Ser consecuentes con la fe

El testimonio, la presencia ejemplar, el compromiso motivado por la fe… es fundamental sobre todo en esta época de la imagen, de lo que entra por los ojos, donde se puede aplicar el “si no lo veo no lo creo”. Amando desde la fe es como mejor se evangeliza.

No es solo anunciar o trasladar a la sociedad y a los demás la Nueva Buena evangelizadora, sino además el luchar por causas justas, nobles, etc., según los valores del Reino, y que constituyen un imperativo moral. De modo que también corresponde a la actitud lógica, la naturalidad de una expresión dimanante de la fe que se lleva dentro.

El cristiano, cada cristiano, debe ser «un activista»; es decir, vivir el compromiso, abandonar la confortabilidad de una religiosidad adormecedora de la conciencia; «salir de la sacristía», dejar de vivir su fe recudida a la actividad concreta de la parroquia —y esto en el mejor de los casos—, y salir con su fe a campo abierto…, y no ya sólo testimoniando con su comportamiento e incluso, si se da, de palabra en el círculo cercano,  en el trabajo, el estudio, etc., sino en todo acontecer social y público. 

Todos estamos vocacionados, como cristianos, al testimonio apostólico; somos enviados, mensajeros, embajadores… de la fe que profesamos; aunque cada cual en su justa medida y posibilidades. Pero en apostolado, la misión, la «proclamación» del Evangelio nos corresponde a todos —no solo al clero, también a los laicos o seglares—, de palabra y obra.

El activismo —como participación en movimientos de tipo social— haciéndose movidos por la fe, aunque sea a nivel individual, sin una llamada eclesiástica específica, es una participación en el compromiso que atañe a todos los bautizados a ser luz y sal en medio del mundo. «Siendo propio del estado de los laicos el vivir en medio del mundo y de los negocios temporales, ellos son llamados por Dios para que, fervientes en el espíritu cristiano, ejerzan su apostolado en el mundo a manera de fermento. (C. Vaticano II)[i]. La responsabilidad de la urgente recristianización y la salvación de muchos está en nuestras manos.

Viviendo la fe se puede y debe ser activista y dar testimonio con la acción, la palabra, la oración, el sacrificio, la ayuda…, y en todo momento y lugar.

El cristiano, alentado por la fe, ha de ser el primero en el compromiso por el logro de causas justas y nobles, según los valores evangélicos y del reino de Dios. El cristiano ha de esforzarse por trasladar a la sociedad una cultura sustentada en los principios fundamentales de respeto a la vida, a  la familia, a la libertad de educación, el bien común…

Ahora bien, esta actividad tan necesaria y deseable, ha de sustentarse en la una vida de piedad, de oración e intimidad con Dios, de amor a la Eucarística y a la Santísima Virgen María. En la media que se dé esta dimensión contemplativa se dará verdaderamente la activa. Ambas dimensiones ha de ir juntas, caminar a la par sin que ninguna cojee. Es más, nos atreveos a decir que tal vez la vivencia intensa de la fe, ha de marchar adelante tirando de las obras, pues según Jesús dijo a la activa Marta, aludiendo a su hermana contemplativa, “María ha escogido la mejor parte…” (Lc 10,42). “Esto no quita nada al valor al  empeño práctico, que ha de brotar de la escucha de la palabra de Jesús, debe estar animado por su Espíritu” (Papa Francisco[ii]). Y como dice la máxima ignaciana: “esforzarse como si todo dependiese de nosotros, rezar como si todo dependiese de Dios».

 

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[i]  Apostolicam actuositatem, 2

[ii] Ángeles, 17 de julio de 2022.

 

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