Obrar por el alimento que permanece para la vida eterna

El Evangelio (Jn 6,22-29) de la liturgia de la hoy, 20 de abril, es un pasaje que hade alusión a la multiplicación de los panes de días anteriores; así Jesús reprochará a los que le seguían que se hubieran fijado en lo estrictamente material (el pan con que saciaron el hambre) y que no hubieran trascendido hacía el signo, el significado real de lo ocurrido.

Jesús emplea la consabida expresión “en verdad, en verdad os digo” para dar énfasis a lo que va a decir. Y este es el contenido de sus palabras, que trasportan al oyente a que se fije en la realidad más verdadera, profunda y determinante: que no nos preocupemos tanto por las cosas de aquí abajo, las cosas materiales, caducas, sino que levantemos la mirada a las del cielo, que son eternas. Y así dice: Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello.

Nuestra hambre espiritual es la que Jesús quiere saciarnos, ahora y para siempre. Para lo cual todo consiste en enfocar la vida en hacer las obras las obras de Dios. Y en ¿qué consiste esto?, sencillamente en hacer lo que le agrada (que es nuestro bien), es decir, que ajustemos nuestro existir a obrar según Él obra; su voluntad es la expresión de su amor hacía nosotros, y es un amor misericordioso del que quiere que todos participemos.

Y añade Jesús al final: “La obra de Dios es que creáis en quien él ha enviado.” El Hijo del hombre, el Mesías, el Ungido, el Hijo de Dios Padre. Creer en Él es el paso fundamental, la obra vital nuestra, para que por su gracia operante en nosotros santifique nuestro obrar, para ejecutar cuanto hagamos a su ritmo y según su conformidad; hasta poder decir con san Pablo: “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28). A partir de la fe permanecemos unidos a Jesucristo, para que cuanto hagamos nos santifique para la eternidad. La fe, pues, es movilizadora y nos conforma al Señor, introduciéndonos en su Reino o reinado.

Lectura del santo evangelio según san Juan 6,22-29

Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos le vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado».

 

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Palabras de San Agustín

(In Ioannem tract., 25)

 

Y no dijo, para que le creáis a El, sino para que creáis en El. Pues el que le cree a El, no cree en El en seguida. Porque los demonios le creían, pero no creían en El y nosotros creemos a Pablo, pero no creemos en Pablo. Por lo tanto, creer en El es amarlo creyendo, y creyendo adorarle, y creyendo ir a El e incorporarse con sus miembros (Gál 3,25). Esta es la fe que el Señor exige de nosotros y que obra por medio del amor. La fe se distingue, pues, de las obras, como dice el Apóstol (Rom 3,28): «Que el hombre se justifica por medio de la fe sin las obras de la Ley». Y hay algunas obras que parecen buenas sin la fe de Jesucristo y no son buenas, porque no se refieren a aquel fin de donde deriva su bondad. Porque el fin de la Ley es Jesucristo, para justificación de todo creyente. (Rom 10,4) Y por tanto, no quiso distinguir la fe de la obra, sino que dijo que la misma fe es la obra de Dios, pues esta misma fe es la que obra por medio del amor. Y no dijo (2Cor 3,17): ésta es vuestra obra, sino: ésta es la obra de Dios, a fin de que creáis en El, para que el que se gloría, se gloríe en el Señor. Luego creer en El es comer aquel alimento que permanece hasta la vida eterna. ¿Para qué preparas tu diente y tu vientre? Cree y ya has comido. Mas aunque les invitaba a creer, ellos todavía pedían milagros para creer. Y esto es lo que sigue: «Entonces le dijeron: ¿pues qué milagro haces», etc.

 

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  Catena Aurea

 

Crisóstomo in Ioannem hom. 42.

El Señor, aun cuando no manifestó a las multitudes de una manera clara cómo había andado por encima del agua, les dio a entender, aunque de una manera velada, lo que había sucedido. Y el evangelista explica esto mismo, diciendo: «El día siguiente, la turba que estaba de la otra parte del mar, vio que Jesús no había entrado en el barco», etc. ¿Qué quería decir esto, sino que sospechaba que había atravesado el mar andando por encima de sus aguas? Y no hay por qué decir que habría ido en otro barco, porque allí únicamente se encontraba una nave, en la que se embarcaron los discípulos, con los cuales no había entrado el Señor.
 

San Agustín In Ioannem tract., 25.

Se les insinuó que se había verificado aquel gran milagro. Vinieron, pues, otros barcos junto a la orilla de aquel lugar en donde habían comido el pan y lo habían seguido las multitudes. Y esto es lo que añade: «Y llegaron otros barcos; etc. y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús».
 

Crisóstomo in Ioannem hom. 42.

Y sin embargo, viniendo ellos después de un milagro tan grande, no le preguntaron cómo había pasado el mar, ni se cuidaron de conocer este milagro. Sigue, pues: «Y cuando le hallaron de la otra parte del mar, le dijeron: ¿Maestro, cuándo llegaste acá?» A no ser que alguno diga que aquí debe entenderse cuándo por cómo. Digno es de notarse en estas palabras la falsedad de aquellas gentes, porque mientras decían: éste es un profeta y se proponían llevárselo y hacerlo rey, cuando lo encontraron no le dijeron nada.
 

San Agustín, ut supra

He aquí a aquél que en el monte huía de las multitudes, (porque no quería que lo hiciesen rey), hablando con las mismas multitudes, expuesto a que lo detengan y lo proclamen rey. Pero El, después del misterioso milagro, les predica con el fin de saciar sus almas con su palabra, así como había saciado sus cuerpos con el alimento corporal.
 

Alcuino

El que nos dio ejemplo para que huyésemos de la alabanza y del dominio terrenal, da ejemplo a los que deben enseñar de cómo deben insistir en la predicación.
 

Crisóstomo in Ioannem hom. 43

Pero la mansedumbre y la bondad no siempre son útiles. Con el discípulo desaplicado y torpe conviene usar del aguijón del estímulo. Esto es lo que hace aquí el Hijo de Dios. Cuando vinieron las multitudes y lo halagaban diciendo: «Maestro, ¿cuándo llegaste acá?», para manifestar que no ambiciona el honor que procede de los hombres, sino que únicamente se propone la salvación de los demás, les contesta reprendiéndoles, no sólo a fin de corregirles, sino queriendo darles a conocer aun lo mismo que pensaban. Prosigue: «Jesús les respondió y les dijo: en verdad, en verdad os digo que me buscáis, no por los milagros que habéis visto», etc.
 

San Agustín In Ioannem tract., 25.

Como diciendo: me buscáis por cosas materiales y no con fines espirituales.
 

Crisóstomo, ut supra

Después de esta reprensión, les añade la predicación de su celestial doctrina, diciendo: «Trabajad, no por la comida que perece», etc. Como diciendo: Vosotros buscáis la comida temporal y yo he alimentado vuestros cuerpos para que por medio de esta comida busquéis lo que no produce la vida temporal, sino la eterna.
 

Alcuino

El alimento temporal únicamente robustece la parte material del hombre exterior y no basta recibirlo una vez, sino que es necesario tomarlo diariamente. Mas el alimento espiritual subsiste siempre y produce la saciedad perpetua y la inmortalidad.
 

San Agustín, ut supra

Insinúa que El mismo es este alimento espiritual, como se evidencia en lo que sigue. Como si dijera: me buscáis por otra cosa; buscadme por mí mismo.
 

Crisóstomo, ut supra

Pero como algunos gustan vivir de la holganza, abusan de esta palabra; y debemos citarles las palabras de San Pablo ( Ef 4,28): «El que robaba, que ya no robe, sino que procure más bien trabajar con sus manos y así tendrá con qué poder remediar las necesidades de la vida». Y él mismo, cuando iba hacia Corinto, se detenía en casa de Aquilas y Priscila y allí trabajaba. ( Hch 18) Y diciendo «no os afanéis por el alimento que se pierde», no es que dé a entender que se deba ser perezoso, sino que conviene trabajar y dar a los demás. Esta es la comida que no se pierde. Porque procurar la comida que se pierde es lo mismo que aficionarse a los cuidados del mundo. Y esto lo dice porque aquéllos no se ocupaban de la fe, sino que únicamente querían llenar su vientre sin trabajar y a esto oportunamente lo llamó la comida que se pierde.
 

San Agustín, ut supra

Así como había dicho a la Samaritana: «Si conocieses quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a El, y te daría un agua viva», así ahora añade ( Jn 4,10): «La que os dará el Hijo del hombre».
 

Alcuino

Cuando recibes el cuerpo de Jesucristo de manos del sacerdote, no atiendas al sacerdote a quien miras, sino a Aquél a quien no ves. El sacerdote es quien administra este alimento, pero no es el autor. El Hijo del hombre se nos da a sí mismo con el fin de permanecer en nosotros y que nosotros permanezcamos en El. No queráis recibir a este Hijo del hombre como recibís a los demás hijos de los hombres, porque Este está separado de los demás por medio de cierta gracia y está fuera del número de todos. Porque este Hijo del hombre es también Hijo de Dios. Esto es lo que añade: «Porque a Este señaló el Padre el Dios». Señalar es tanto como poner un sello, como diciendo: no me despreciéis porque soy el Hijo del hombre; porque así y todo, el Padre me ha distinguido, esto es, me ha dado algo propio para que no me confundiese con el género humano, sino para que éste fuese redimido por mí.
 

San Hilario De Trin., 1, 8

La naturaleza de los signos lleva consigo la propiedad de explicar la especie impresa en ellos, sin que pierdan nada de sí en el acto de sellar, porque a la vez que reciben cuanto en ellos se imprime, comunican también todo lo impreso. Este ejemplo no tiene suficiente capacidad para poder explicar la generación divina, porque en los signos hay materia previa, diversidad e impresión, por medio de las que se imprimen ciertas semejanzas de otras cosas superiores. Mas el Unigénito de Dios, que se hizo Hijo del hombre por el misterio de nuestra salvación, queriendo dar a conocer que posee en sí mismo la imagen del Padre, dice que ha sido sellado por El. Y por esto puede entenderse que le fue dado poder para que nos preparase el alimento adecuado para conseguir la vida eterna, puesto que llevaba en sí toda la plenitud de la forma del Padre.
 

Crisóstomo in Ioannem hom. 43

O lo que es lo mismo, señaló: esto es, lo envió con el fin de que nos trajese esta comida, o lo señaló: esto es, lo dio a conocer por medio de su testimonio.
 

Alcuino

Hablando en sentido espiritual, puede decirse que al día siguiente -esto es, después de la Ascensión de Jesucristo-, estando de pie la multitud -en las buenas acciones y no recostada en las pasiones de la tierra-, espera que venga Jesús a ella. Había una sola nave, y ésta es la Iglesia. Porque las demás naves que vinieron después son las sectas de los herejes, las cuales buscan sus propios intereses y no la gloria de Jesucristo ( Flp 2,21). Por esto muy oportunamente se les dice: «Me buscáis porque habéis comido el pan».
 

San Agustín, ut supra

¡Cuántos hay que no buscan a Jesús sino por los beneficios temporales que les granjea! Uno busca el negocio por la mediación de los sacerdotes, otro huye a esconderse en la iglesia cuando es perseguido por el más fuerte. Apenas si se busca a Jesús por Jesús.
 

San Gregorio Moralium 23, 26

Por la persona de éstos, el Señor aparta también a los que dentro de su propia Iglesia y habiéndose acercado al El por las sagradas órdenes, no buscan en ellas los méritos de las virtudes, sino la satisfacción de los asuntos del mundo. El haber seguido al Señor después de saciados, equivale a haber recibido de la Iglesia los alimentos necesarios. Y no siguen al Señor por sus milagros, sino por los alimentos, creyendo que cumplen con el deber de la religión ansiando los auxilios corporales, sin que se cuiden del fomento de las virtudes.
 

Beda

Y aquéllos también que no buscan en la oración las cosas eternas, sino las temporales, buscan a Jesús no por Jesús, sino por alguna otra cosa. Se da a conocer, por tanto, en sentido espiritual, que los conciliábulos de los herejes carecen de la asistencia de Jesucristo y de sus discípulos. Y cuando aquí se dice que han venido otras naves, significa que han brotado de repente otras herejías. Y por la multitud que conoció que Jesús no estaba allí ni tampoco sus discípulos, se designan aquéllos que, conociendo los errores de los herejes, los abandonan para venir a la verdadera fe.

 

Alcuino

Entendieron que esta comida que dura hasta la vida eterna era obra de Dios y por esto le preguntan lo que han de hacer para poder conseguir este alimento (esto es, la obra de Dios). Y esto es lo que da a entender respecto de lo que dijo el evangelista: «Y le dijeron: ¿Qué haremos para hacer las obras de Dios?»
 

Beda

Esto es, ¿qué mandamientos deberemos observar para que podamos cumplir los deseos de Dios?
 

Crisóstomo in Ioannem hom. 44

Y decían esto, no para aprender y obrar, sino queriendo obligarle a que les diese a conocer aquella clase de comida.
 

Teofilacto

Mas Jesucristo, aunque conocía que de nada les aprovechaba, les contestó sin embargo, para utilidad de los demás. Y les dio a conocer (como a todos los demás hombres) cuál es la obra de Dios. Por esto sigue: «Respondió Jesús y les dijo: ésta es la obra de Dios, que creáis en Aquél que El envió».
 

San Agustín In Ioannem tract., 25.

Y no dijo, para que le creáis a El, sino para que creáis en El. Pues el que le cree a El, no cree en El en seguida. Porque los demonios le creían, pero no creían en El y nosotros creemos a Pablo, pero no creemos en Pablo. Por lo tanto, creer en El es amarlo creyendo, y creyendo adorarle, y creyendo ir a El e incorporarse con sus miembros ( Gál 3,25). Esta es la fe que el Señor exige de nosotros y que obra por medio del amor. La fe se distingue, pues, de las obras, como dice el Apóstol ( Rom 3,28): «Que el hombre se justifica por medio de la fe sin las obras de la Ley». Y hay algunas obras que parecen buenas sin la fe de Jesucristo y no son buenas, porque no se refieren a aquel fin de donde deriva su bondad. Porque el fin de la Ley es Jesucristo, para justificación de todo creyente. ( Rom 10,4) Y por tanto, no quiso distinguir la fe de la obra, sino que dijo que la misma fe es la obra de Dios, pues esta misma fe es la que obra por medio del amor. Y no dijo ( 2Cor 3,17): ésta es vuestra obra, sino: ésta es la obra de Dios, a fin de que creáis en El, para que el que se gloría, se gloríe en el Señor. Luego creer en El es comer aquel alimento que permanece hasta la vida eterna. ¿Para qué preparas tu diente y tu vientre? Cree y ya has comido. Mas aunque los invitaba a creer, ellos todavía pedían milagros para creer. Y esto es lo que sigue: «Entonces le dijeron: ¿pues qué milagro haces», etc.

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