Pensamientos de Fe (170)

  1. Ni Jesucristo mismo sabía cuándo era el fin de los tiempos, solo el Padre; pero dio algunas pistas, señales de lo que sucederá. Es decir, no sabía el cuándo pero sí el cómo. Y recomendó que estuviéramos en guardia, como las vírgenes prudentes.     
  2. La profecías sobre el fin de los tiempos reveladas por la Palabra de Dios nos enseñan que habrá una progresiva decadencia de la religiosidad, de la moralidad, de la humanidad… De modo que, previamente a la vuelta de Nuestro Señor, debemos esperar lo peor, un empeoramiento del mundo y la Iglesia, perseguida por una cristianofobia mortal…  Estemos seremos y esperanzados. 
  3. La ideas siempre tienen consecuencias, aunque no seamos conscientes. Y aún así, hay un grado de responsabilidad en ello, pues las ideas tienen un trasunto de pasado, de un pasado que las forjó, con la masa de lo que hicimos, que ahí quedó, más o menos oculto, silencioso, como esperando, como no redimidas, y en un momento dado, hoy mismo, muestran su cara.
  4. El mal doloroso que nos acaece no es consecuencia de los pecados o males cometidos por nuestros antepasados, como un karma, ni tampoco como efecto rebote de los propios, al nivel físico, pues como ocurre con el bien que cual lluvia Dios la hace caer sobre buenos y malos (Mt 5,45), también ocurre con arreglo al mal. Ahora bien, en cuanto al mal moral que hacemos este sí repercute sobre uno propiamente, en doble aspecto: en cuanto a la responsabilidad de culpa moral, que compromete la salvación, y en cuanto a la afección tóxica, contaminante, que encanalla el alma de quien así actúa. Y en cuanto a los demás, nuestro mal moral incrementa la polución ambiental que las otras almas repirarán. 
  5. Una cristiana o un cristiano han de buscar parejas que comulguen en la fe y la práctica religiosa, de modo que podrá así constituir familias de vida católica, y de ahí es donde salen los verdaderos cristianos y las vocaciones religiosas.
  6. La naturaleza humana, a la que los muchos enemigos quieren ningunear o negar, ha «pergeñada» –por obra de Dios- en algo único y excepcional, con la disponibilidad a ser receptiva a la gracia divina. Y esto la hace de una grandeza y dignidad inigualables en el universo. 
  7. En todo lo que tengamos que decidir, hasta en lo pequeño, oremos al Señor, hagámoslo en su nombre y con su mediación sustantiva. Tengamos presente que Dios hace la mayor parte; de modo que cuanto hagamos lo hagamos con la fuerza de la Gracia.  Orar santificar el hacer.
  8. Hay que dar mucha importancia a la oración, más incluso que al obrar. San Agustín dice: “Ora más de lo que hablas”. Ambas deben ir íntimamente unidas, pero el orar precede al hacer. Ya dijo Jesús a Marta que la mejor parte entre la contemplación y la acción era aquella. Y Él nos dio ejemplo: antes de la elección de los apóstoles se paso toda la noche rezando, y cuando iba a afrontar en la Pasión, previamente en el huerto de los olivos pasó tiempo orando.
  9. Desde un vivir centrado en lo fundamentalmente importante como persona trascendente nos lleva a mirar más allá de la superficie, a apreciar la vida de una manera respetuosa y hasta reverencial por un Misterio presente en ella. 
  10. La pretensión de acumular méritos, es antievangélica. La argumentación de los talentos es un recurso a la responsabilidad, a un mínimo; a un echar mano al miedo, como medio de cumplir un mínimo exigible, es un posicionamiento en la obligación, en el «no» del AT, no-matarás, no-robaras, etc. Para quien vive en el ámbito del NT, su lógica no es la de mínimos, sino la de la sobreabundancia, lo gratuito, es don, entrega, son las Bienaventuranzas las que rigen, es el orden de las santidad, del amor, de la gracia.

 

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