- Tener fe es un lujo: lux, luz. Que la Luz ha querido donarnos, gratuitamente. El más grande tesoro. Gracias. La mayor herencia que podemos legar a nuestros hijos. Todo pasará, el tiempo hará desaparecer cuanto existe; excepto lo que nos abre las puertas a la eternidad.
- Lo más importante de la vida es eso que rezamos a diario: «hágase tu voluntad». Aceptar la voluntad de Dios es a lo que tenemos que empeñarnos cada instante de nuestro existir. Lo demás es secundario, viene por añadidura, y hasta ni está en nuestras manos; es más, es mejor que así sea: eso queda en las manos de Dios, que nos quiere más que nosotros mismos. No nos preocupemos demasiado, pues; perderemos fuerzas y concentración para lo importante: hacer su voluntad.
- Los sacramentos, como fuente de gracia, son imprescindibles para una vida santa. Prescindir de ellos -para uno mismo o para otros próximos- es de una gravedad extrema. La gracia divina es ese manantial que nos da vida, y no una vida cualquiera, sino la vida eterna.
- La persona de nuestra sociedades occidentales -y que será en todo el mundo- se ha amoralizado: sin valores ni principios, sin responsabilidad, sin verdades fuertes, sin creencias imperecederas… De modo que, inmerso en esa atmosfera de pasividad complaciente y corrupta, pasa de todo, y ya es incapaz de movilizarse, de dar la vida por algo, por una hermosa causa justa y eleva.
- La decadencia comienza a ser absoluta cuando la gente se comporta inmoralmente y a nadie parece hacerle ascos; no hay escándalo que zarandee su sensibilidad. Hay un consentir acrítico que denota una normalidad que debería causar alarma, pero no. La inmoralidad hará perecer la humanidad y a la Humanidad.
- Es la falta de pureza interior, de santidad, lo que obstruye la acción o trascurrir de la gracia. Esa carencia puede ser voluntaria, por el pecado personal, o por un acumulado de maldad, que cierra a la sabiduría, al saber de Dios.
- Poseemos un “gen” que nos hace estar por naturaleza religados con el Creador; la religación de nuestro ser como persona que nos vincula, «religa» (que diría Zubiri) con Dios, en lo que se llama religión. Todos tenemos más o menos apagada esa vocación, llamada, tendencia, sed divina, inquietud (que diría san Agustín). En esta dimensión vital, como nunca posiblemente lo hizo antes, el Maligno está dando batalla descomunal.
- La experiencia más verdadera de Dios es aquella que nos hacer percibir la intuición de estar como en otra dimensión aunque estemos en medio de estas cuatro paredes… Es una experiencia única que se nos otorga en momentos puntuales, y que en los santos es constante, y les hace vitalmente cambiarlo todo.
- El perdón no requiere del arrepentimiento «sino que se ofrece primero, como don gratuito» dice el papa León XIV, en el mismo sentir del papa Francisco. Es gracia de quien da el primer paso sin esperar a que lo dé el culpable. Ahora bien, el perdón no se hace efectivo si es rechazado por el perdonado. Porque la gracia no puede aniquilar la libertad, o lo que es lo mismo, la dignidad humana de ser persona.
- El que crea se salvará; creer es asentir a la voluntad de Dios. Fuera de esto, la entrada en el cielo está complicada: la misericordia de Dios encontrará una resistencia comprometedora, pues Dios ha otorgado una grandeza a su obra humana que tiene la medida de una libertad excepcional; es decir, que Él mismo adquirió el compromiso de respetarla. Paradójicamente, cabe afirmarse que en la misma grandeza del ser humano se halla el peligro.
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