Segunda Epifanía: El bautismo del Señor

Uno que se ha hecho carne de nosotros, que se ha unido a la cordada de los pecadores -sin serlo-, se somete hoy como uno de tantos al bautismo. Era innecesario, sin embargo, Jesús para asumir formalmente su condición humana y para manifestar su divina como el Cristo prometido y salvador esperado.

El Padre quiso manifestar que Aquél era su Hijo Amado. Y el pregonero de Dios, Juan Bautista, anunció a los allí congregados a orillas del Jordán, como hacía 30 años hicieran los ángeles a los pastores y el cielo a los Magos, que Ese estaba allí presente entre ellos, aunque no lo pareciera, era el Señor, aquél al que el hombre el hombre más grande nacido de mujer no era merecedor de ni de agacharse, humillarse, a desatarle la correa de sus sandalias. Era el Mesías.

Si aquella epifanía de Dios, tras su nacimiento fue para los cercanos (pastores) y lejanos (los Reyes de otras tierras), es decir para el mundo, de que Dios ha entrado en la historia humana. Ahora la segunda epifanía es el anuncio a los pecadores, a los que bautizar, y a sus primeros discípulos y seguidores. La tercera epifanía será poco tiempo después, en las bodas de Canaá, cuando inicie definitivamente el anuncio de su Reino o reinado.

Aunque la lectura de la celebración de este acontecimiento del Bautismo del Señor es escénicamente bella de comentar, queremos fijarnos en la primera de las lecturas (que puede leer más abajo) de este día de ayer domingo, para hacer un breve comentario:

    • «Mirad a mi Siervo» así comienza el testo de Isaías, termino identificable con el del Mesías (al que Juan Bautista anticipa, pero con quien no deben confundir, Cf. Lc 3,15), que podemos ver también en Isaías, al aplicárselo al Siervo doliente.
    • El la expresión que se usa en el Evangelio, «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» ((Lc 3,22b; Mateo 3,17) es justamente la utilizada por el profetas Isaías. Está al inicio del párrafo, con lo que le será aplicable lo que viene después.
    • La segunda coincidencia es la del Espíritu que gravita sobre la figura de Jesús, «abrieron los cielos, el Espíritu Santo descendió sobre él» (Lc 3,21b-22a), en Isaías leemos: «He puesto mi espíritu sobre él«
    • El va a anunciar el Reino de Dios, es decir, como dice Isaías: «manifestará la justicia a las naciones«. Si sustituimos justicia por Reino así es, y además que lo va a universalizar, es un reinado de Dios que alcanza a todos los pueblos de la tierra, no ya solo para Israel.
    • Su predicación del Reino no será de manera espectacular, estruendosa, avasalladora, a voz en grito, impositiva, proselitista, sino mansa, tierna, misericordiosa,… » mansa
    • Pero, sin embargo, no se acobardará, no retrocederá, irá con la verdad por delante, sin vacilar, cueste lo que cueste (así se vio ante Pilato, al decirle que El era la Verdad. En Isaías podemos leer: «Manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará«.
    • Y va a esparcir y sembrar la semilla del Reino a todo el mundo: «implantar la justicia en el país. En su ley esperan las islas«.
    • El es la Luz para todo el mundo, para los seres humanos que están ciegos, sometidos, sin verdad ni libertad, que se encuentran en la prisión del príncipe de las tinieblas: «luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas«.


Lectura del libro del profeta Isaías (42,1-4.6-7):
Mirad a mi Siervo,
a quien sostengo;
mi elegido, en quien me complazco.
He puesto mi espíritu sobre él,
manifestará la justicia a las naciones.
No gritará,
no clamará,
no voceará por las calles.
La caña cascada no la quebrará,
la mecha vacilante no la apagará
.
Manifestará la justicia con verdad.
No vacilará ni se quebrará
,
hasta implantar la justicia en el país.
En su ley esperan las islas.
«Yo, el Señor,
te he llamado en mi justicia,
te cogí de la mano, te formé
e hice de ti alianza de un pueblo
y luz de las naciones,
para que abras los ojos de los ciegos,
saques a los cautivos de la cárcel,
de la prisión a los que habitan en tinieblas».

 

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Segunda lectura

Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (10,34-38):

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ahora comprendo con toda verdad que Dios no hace acepción de personas, sino que acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los hijos de Israel, anunciando la Buena Nueva de la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos.
Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él».

 

Evangelio del día 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17):

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

 

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