- Dios es sumamente respetuoso, no impone su voluntad, sino que sutilmente inspira con mociones lo que quiere para nosotros, para que optando por decisiones de bondad y amor, crezcamos en santidad. Las mociones e inspiraciones del Espíritu Santo son impulsos interiores, como pensamientos, sentimientos y deseos, que el Espíritu Santo nos impulsa a realizar o a evitar. Quien se determina en su conducta por motivos egoístas… o vive en pecado se indispone a percibir esas delicadas señales interiores.
- El frenesí es la droga más dura que hay contra el espíritu. Es la exaltación perturbante del animo y los sentidos, que hace perder la paz interior y la conciencia, por una trepidante satisfacción de deseos, que provoca la ausencia del yo más íntimo y verdadero. Ha aflorado en nuestro mundo actual y tiene carta de ciudadanía. Cuando a un mal se le trata como a un bien se convierte de algo muy peligroso, mortal.
- Quien más dignifica a la persona es Dios, que la otorga no ya los derechos naturales sino incluso sobrenaturales, la relevancia del ser humano es asombrosa, está llamado a ser su hijo, semejante a Él, en grandeza inimaginable e incomprensible para el mundo, e invitado a ser santo y a vivir eternamente.
- La vida eterna es ya comenzada aquí, en la medida en que se vive en el Reino de Cristo, bajo sui reinado, según su Espíritu divino, movido por él, por el hálito vital que es la gracia santificante, la presencia trinitaria en el corazón humano.
- Por fe, el creyente ha de tomar decisiones de rodillas, es decir, la fe implica que coincidamos con el Espíritu Santo, de modo que hay que rezar lo que vayamos a hacer, hasta en las cosas del mundo. Tengamos presente que Dios nos quiere, que quiere lo mejor -espiritualmente santos- y que nos quiere felices. Dios está de nuestra parte y quiere echarnos una mano, en todo.
- Hoy como nunca la voluntad o capacidad de decidirse libremente del ser humano está siendo neutralizada por la exacerbación del deseo.
- Hay que, dadas las circunstancias y la madurez espiritual del creyente, tener en cuenta el salvar el mayor bien, pues a veces la mucha exigencia o carga puede provocar cansancio y desanimo. En lo espiritual y moral también se da una economía, y aplicar el dicho de que lo mejor puede convertirse en enemigo de lo bueno. Hay que acompañar con benignidad y misericordia.
- Quien se acerca a un confesionario y se arrodilla, no puede irse sin más; es decir, si se le niega la absolución porque no cumple los cinco requisitos exigidos para una correcta confesión; dado lo que supone el que alguien que lleva toda una vida sin ponerse de rodillas, se le ha de otorgar si no el Sacramento si al menos el sacramental de la bendición, para que la gracia de Dios actúe en aquella persona en proceso de conversión.
- El ateísmo arrebata la extraordinaria dignidad de la persona al negarla su trascendencia, y cuando esto supone de relevancia, de grandeza, de sentido último de su existir resuelto, de la responsabilidad sagrada del ejercicio de su libertad, etc. El ateísmo –como el gnosticismo- empequeñece al hombre.
- “Mucho puede la oración insistente del justo” (San 5,16). La oración persistente de la persona piadosa, como la limosna, como el ayuno, como el sufrimiento hecho sacrificio (sacrificar: hacer sagrado; apartado, ofrecido a Dios), tienen mucho poder. Entre otras razones: porque Dios lo quiere, lo ha querido y dicho; en muchos pasajes de las Escrituras así lo ha manifestado. Hay otras razones (pero por no alargarnos, añadamos una): Dios quiere a la hora de actuar su bien sobre los hombres, su cooperación, su participación en la acción de la gracia: ¡cuántas veces llueve porque una viejecita en un rincón oculto –por ejemplo, de la altiplanicie boliviana- desgranaba las cuentas de su desgastado rosario… Algo que solo Dios conoce, y que da frutos secretos…!
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