Resucitado, ofrecen a estos hombres asustados la luz, la luz de la esperanza, la luz para atravesar las tinieblas: la muerte no será el fin de todo, porque se abrirá a la gloria de la Resurrección. Jesús, pues, anuncia su muerte, los lleva al monte y les muestra lo que sucederá después, la Resurrección.

Como exclamó el apóstol Pedro (cf. v. 5), es bueno estar con el Señor en el monte, vivir esta «anticipación» de luz en el corazón de la Cuaresma. Es una invitación para recordarnos, especialmente cuando atravesamos una prueba difícil —y muchos de vosotros sabéis lo que es pasar por una prueba difícil—, que el Señor ha resucitado y no permite que la oscuridad tenga la última palabra.

A veces pasamos por momentos de oscuridad en nuestra vida personal, familiar o social, y tememos que no haya salida. Nos sentimos asustados ante grandes enigmas como la enfermedad, el dolor inocente o el misterio de la muerte. En el mismo camino de la fe, a menudo tropezamos cuando nos encontramos con el escándalo de la cruz y las exigencias del Evangelio, que nos pide que gastemos nuestra vida en el servicio y la perdamos en el amor, en lugar de conservarla para nosotros y defenderla. Necesitamos, entonces, otra mirada, una luz que ilumine en profundidad el misterio de la vida y nos ayude a ir más allá de nuestros esquemas y más allá de los criterios de este mundo. También nosotros estamos llamados a subir al monte, a contemplar la belleza del Resucitado que enciende destellos de luz en cada fragmento de nuestra vida y nos ayuda a interpretar la historia a partir de la victoria pascual.

Pero tengamos cuidado: ese sentimiento de Pedro de que “es bueno estarnos aquí” no debe convertirse en pereza espiritual. No podemos quedarnos en el monte y disfrutar solos de la dicha de este encuentro. Jesús mismo nos devuelve al valle, entre nuestros hermanos y a nuestra vida cotidiana. Debemos guardarnos de la pereza espiritual: estamos bien, con nuestras oraciones y liturgias, y esto nos basta. ¡No! Subir al monte no es olvidar la realidad; rezar nunca es escapar de las dificultades de la vida; la luz de la fe no es para una bella emoción espiritual. No, este no es el mensaje de Jesús. Estamos llamados a vivir el encuentro con Cristo para que, iluminados por su luz, podamos llevarla y hacerla brillar en todas partes. Encender pequeñas luces en el corazón de las personas; ser pequeñas lámparas del Evangelio que lleven un poco de amor y esperanza: ésta es la misión del cristiano.

Recemos a María Santísima para que nos ayude a acoger con asombro la luz de Cristo, a guardarla y a compartirla.

  

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Catena Aurea

Remigio

Seis días después el Señor realizó, en la transfiguración sobre la montaña, la promesa que había hecho a los discípulos de su aparición gloriosa. Por eso se dice: «Y después de seis días, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a Juan», etc.
 

San Jerónimo

Mas pregunto yo: ¿cómo se pone después de seis días, mientras que San Lucas pone ocho? Pero la contestación es fácil. Porque aquí se habla de los días intermedios, mientras que Lucas cuenta también el primero y el último.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1

El Señor espera que pasen seis días y no lleva inmediatamente a sus discípulos a la montaña, con el objeto de que los demás discípulos no abriguen sentimiento alguno de envidia, o bien para que llenos de vehementes deseos durante ese tiempo, los que habían de subir se acercaran con más ardor de su alma.
 

Rábano

Mas con razón les manifestó su gloria después de seis días, porque después de las seis edades o épocas del mundo tendría lugar su resurrección.
 

Orígenes, homilia 3 in Matthaeum

O también, porque este mundo fue hecho visible en seis días completos y el que penetra todas las cosas del mundo, es el que puede subir a las altas montañas y contemplar la gloria del Verbo de Dios.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,1

Tomó El a esos tres discípulos porque eran los que ocupaban los tres puestos más elevados. Ved como San Mateo no oculta esa preferencia de los tres discípulos, ni tampoco San Juan, que hace mención de las principales alabanzas de Pedro: no conocían los apóstoles ni la emulación ni la vanagloria.
 

San Hilario, in Matthaeum, 17

También se significa en los tres que tomó consigo la futura elección de los pueblos, atendido el triple origen de Cam, Sem y Jafet.
 

Rábano

O también lleva consigo solamente tres, porque son muchos los llamados y pocos los elegidos. O también porque los que conservan ahora en su alma pura la fe de la Santa Trinidad, gozarán después de su visión eterna.
 

Remigio

El Señor, para manifestar a sus discípulos la gloria de su felicidad, los lleva al monte. Por eso sigue: «Y los lleva a un monte», etc. En esto el Señor nos enseña que es preciso, para todo el que desea contemplar a Dios, no estar enfangado en los bajos placeres, sino levantar su alma a las cosas celestiales mediante el amor de las cosas superiores. También a sus discípulos, les enseña que no deben buscar la gloria de su beatitud divina en las regiones bajas del mundo, sino en el reino de la beatitud celestial. Y son llevados separadamente, porque todos los santos están separados con toda su alma y por la dirección de la fe de toda mancha y serán separados radicalmente en el tiempo venidero, o también porque muchos son los llamados y pocos los elegidos.
 

Sigue: «Y se transfiguró», etc.
 

San Jerónimo

El Señor apareció a los apóstoles como estará en el día del juicio. No se crea que el Señor dejó su aspecto y forma verdadera, o la realidad de su cuerpo y que tomó un cuerpo espiritual. El mismo evangelista nos dice cómo se verificó esta transfiguración en estas palabras: «Resplandeció su rostro como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la nieve»; estas palabras nos manifiestan que su rostro resplandecía y que sus vestiduras eran blancas. No hay cambio, pues, en la substancia, el brillo es lo que había cambiado. El Señor efectivamente se transformó en aquella gloria, con que vendrá después a su Reino. La transformación le dio esplendor, mas no le quitó la figura. Supongamos que su cuerpo hubiese sido espiritual, ¿cómo se cambiaron sus vestiduras? Porque se pusieron tan blancas, que, según otro evangelista ( Mc 9), ningún lavandero de la tierra las podría poner tan blancas. Todo esto es corporal y apreciado por el tacto y no espiritual que ilusiona la vista y es sólo un fantasma.
 

Remigio

Y si el rostro del Señor resplandeció como el sol y el de los santos resplandecerá también como el sol, ¿será, por ventura, igual el resplandor del Señor y el de sus siervos? De ninguna manera; sino que como no hay cosa que brille tanto como el sol, se vale de él como comparación de la resurrección futura y por eso dice que el rostro del Señor y el de los santos brillarán como el sol.
 

Orígenes, homilia 3 in Matthaeum

En sentido místico aquel que, según lo que hemos dicho, ha pasado seis días, ve a Jesús transfigurado delante de los ojos de su corazón. Porque el Verbo de Dios tiene diversas formas y se manifiesta a cada uno bajo la forma que conviene al que se manifiesta y a ninguno se manifiesta de una manera distinta de la que cada uno puede recibir. Por esta razón no dijo: se transfiguró simplemente, sino delante de ellos. Porque comprenden simplemente en los Evangelios a Jesús aquellos, que no suben por el ejercicio de las virtudes espirituales al monte elevado de la sabiduría; pero los que suben, le conocen no ya según la carne, sino como Verbo de Dios. Delante de éstos se transfigura Jesús, mas no delante de aquellos que viven entregados a la vida de la tierra. Y éstos, delante de los que se transfigura Jesús, son hechos hijos de Dios, y se muestra Jesús a ellos como el sol de justicia y con vestiduras brillantes como la luz. Estas vestiduras, de que se cubre Jesús, son los discursos y los escritos evangélicos, por los que los apóstoles han expresado sus misterios.
 

Glosa

O también significan las vestiduras los santos, de quienes dice Isaías ( Is 49,18): «Te vestirás como con un vestido de todos ellos». Son comparados con la nieve porque brillarán con la blancura de la virtud y estarán lejos del fuego de las pasiones.
 

Sigue: «Y he aquí les aparecieron Moisés», etc.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom.56,1

Hubo muchos motivos para esto. Primeramente porque el pueblo decía que Jesús era Elías o Jeremías, o uno de los profetas y para que vieran la diferencia entre el Señor y sus siervos, se manifestó rodeado de los principales profetas. En segundo lugar, porque continuamente acusaban los judíos a Jesús de transgresor de la Ley, de blasfemo y de usurpador de la gloria del Padre y a fin de hacer ver Jesús su inocencia de todas estas acusaciones, se presenta con aquellos, cuyo testimonio era irrecusable para ellos. Porque Moisés promulgó la Ley y Elías no tuvo rival en celo por la gloria de Dios. Otro motivo fue, para que supiesen que El tenía poder sobre la muerte y sobre la vida. Por esta razón presenta a Moisés que había muerto y a Elías que aun vivía. El evangelista añade otro motivo y es el manifestar la gloria de la cruz y calmar a Pedro y a otros discípulos, que tanto miedo tenían a la pasión. Porque hablaban, dice otro evangelista ( Lc 9), de la muerte que debía tener lugar en Jerusalén. Por eso se presenta con aquellos que se expusieron a morir por agradar a Dios y por la salud de los que creían. Ambos, en efecto, se presentaron libremente a los tiranos, Moisés al Faraón ( Ex 5) y Elías a Achab ( 1Re 10). También se aparece con ellos, para animar a los discípulos a que imitasen a Moisés en la mansedumbre y a Elías en el celo.
 

San Hilario, in Matthaeum, 17

Moisés y Elías fueron elegidos entre todos los santos para asistir a Cristo, para manifestarnos que el reino de Cristo está colocado entre la Ley y los Profetas, con los que juzgará el Señor, según tiene anunciado al pueblo de Israel.
 

Orígenes, homilia 3 in Matthaeum

Si alguno comprende la relación del espíritu de la Ley y las palabras de Jesús y la sabiduría de Cristo oculta en las profecías, éste ve a Moisés y a Elías en la misma gloria con Jesús.
 

San Jerónimo

Es de considerar que el Señor se negó a dar a los escribas y a los fariseos las señales que le pedían. Y a los apóstoles, para aumentar su fe, les da la señal: nada menos que la de hacer bajar a Elías del lugar donde estaba y la de sacar a Moisés de entre los muertos, que es lo que se había mandado a Achab por Isaías ( Is 7): «Que pidiese una señal en el cielo o en el infierno».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,2

Las palabras que dijo el ardoroso Pedro son éstas: «Y tomando Pedro la palabra, dijo: Señor, bueno es que nos estemos aquí», etc. Porque comprendió que era conveniente que Jesús fuera a Jerusalén, aun teme por Cristo, pero después de la reprensión no se atreve a decir otra vez: «Ten compasión de Ti» ( Mt 16,22), mas indirectamente y con otras palabras le insinúa lo mismo. Porque veía la mucha tranquilidad y la soledad, pensó que les era conveniente quedarse allí; él lo conjetura por la disposición del lugar y esto es lo que significan las palabras: «Bueno es que nos estemos aquí», etc. Quiere permanecer allí para siempre y por eso habla de tiendas: «Si quieres, hagamos aquí tres tiendas» etc.; pensó que si se hacían éstas no iría Jesús a Jerusalén y si no iba no moriría, pues sabía que allí le tenderían lazos los escribas. Pensaba además con la presencia de Elías, que hizo bajar fuego sobre la montaña ( 2Re 1) y con la de Moisés, que entró en una nube y habló a Dios ( Ex 24; 33), que podrían ocultarse de manera que ningún pecador pudiese saber dónde estaban.
 

Remigio

O de otra manera, Pedro, después de haber visto la majestad del Señor y de sus dos siervos, se complació de tal manera, que se olvidó de todo lo temporal y quisiera estar allí eternamente. Y si entonces Pedro se entusiasmó de esa manera, ¿cuán grande no será la suavidad y la dulzura al ver al Rey en todo su esplendor y al encontrarse en medio de los coros de los ángeles y de todos los santos? En las palabras de Pedro: «Señor, si quieres», se ven claramente la humildad del súbdito y la obediencia del servidor.
 

San Jerónimo

Vas equivocado, Pedro; o como dice otro evangelista ( Lc 9), no sabes lo que te dices: no busques tres tiendas porque no hay más tienda que la del Evangelio, donde están contenidos la Ley y los Profetas. Mas si buscas tres tiendas, no iguales a los siervos con el Señor; haz tres tiendas (o mejor una sola) para el Padre, para el Hijo y para el Espíritu Santo. Porque las tres Personas que forman un solo Dios, no deben tener en tu corazón más que una sola tienda.
 

Remigio

Se equivocó además porque quiso establecer aquí en la tierra el reino de los elegidos, que prometió Dios dar en el cielo. Se equivocó también porque se olvidó de que tanto él como sus compañeros eran mortales y quiso subir, sin gustar la muerte, a la felicidad eterna.
 

Rábano

Y además, porque quiso hacer tiendas para la vida del cielo donde no hay necesidad de casas, según aquellas palabras ( Ap 21,22): «Yo no vi templo en ella».

 

 

San Jerónimo

Todos los que querían una tienda terrenal hecha de ramas o de tiendas de campaña, están envueltos por la sombra de una nube brillante. Por eso se dice: «El estaba aún hablando, cuando vino una nube luminosa», etc.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,3

El Señor presenta una nube tenebrosa, como aconteció en Sinaí ( Ex 19), cuando amenaza, pero como no trataba aquí de aterrar sino de enseñar, hizo aparecer una nube luminosa.
 

Orígenes, homilia 3 in Matthaeum

La nube luminosa que rodea a los santos es la virtud del Padre, o quizás el Espíritu Santo, y diré también que nuestro Salvador es la nube luminosa que cubre al Evangelio, a la Ley y a los Profetas. Así lo comprenden los que pueden mirar a la luz en su origen.
 

San Jerónimo

Pedro hizo una pregunta inconveniente y por eso no mereció la contestación del Señor, pero contesta el Padre por el Hijo, para que tuviera cumplimiento la palabra del Señor ( Jn 8,18): «El que me ha enviado da testimonio de Mí».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,3

Mas no hablan Moisés ni Elías, sino que el Padre, que está sobre ellos, hace salir su voz de entre la nube, a fin de que crean los discípulos que esa voz viene de Dios. Siempre suele Dios aparecer en una nube, según aquello ( Sal 96,2): «La nube y la obscuridad están a su alrededor» y esto es lo que se dicen en las palabras: «Y he aquí una voz de la nube, diciendo».
 

San Jerónimo

El Padre hace que se oiga su voz desde el cielo, que da testimonio de su Hijo y enseña a Pedro, libre de error, la verdad. Y por medio de Pedro la enseña a los demás apóstoles. Por eso añade: «Este es mi Hijo el amado»; para éste debe hacerse una tienda, a éste debe obedecerse, éste es el Hijo, aquellos son los siervos. Ellos, lo mismo que vosotros, deben preparar al Señor una tienda en lo más profundos de su corazón.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,3

No temas, pues, Pedro. Porque si Dios es poderoso, claro está que del mismo modo es poderoso el Hijo y si El te ama, no temas. Porque El no pierde al que ama, ni tú lo puedes amar tanto como El ama a su Padre, puesto que lo ama, no sólo porque lo ha engendrado, sino porque los dos no tienen más que una sola voluntad. Sigue: «En quien Yo mucho me he complacido», que vale tanto como decir, «en quien descanso», «a quien acepto», porque cumple con celo cuanto viene del Padre y no hay más que una sola voluntad entre El y el Padre y si éste quiere que sea crucificado, tú no te opongas.
 

San Hilario, in Matthaeum, 17

La voz del cielo atestigua que éste es el Hijo, el amado, aquel en quien se complace el Padre y a quien debemos obedecer, a quien debemos escuchar: «Escuchadle». El mismo, garante de tales maestros, había confirmado con su ejemplo que el que se niegue a sí mismo, cargue su cruz, muriendo el cuerpo, se haría merecedor a la gloria del Reino Celestial.
 

Remigio

Dice, pues: «Escuchadle», como si dijera en otros términos: desaparezcan las sombras legales, los símbolos de los profetas y seguid la luz brillante del Evangelio. O también, «Escuchadle», a fin de manifestar que El es a quien anunció Moisés ( Dt 18,13), diciendo: «Dios os suscitará un Profeta de entre vuestros hermanos; escuchadle como a mí». El Señor tuvo, pues, muchos testigos por todas partes. En el cielo la voz del Padre, en el paraíso a Elías, en los infiernos a Moisés y entre los hombres a los apóstoles, a fin de que delante de su nombre se doblase toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los infiernos (Flp 2).
 

Orígenes, homilia 3 in Matthaeum

La voz de la nube se dirige a Moisés y a Elías, que deseaban ver y oír al Hijo de Dios, o a los discípulos para instruirlos.
 

Glosa

Es de notar que el misterio de la segunda regeneración, que se verificará cuando resucitare la carne, se armoniza perfectamente con el misterio de la primera regeneración, que tiene lugar en el bautismo, donde resucita el alma. En el bautismo de Cristo se manifestó toda la Trinidad. Porque allí estuvo el Hijo encarnado, se apareció el Espíritu Santo en forma de paloma y el Padre se declaró en la voz. De la misma manera en la transfiguración, que es una figura misteriosa de la regeneración, se apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre y el Espíritu Santo en la nube. Se pregunta ahora: ¿por qué el Espíritu Santo se apareció en el bautismo en forma de paloma y en la transfiguración en una nube? Porque suele manifestar ordinariamente sus dones invisibles por las formas que revisten exteriormente. Da en el bautismo la inocencia, significada por la sencillez de la paloma y en la resurrección dará resplandor y descanso. Este está figurado por la nube, y el resplandor de los cuerpos resucitados por el brillo de la nube luminosa.

Sigue: «Y cuando lo oyeron los discípulos, cayeron sobre sus rostros y tuvieron gran miedo».
 

San Jerónimo

Por tres causas cayeron aterrados de miedo. Porque comprendieron su error, porque quedaron envueltos en la nube luminosa y porque oyeron la voz de Dios cuando les hablaba. Y no pudiendo soportar la fragilidad humana tan grande gloria, se estremece con todo su cuerpo y toda su alma y cae en tierra. Porque el hombre que no conoce su medida, cuanto más quisiere elevarse hacia las cosas sublimes, más se desliza hacia las bajas.
 

Remigio

El acto de caer los discípulos sobre sus rostros es indicio de santidad. Porque de los santos se dice que caen sobre sus rostros y los impíos de espaldas.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 56,4

¿Pero cómo es que cayeron sobre sus rostros los discípulos en el monte, cuando antes en el bautismo de Cristo se oyó la misma voz, y, sin embargo, ninguno de los asistentes experimentó semejante cosa? Porque era grande la soledad, la altura y el silencio, la transfiguración imponente, la luz brillante y la nube extendida, todo lo cual no podía menos de causar espanto en el corazón de los discípulos.
 

San Jerónimo

El Señor misericordioso, viendo a sus discípulos arrojados por el suelo e incapaces de levantarse, se acerca a ellos y los toca. Con su contacto se desvanece el miedo y los debilitados miembros adquieren robustez. Esto es lo que significa: «Y se acercó el Señor y los tocó». Y sanó con su voz a los que había sanado con su mano. Por eso sigue: «Y les dijo: levantaos y no temáis». Primeramente les quita el miedo, para enseñarles después la doctrina. Sigue: «Y alzando ellos los ojos, a nadie vieron sino sólo a Jesús». No sin motivo obró de este modo. Porque si hubieran continuado allí Moisés y Elías con el Señor, no hubieran tenido seguridad los discípulos de a quien daba testimonio la voz del Padre. Ven que el Señor estaba allí y que se desvanecieron Moisés y Elías. Porque después que desapareció la sombra de la ley y de los profetas, se vuelven a encontrar las dos cosas en el Evangelio. Sigue: «No digáis a nadie la visión», etc. No quiere que se publique lo que habían visto entre los pueblos, para que al oír la magnitud del prodigio no lo creyesen imposible y para que no sirviese a los hombres rudos de escándalo, el que a tan grande gloria siguiese después la cruz.
 

Remigio

O también, porque si se divulgaba en el pueblo la majestad del Señor, este mismo pueblo se opondría a los príncipes de los sacerdotes, e impediría la pasión y de este modo sufriría retraso la redención del género humano.
 

San Hilario, in Matthaeum, 17

Les manda que guarden silencio sobre las cosas que habían visto, a fin de que, cuando estuvieren llenos del Espíritu Santo, fuesen testigos de los hechos espirituales que acontecieran entonces.

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