Predicar con el ejemplo (II)

«Y el testimonio provoca curiosidad en el corazón del otro y aquella curiosidad el Espíritu Santo la toma y trabaja a partir de dentro. La Iglesia crece por atracción, atracción. Y la transmisión de la fe se da con el testimonio, hasta el martirio» (Papa Francisco).

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            La dulzura de carácter y la paciencia brillan especialmente en la vida de San Francisco de Sales, quien, siendo obispo de Ginebra, tuvo que sufrir diversas afrentas.

           Una vez, se publicaron contra él unas sátiras, que, por otra parte, todo el mundo despreció. Fue su autor un noble de vida muy desarreglada.

           Viendo éste que perdía el tiempo, enviaba algunas noches a criados suyos con unos perros para que molestasen debajo de las ventanas del obispo. Ladridos, pedradas, gritos; imposible dormir durante aquellas noches.

           Un día, nuestro santo tropezó en la calle con el autor de las afrentas. Le saludó con toda cordialidad, con palabras llenas de afecto. Si alguna persona se ha sorprendido en este mundo, ésa fue aquél caballero.

           Pasado el tiempo, aseguró que había sacado más provecho de aquella manera de proceder que de haber oído a cien predicadores.[1]

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El cristiano es el portador de esta luz, “es luminaria” (san Ireneo), pues “el hombre que obra bien es una lámpara” (san Agustín), a cuyo resplandor caminan sus hermanos. El cristiano es convertido en luz para iluminar a los demás (san Gregorio de Nisa).* Pero no olvidemos que “las cosas que hacen de nosotros luz del mundo son nuestras virtudes” (Tertuliano), que han de ser vistas por los demás “para que se las imite” (san Agustín), e, imitándolas, “no admitan el mal” (san Basilio), “no solo por motivos de nuestra propia salvación, sino también por la de aquellos que han de gozar de su resplandor, y ser así conducidos de la mano hacia la verdad” (san Juan Crisóstomo) (…) El mundo necesita “claridad y esplendor” (san Jerónimo)  para no vivir en las tinieblas. En nuestros días, conviene recordar lo que Paul Claudel preguntó a los cristianos: “Vosotros, los que veis, ¿qué habéis hecho de la luz?”[2]

 

[1] www.elbuenpastor.8m.net

[2] ROMERO, E., “No escondáis el bien”: Alfa y Omega 293 (2002), p.15.

 


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