Hoy, 26 de mayo, es San Felipe Neri. Para celebrarlo hemos recopilado unas cuantas anécdotas que nos revelan su ingeniosa personalidad y su santidad caritativa; al que Dios de dotó de las capacidades extraordinarias de hacer milagros y de penetración de espíritus, en otras.
***** San Felipe Neri era un santo con gran sentido común. Trataba a sus penitentes de una manera muy práctica. Una señora tenía la costumbre de irse a confesar donde él y casi siempre tenía lo mismo que decir: el de calumniar a sus vecinos. Por ello, san Felipe, le dijo: —De penitencia vas a ir al mercado, compras un pollo y me lo traes a mí. Pero de regreso lo vas desplumando, botando las plumas en las calles conforme caminas. La señora pensó que ésta era una penitencia rara, pero deseando recibir la absolución, hizo conforme se le había indicado y por fin regresó donde san Felipe. —Bueno, Padre, he completado mi penitencia. Y le mostró el pollo desplumado. —Oh, de ningún modo la has completado —le dijo el santo—. Ahora regresarás al mercado y en el camino recoges todas las plumas y las pones en una bolsa. Entonces regresas a mí con la bolsa. —¡Pero eso es imposible! —lloró la señora—, ¡esas plumas deben de estar ahora por toda la ciudad! —Es cierto —replicó el santo—, pero tienes aún menor oportunidad de recoger todos los cuentos que has dicho sobre tus vecinos.
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En 1152 hubo una gran carestía en Roma y el pueblo pasaba hambre. El pan estaba tan escaso que el que no se apresuraba a proveerse en la mañana, corría el riesgo de quedarse sin él. San Felipe Neri se encontraba en San Jerónimo de la Caridad, una capilla y asilo sacerdotal, con otros sacerdotes y algún laico. Una señora piadosa, sabiendo que el santo estaba reducido a tal estado de miseria de no poder ni siquiera proveerse de pan, le llevó de regalo seis grandes piezas. Semejante provisión le podía bastar para algunos días, pero Felipe, viendo a un sacerdote español en grave necesidad, se lo regaló, sin quedarse ni siquiera con una. Próspero Crivelli, su penitente, le hizo la observación de que habría podido al menos ser un poco previsor. —¿Qué quieres? Ese pobre sacerdote es forastero y no encontraría fácilmente almas generosas. Aquel día Felipe, por almuerzo y cena, se contentó con unas pocas aceitunas. Pero él bien podía decir con Jesús: —Mi alimento es hacer la voluntad de Él, que me ha enviado.
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Una mujer, suelta de lengua fue a ver al san Felipe Neri para pedirle consejo. —Mi marido y yo no conseguimos ponernos de acuerdo. Nos peleamos por todo. Y lo peor es que él me pega, yo grito, los vecinos acuden…¡Créame, Padre!, es un verdadero infierno. ¿Qué me aconseja? —Buena señora, tengo justo lo que usted necesita, una medicina infalible, un curalotodo milagroso. Tenga este frasco; cuando vuestro marido comience a reñir, beba un sorbo y manténgalo un momento en la boca. Haga siempre lo mismo cuando esté iniciando la discusión. Verá que el resultado será seguro. Algunos días después, la mujer volvió con la botella vacía. —Ha sucedido exactamente como usted dijo, padre Felipe. ¡Ha funcionado! Mi marido sigue peleando, pero yo estoy curada. Deme otra de esas botellas. —Con gusto —sonrió el sabio Felipe entregándole otra botella de agua pura recogida de la fuente
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San Felipe Neri era un tipo singular y curioso, a simple vista un tanto extravagante. Vivía tan inmerso en la presencia de Dios, que las cosas del mundo y sus vanidades las despreciaba solemnemente. No le importaba lo que dijeran de él, gustaba de autodesprestigiarse y cuando los poderos acudían a él para demostrarle su admiración, él hacía de todo para intentar desilusionarlos: se presentaba con un gato en los brazos dándole más atención al animal que a aquellos personajes importantes presuntuosos y soberbios. Sus agudos y sabios consejos los daba en forma de píldoras chistosas. ¡Quién sabe por qué a San Felipe le gustaba tanto jugar malas pasadas, a veces un poco crueles, incluso a prelados y a gente de alcurnia! En una ocasión, a un fraile, que le parecía demasiado vanidoso y que se pavoneaban de su fácil elocuencia, lo obligó a predicar sin la túnica, luciendo una especie de calzones hasta las rodillas.
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El cardenal Alfonso Gesualdo, al visitar a Felipe, una vez le regaló una magnífica piel de marta, diciéndole: —Usted está viejo y tiene necesidad de algo caliente. Puede ponérsela estando en su cuarto. Sin embargo, San Felipe no se contentaba con llevarla cuando estaba en su cuarto, sino también bajando a la Iglesia y en público. Muchas veces fue visto por las calles más populosas de Roma, vistiendo sobre la ropa la piel. Caminaba con aire de recogimiento y para llamar más la atención de la gente daba, de tanto en tanto, ojeadas de complacencia a su bello hábito. Cuando se daba cuenta de que era objeto de admiración por parte del pueblo, saltando se ponía a gorjear. ***** En tiempos de San Felipe, en Roma, vivía otro personaje amigo de nuestro santo: San Félix de Cantalicio, primer santo de la Orden de los franciscanos capuchinos. Se paseaba siempre alegre por la Ciudad Eterna mendigando y distribuyendo a los pobres lo que había recogido. Con San Felipe se llevaban que daba gusto. Cuando se encontraban por la calle se deseaban mala suerte diciéndose: —¡Cuándo te veré en la hoguera!. Y se oía la respuesta del otro: —¡Que te parta un rayo. Un día, siempre bromeando, se desafiaron delante de un pequeño grupo de gente que pasaba por allí. —Ahora veré si sabes vivir bien la mortificación -dice Félix a Felipe ofreciéndole una bota de vino. San Felipe la agarró y bebió en medio de las risas de la gente, que pensaría ver a un cura borracho. Pero después dijo: —Ahora veremos si tú estás mortificado. Y le encajó en la cabeza del fraile un enorme sombrero de cura sobre la capucha del hábito. De modo que esa tarde fueron el gracioso y ridículo espectáculo de la gente. Y pensar que continuamente nos amargamos si no tenemos nuestra ropa al detalle.
***** Cuando tenía visitas de personas distinguidas hacía algunos arreglos cómicos en su vestimenta y narraba cuentos usando a menudo expresiones vulgares. Una vez vino a verlo a la iglesia el noble romano Lorenzo Altieri, el cual jamás había visto al santo. Cuál no sería la sorpresa de Altieri al verlo delante de él con los vestidos más ridículos. Vestía una vieja levita, tenía en la cabeza un bonete rojo y calzaba zapatillas blancas. El médico que acompañaba a Altieri, comprendiendo su impresión, explicó el motivo por el que el santo vestía de aquella manera. Cuando supo que Felipe lo hacía así para mortificarse, quedó tan admirado que regresó otra vez a visitarlo y lo escuchó con gran respeto. Estos extraños modos con que Felipe acogía a sus visitantes no eran del agrado de sus discípulos, quienes temían disminuyese la estima de la que el santo estaba rodeado. Uno de ellos, un día lo dijo: —Padre, estaría bien que con ciertas personas importantes usted se portara más serio, porque quien no lo conozca podría escandalizarse. Y él, levantándose de un salto, repuso: —Desearías tú que otros dijeran que yo soy un hombre que sabe escupir bellas palabras ¿eh? ¿No ves, ingenuo, que entonces dirían: Felipe es un santo? ¡Que vengan a mí los gentilhombres y los nobles que lo haré peor aún!
***** Corrió por Roma la voz de que una monja de cierto convento hacia milagros. Su Santidad encargó a Felipe Neri hacer las investigaciones pertinentes. Nuestro buen religioso marchó al convento e hizo comparecer a la monja, a la que ordenó le limpiara las botas. La monja, indignada, se negó a la tarea. También se dice que la dio un par de bofetadas; tras lo cual la monja se enfadó en extremo y le llamó grosero Felipe y corrió a la madre superiora para que le echara de allí. El santo fue a ver al Papa y le dijo: —Santo Padre, le puedo informar con toda seguridad que no existen los tales milagros que esa monja se le atribuyen, y no es santa, pues a esa monja le faltaba la virtud principal: la humildad.
***** San Felipe Neri pasaba casi todo el tiempo en las calles de los barrios pobres, en busca de necesitados a quienes ayudar. Como refugio de los niños pobres fundó el Oratorio, que pronto se tuvo que ampliar por la cantidad de niños que se acogían allí. A los cuales les repetía siempre: —¡Alegría, hijos míos alegría! Los tristes van al infierno y no a la alegre cada de Dios. Cuando no tengáis qué hacer, reíos, y si tenéis trabajo y lo estáis haciendo, ¡reíos! Se cuenta que un día, fatigado del alboroto de los niños, les decía: —¡A ver, hijos míos! A ver si os estáis quietos de una vez. Y añadía después, como hablando consigo mismo: —Pero ya sé que esto es imposible, a vuestra edad.
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