“Nazaret es la escuela donde se comienza a entender la vida de Jesús: la escuela del evangelio… Una lección de ‘silencio’ ante todo. Que nazca en nosotros la estima del silencio, esta condición del espíritu admirable e inestimable…” (Pablo VI)[1].
***** Era de noche cuando volvíamos a la casa. Durante el camino, habíamos hablado de piedras, cal y herramientas. Era como si habláramos de Dios y la salvación del mundo; por primera vez comprendí que tras el más humilde menester se teje el destino del hombre. También Francisco estaba profundamente conmovido. Sentía que no hay tarea grande o pequeña y que poner un guijarro sobre un muro derruido es apuntalar el mundo todo que amenaza derruirse, es sostener el alma que vacila…[2] ***** Teresa del Niño Jesús decía a una de sus hermanas después de un pequeño sacrificio oscuro: «Lo que acabas de hacer es más importante que si hubieras obtenido la restauración de las órdenes religiosas en Francia»[3]. ….. «Ya no tengo otra ocupación que la de amar» (San Juan de la Cruz)[4]. *****
La dimensión de lo que se haga no está en el hecho mismo, sino en el amor con que lo hemos hecho. Cualquier cosa que hagas, si lo haces con amor, es eterno. El operario que coloca un ladrillo, si lo hace amorosamente, ha construido un edificio más grande que el rascacielos en que trabaja proyectado por un gabinete de expertos arquitectos movidos por la ambición. Amar calladamente, en la humildad de lo cotidiano, en lo insignificante, en lo pequeño y discreto; aquí radica la bondad, la santidad realizada anónimamente. Seamos, pues, grandes y fuertes en las cosas más humildes y ordinarias, como lo hizo Jesús a lo largo treinta años en un pueblecito de Galilea. «La vida oculta de Nazaret permite a todos entrar en comunión con Jesús a través de los caminos más ordinarios de la vida humana”[5]. Agraciado aquel que en lo pequeño ve lo grande, en lo cotidiano lo trascendente, en lo ordinario el resplandor de lo extraordinario. Los actos más naturales, la simple honestidad, lo que constituye la vida de cada día, con sus pequeñeces y a la vez exigentes virtudes… están impregnados y penetrados místicamente por la gracia divina. No existe nada natural que de hecho no sea también sobrenatural. Si no encontramos a Dios en la cotidianidad, si no lo sentimos en nuestra realidad pequeña, «entre —que diría santa Teresa— los pucheros», entonces es que nuestro vivir con arreglo a Dios está instalado en las abstracciones, en lo platónico, en las categorías intelectuales. Y nada tenemos que ver con el Dios que se hace pequeño y se encarna. Cuando hacemos lo «pequeño» con amor, nuestros quehaceres rutinarios, nuestras relaciones más superficiales y esporádicas con la gente de cada día…, es entonces cando esas pequeñas cosas se convierten en grandes. Decía Santa Teresa que vale más recoger del suelo una pajita por obediencia que ayunar dos o tres semanas porque queremos. Abunda mucho entre la gente el querer hacer cosas mayúsculas y extraordinarias, y desprecian las cosas humildes y cotidianas. Ello obstaculiza percibir los milagros sencillos, silenciosos, humildísimos, pero reales, de cada día. La santidad se desparrama calladamente, sus frutos parecen no tener importancia, pero son eternos. Lo que se haga «importa» poco, ya sea barrer, limpiar, etc., sino que la meta es la santidad que se fragua en el amor. La vida de cada día, marcada por lo silencioso de lo cotidiano y anodino, puede estar abierta a la sublime realidad comunicable, a la amistad auténtica, a algo de lo que es la realidad de Dios-amor. Todo entonces deja de ser lo que es: las cosas dejan de ser simples cosas y pasan a ser sacramentos de Dios y de su amor. Todo queda penetrado por la gracia, por el misterio de la voluntad amorosa de Dios que se realiza, que se encarna…; poco importa la «carne», la arcilla sobre la que sopla el Espíritu divino, lo importante es ese aliento que la anima y le da vida, y vida inacabada, eterna.
…………………………………….. [1] Discurso 5 enero 1964 en Nazaret. [2] KAZANTZAKIS, N., El pobre de Asis, Ed. Carlos Lohlé, Buenos Aires, 1973, p.57. [3] MO, p.58. [4] Cántico Espiritual, estrofa 20. [5] CI, n.533.
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