San Francisco de Asís, 4 de octubre

Aciprensa

Hoy celebramos la festividad de tan gran santo, que vivió hace 800 años. Fundador de la Orden Franciscana, que tan fiel ha sido a la Iglesia y a la que tanto otros santos ha dado.

En homenaje hemos recogido un relato —el del lobo de Gubbio— del libro Florecillas de San Francisco (capítulo XXI), la célebre narración medieval del siglo XIV y de autor anónimo que recopila los principales hechos de la vida de San Francisco y sus compañeros. Y en la parte inferior, les ofrecemos su biografía.

 

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            En el tiempo en que San Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no sólo devoraba los animales, sino también a los hombres; hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad. Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él estando solo no podía defenderse. Era tal el terror, que nadie se aventuraba a salir de la ciudad.

        San Francisco, movido a compasión de la gente del pueblo, quiso salir a enfrentarse con el lobo, desatendiendo los consejos de los habitantes, que querían a todo trance disuadirle. Y, haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo con sus compañeros, puesta en Dios toda su confianza. Como los compañeros vacilaran en seguir adelante, San Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde estaba el lobo. Cuando he aquí que, a la vista de muchos de los habitantes, que habían seguido en gran número para ver este milagro, el lobo avanzó al encuentro de San Francisco con la boca abierta; acercándose a él, San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a sí y le dijo:

           —¡Ven aquí, hermano lobo! Yo te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí ni a nadie.

           ¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente, como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco. Entonces, San Francisco le habló en estos términos:

        —Hermano lobo, tú estás haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos males maltratando y matando las criaturas de Dios sin su permiso; y no te has contentado con matar y devorar las bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano lobo, hacer las paces entre ti y ellos, de manera que tú no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros.

           Ante estas palabras, el lobo, con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir lo que decía San Francisco. Díjole entonces San Francisco:

           —Hermano lobo, puesto que estás de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo hacer que la gente de la ciudad te proporcione continuamente lo que necesitas mientras vivas, de modo que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo, que tú me prometas que no harás daño ya a ningún hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes?

           El lobo, inclinando la cabeza, dio a entender claramente que lo prometía. San Francisco le dijo:

           —Hermano lobo, quiero que me des fe de esta promesa, para que yo pueda fiarme de ti plenamente.

          Tendióle San Francisco la mano para recibir la fe, y el lobo levantó la pata delantera y la puso mansamente sobre la mano de San Francisco, dándole la señal de fe que le pedía. Luego le dijo San Francisco:

           —Hermano lobo, te mando, en nombre de Jesucristo, que vengas ahora conmigo sin temor alguno; vamos a concluir esta paz en el nombre de Dios.

           El lobo, obediente, marchó con él como manso cordero, en medio del asombro de los habitantes. Corrió rápidamente la noticia por toda la ciudad; y todos, grandes y pequeños, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, fueron acudiendo a la plaza para ver el lobo con San Francisco. Cuando todo el pueblo se hubo reunido, San Francisco se levantó y les predicó, diciéndoles, entre otras cosas, cómo Dios permite tales calamidades por causa de los pecados; y que es mucho más de temer el fuego del infierno, que ha de durar eternamente para los condenados, que no la ferocidad de un lobo, que sólo puede matar el cuerpo; y si la boca de un pequeño animal infunde tanto miedo y terror a tanta gente, cuánto más de temer no será la boca del infierno.

         —Volveos, pues, a Dios, carísimos, y haced penitencia de vuestros pecados, y Dios os librará del lobo al presente y del fuego infernal en el futuro.

           Terminado el sermón, dijo San Francisco:

           —Escuchad, hermanos míos: el hermano lobo, que está aquí ante vosotros, me ha prometido y dado su fe de hacer paces con vosotros y de no dañaros en adelante en cosa alguna si vosotros os comprometéis a darle cada día lo que necesita. Yo salgo fiador por él de que cumplirá fielmente por su parte el acuerdo de paz.

           Entonces, todo el pueblo, a una voz, prometió alimentarlo continuamente. Y San Francisco dijo al lobo delante de todos:

           —Y tú, hermano lobo, ¿me prometes cumplir para con ellos el acuerdo de paz, es decir, que no harás daño ni a los hombres, ni a los animales, ni a criatura alguna? El lobo se arrodilló y bajó la cabeza, manifestando con gestos mansos del cuerpo, de la cola y de las orejas, en la forma que podía, su voluntad de cumplir todas las condiciones del acuerdo.

           Añadió San Francisco:

           —Hermano lobo, quiero que así como me has dado fe de esta promesa fuera de las puertas de la ciudad, vuelvas ahora a darme fe delante de todo el pueblo de que yo no quedaré engañado en la palabra que he dado en nombre tuyo. Entonces, el lobo, alzando la pata derecha, la puso en la mano de San Francisco. Este acto y los otros que se han referido produjeron tanta admiración y alegría en todo el pueblo, así por la devoción del Santo como por la novedad del milagro y por la paz con el lobo, que todos comenzaron a clamar al cielo, alabando y bendiciendo a Dios por haberles enviado a San Francisco, el cual, por sus méritos, los había librado de la boca de la bestia feroz.

           El lobo siguió viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las casas, nunca le ladraban los perros. Por fin, al cabo de dos años, el hermano lobo murió de viejo; los habitantes lo sintieron mucho, ya que, al verlo andar tan manso por la ciudad, les traía a la memoria la virtud y la santidad de San Francisco.

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Biografía

Francisco de Asís, fundador (1181-1226)

«O por fraile o por hermano, todo el mundo es franciscano.» ¡Fue la revolución! ¿Cualidades humanas? Un montón; y con la gracia, su talento humano fascinaba con su extraordinaria amabilidad.

Pedro Bernardom, su padre, rico mercader en telas; la madre es la piadosa madonna Pica. Él se reveló como enamorado de la vida y a ella se entregó. Altruista, jovial, soñador. Es líder entre los jóvenes a la hora de organizar juegos, armar bulla y liarse en jolgorios. Con porte elegante, fino en el vestir, cabello cuidado, generoso leal y delicado en el trato. Arrastra en las fiestas dentro de los parámetros cristianos.

Supo cantar cuando estuvo enfermo y enseñó a estar alegre en la pobreza, llevando a los demás el convencimiento propio: tener a Dios es lo más.

Hay guerra en Asís entre nobles y plebeyos. Se afilió con el débil y perdió, como suele pasar casi siempre, porque en esta ocasión los grandes se habían aliado con los de Perusa y no hubo nada que hacer. Pasó un año en prisión, cuando él tenía solo 20. En 1203 se le vio sufriendo graves fiebres. En 1205, peleón, se va al sur de Italia para luchar contra el Imperio, poniéndose al lado de Inocencio III.

Pasó una buena crisis. Desde 1205 a 1208 parece otro. Ya no le llaman las fiestas; se encuentra abandonado de sus amigos de jarana de siempre. Se empieza a distanciar de su padre, hasta el extremo de llegar –en discusión con su progenitor y en presencia del obispo– a quitarse los vestidos que llevaba puestos; comienza a vérsele con extrañas amistades: los más pobres y harapientos; restaura tres ermitas de Asís que estaban en ruinas. Ante toda la gente que le conocía y entre el círculo de amistades familiares está llevando un comportamiento absurdo.

El 24 de abril del 1208 fue para él un rayo de luz salido del Evangelio. Jesús ha enviado a los apóstoles por el mundo para hacer el bien al universo. Se dejó ver por Asís con una túnica y capucha de aldeano, ceñido con una cuerda y predicando con el entusiasmo habitual recobrado la pobreza y la caridad cristiana. Esperan su fracaso, pero aquello va a más. Hasta gente importante como el canónigo Pedro Cattani y el sesudo rico Bernardo Quintaval se arriman a su manía junto con el sencillo y pobre Gil de Asís. En la ciudad, todos se quedan viendo chiribitas por lo que pasa con Francisco y los suyos. Se le unen ocho más. Y ya está pensando Francisco en hacer un pequeño programa de vida para ellos. Ni siquiera el papa Inocencio III ve claramente que se pueda vivir como él se propone. Los franciscanos nacieron en el 1209, cuando con sencillo tono dice el de Asís al papa: «¿Es entonces imposible vivir el Evangelio?».

La pobreza de Francisco es la solución al problema de la Iglesia, cuyos hijos están por todas partes –laicos y eclesiásticos– montados sobre la riqueza o a su búsqueda, atados con demasiada frecuencia al afán de poder y al ansia de dominar, defendiendo lo que se tiene y anhelando tener más. Mira por donde, aparecen aquellos hombres desprovistos de todo, descalzos, renunciando a todo, dependiendo de la caridad no exigible de los demás y con indumento burdo vestidos a lo hippy de los sesenta, transmitiendo el Evangelio, fieles a la Iglesia, y pletóricos de alegría.

Y sin saber cómo puede pasar, se le pega gente. Hasta mujeres, con Clara, van formando la Segunda Orden, que son las Damas de San Damián. Y hasta para seglares o laicos que pretenden vivir el espíritu pero tienen impedido el modo, nace la Tercera Orden.

¿Pobreza como cosa y empeño principal? Sin amor a Jesucristo sería necedad. Las cosas protegen de Dios, cuando no se las tiene ni se las desea, solo queda darse y eso es pobreza. Lógica extraña del santo que su tener es no tener, consiguiendo en este arte de la posesión en Dios y con Él a la Creación. Por ello, nadie amó tanto a la naturaleza, al sol, a la luna, al agua llamando hermano al sol, al lobo, al fuego y a la muerte. «El Amor no es amado» delata su fina sensibilidad. ¿No se le vio desnudo? ¿No estuvo leproso? ¿No es la Iglesia su esposa? ¿No es el papa su Vicario? Todas las piezas del puzzle encajan en la caridad que es Amor. Ya se explica que se relamiese el Poverello los labios cuando oía pronunciar el nombre de Jesús. Y por ello, se deleita y aprende contemplando la Pasión y anhela la Eucaristía. En Greccio, el 1223, montó la representación plástica del Nacimiento de Jesús en Belén que fue el comienzo de todos los belenes navideños en los hogares cristianos.

Predica con hambre de almas por toda Italia central: Umbría, Toscana, la ciudad de Arezzo, Florencia… con predicación tan sencilla que más parece charla plagada de ejemplos. ¿Deseos? Todos. Proyecta ir a los Santos Lugares –aunque sea como polizón–, peregrina a Santiago en España, y a Marruecos donde viven los moros que no conocen a Jesús.

Es preciso organizar la Fraternidad con la ayuda del cardenal Hugolino. Y lanzar a sus huestes en guerra de paz por tierras de infieles.

Las llagas se las quiso impresionar Jesús en el monte Alvernia en el 1224. Muere junto a la Porciúncula, cuando llegaba la noche del 3 de octubre del año 1226.

Con su nueva manera de ver las cosas, renovó a la Iglesia dejando en su seno un chorro de paz.

Archimadrid

 

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