Perdiendo la cara a la muerte

La muerte no gusta nada. Pero sobre todo cuando desde una concepción absolutamente materialista– solo existe una vida y ésta consiste en darle gusto al cuerpo (sobre todo si puedes, a capricho). De modo que han decidido hacerla desaparecer de nuestras vidas.

En estos días de coronavirus y de la pasión del Señor, se nos agolpa la realidad inasequible: la muerte. La muerte tiene la cualidad de resituarnos ante la verdad: la verdad de lo que somos y de lo que vamos a ser. Cuando creíamos que la verdad no existía, que todo era relativo, que todo pasaba, como el fluir del «panta rei» de Heráclito, cual líquido de un rio fugaz; resulta que no, que la calavera sobre el escritorio que habíamos quitado cual pisapapeles de nuestra vida, liberándonos de la pesadilla de la realidad que nos recordaba lo que en verdad somos: seres para la muerte; pero para los que creemos en la Resurrección, seres para la vida eterna, felizmente. ¡Qué diferente muerte: la del desparecer para siempre y la del vivir una vida mejor, santa y que no tendrá fin!

 Hamlet ve las sepulturas y los cráneos y –con lucidez ya barroca– toma conciencia de la frivolidad de lo  mundano que testimonian las bocas vacías de las calaveras; toma conciencia del valor de lo fundamental. En ellas puede ver la vanidad del mundo, las calaveras y la nada a donde llevaron tanto poder y frivolidad. Ante la contemplación de la muerte, Hamlet cree que si viviéramos discerniendo lo que en realidad da vida y lo que va a morir, sería una revolución. Contemplar el sufrimiento, la vanidad de lo mundano y la esterilidad de lo cortesano pone en valor lo realmente importante en la vida. Hamlet le dice a Horacio la que quizás es la frase más importante de toda la obra: “Horacio, he ahí una revolución si supiéramos cómo”.

 

Jorge Manrique: De las coplas por la muerte de su padre

Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando;
cuán presto se va el placer;
cómo después de acordado
da dolor;
cómo a nuestro parecer
cualquiera tiempo pasado
fue mejor.

Nuestras vidas son los ríos
que van a dar en la mar,
que es el morir:
allí van los señoríos,
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
y llegados, son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos.

Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
mas cumple tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar.
Partimos cuando nacemos,
andamos mientras vivimos,
y llegamos
al tiempo que fenecemos;
así que, cuando morimos,
descansamos.

Este mundo bueno fue
si bien usásemos dél,
como debemos,
porque, según nuestra fe,
es para ganar aquel
que atendemos.
Y aun aquel Hijo de Dios,
para subirnos al cielo,
descendió
a nacer acá entre nos
y a vivir en este suelo
do murió.

 

Solo mirando cara a cara a la muerte se sabe lo que es la vida, y mirando a la Cruz, la Resurrección.

 

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