En el Evangelio (Mt 7, 1-5) de la liturgia de hoy, 22 de junio, Jesús pide a sus discípulos y seguidores que juzguen no a los demás; por dos razones: 1. Porque ese mismo criterio de juicio será en empleado, pues el tipo de balanza de la justicia que has aplicado será el que te corresponde; de modo que un juicio estricto —y a más si injusto—, y en cualquier caso inmisericorde, ese será con el se te medirá al final; y 2. Se da una hipocresía, al reparar en los defectos ajenos antes que en los propios: falta de prudencia y humildad, que supone el pretender aparentar dar lecciones a los demás cuando ha de empezarse por aleccionarse primero a uno mismo.
«Dios nos mira así: no ve en nosotros errores irremediables, sino que ve hijos que se equivocan. El punto de vista cambia: no se concentra en los errores, sino en los hijos que se equivocan» (Papa Francisco).
Lectura del santo evangelio según san Mateo 7, 1-5
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No juzguen y no serán juzgados; porque así como juzguen los juzgarán y con la medida que midan los medirán
¿Por qué miras la paja en el ojo de tu hermano y no te das cuenta de la viga que tienes en el tuyo? ¿Con qué cara le dices a tu hermano: ‘Déjame quitarte la paja que llevas en el ojo’, cuando tú llevas una viga en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga que tienes en el ojo, y luego podrás ver bien para sacarle a tu hermano la paja que lleva en el suyo».
Todos tenemos algo sobre lo que emitir un juicio propio, de modo que no cabe en fijarse en los defectos ajenos, con el afán de criticarlos y menos condenarlos esparciendo murmuraciones cuanto menos difamatorias.
La viga en el ojo propio, es decir, el defecto o pecado enturbia la visión del alma, de modo que hace imperfecto lo que ve en los demás; de modo que moralmente no le está permitido haciendo observaciones acusatorias. Por otro lado, si fuera tan santo, de puro sin viga en el propio ojo, en mor de esa santidad jamás haría comentarios desdeñosos o indebidos contra el prójimo. Y en definitiva, es voluntad de Dios que no andemos juzgando los defectos ajemos, y con esto basta, sin entrar en mayores disquisiciones. Todo lo que se salga de un silencio respetuoso de caridad fraterna es pura hipocresía, carente de humildad.
Fr. Martín Alexis González Gaspar O.P.
«¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo?»
Jesús continúa recordando a los discípulos que deben tener una justicia que supere la de los escribas y los fariseos porque su corazón ha sido transformado. Por tanto, aborda el tema de la censura o condena a los demás a través del juicio.
¿Por qué no debemos juzgar?. No debemos juzgar porque es un mandato de Jesús. La simple razón por la que debes dejar de criticar a los demás es porque Jesús dijo que dejaras de hacerlo. Es un mandato directo. No lo hagas. No debes de juzgar porque Dios te juzgará con la misma medida. Lo que des es lo que recibirás. Debes de ser misericordioso y ponerte en el lugar de quien es juzgado. No debes juzgar porque es hipocresía. Porque no te das cuenta de que tú haces las mismas cosas. Pero una actitud censuradora no te permite ver tu pecado.
Debes entender que no tienes derecho para ser juez de nadie, porque sólo Dios es nuestro único Juez. No puedes ser profesor de moral cuando no eres capaz de aprender y asumir las clases que impartes. Empieza a juzgarte a ti mismo. No juzgues los motivos, porque no puedes ver el corazón de la persona. Ten cuidado y no des nada por sentado. Si quieres saber pregunta a la persona, pero recuerda que tú no eres Dios. Así que no juzgues tan rápido ni seas duro al juzgar a los demás.
Juzga solamente los hechos de los que estás completamente seguro y no juzgues de oídas. No juzgues prematuramente. No juzgues basándote en tus ideas, valores morales o tus percepciones. Jesús nos instruye para juzgar con rectitud de acuerdo con la Palabra de Dios.
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 27 de febrero de 2022)
En el Evangelio de la liturgia de hoy, Jesús nos invita a reflexionar sobre nuestra mirada y sobre nuestro hablar. Mirada y hablar.
Ante todo, nuestra mirada. El riesgo que corremos, dice el Señor, es el de concentrarnos en mirar la brizna de paja en el ojo del hermano sin darnos cuenta de la viga que hay en el nuestro (cfr. Lc 6,41). En otras palabras, estamos muy atentos a los defectos de los demás, incluso a los que son pequeños como una brizna de paja, e ignoramos serenamente los nuestros otorgándoles poco peso. Es verdad lo que dice Jesús: encontramos siempre motivos para culpabilizar a los demás y justificarnos a nosotros mismos. Y muchas veces nos quejamos de las cosas que no funcionan en nuestra sociedad, en la Iglesia, en el mundo, sin cuestionarnos antes a nosotros mismos y sin comprometernos en primer lugar a cambiar -todo cambio fecundo, positivo, debe comenzar por nosotros mismos; de lo contrario, no habrá cambio-. Pero Jesús explica que haciendo esto nuestra mirada es ciega. Y si estamos ciegos no podemos pretender ser guías y maestros para los demás: de hecho, un ciego no puede guiar a otro ciego, dice el Señor (cfr. v. 39).
Queridos hermanos y hermanas, el Señor nos invita a limpiar nuestra mirada. Limpiar nuestra mirada. En primer lugar, nos pide que miremos nuestro interior para reconocer nuestras miserias. Porque si no somos capaces de ver nuestros defectos, tenderemos siempre a exagerar los de los demás. En cambio, si reconocemos nuestros errores y nuestras miserias, se abre para nosotros la puerta de la misericordia. Y, después de que hayamos mirado nuestro interior, Jesús nos invita a mirar a los demás como lo hace Él -este es el secreto: mirar a los demás como lo hace Él-, que no ve antes que nada el mal sino el bien. Dios nos mira así: no ve en nosotros errores irremediables, sino que ve hijos que se equivocan. El punto de vista cambia: no se concentra en los errores, sino en los hijos que se equivocan. Dios distingue siempre la persona de sus errores. Salva siempre la persona. Cree siempre en la persona y está siempre dispuesto a perdonar los errores. Sabemos que Dios perdona siempre. Y nos invita a hacer lo mismo: a no buscar en los demás el mal, sino el bien.
Jesús también nos invita hoy a reflexionar sobre nuestro modo de hablar. El Señor explica que “de la abundancia del corazón habla la boca” (v. 45). Es verdad, por el modo de hablar de alguien enseguida te das cuenta de lo que tiene en el corazón. Las palabras que usamos dicen la persona que somos.
Sin embargo, a veces prestamos poca atención a nuestras palabras y las empleamos de modo superficial. Pero las palabras tienen un peso: nos permiten expresar pensamientos y sentimientos, dar voz a los miedos que sentimos y a los proyectos que queremos realizar, bendecir a Dios y a los demás. Lamentablemente, con la lengua también potemos alimentar los prejuicios, alzar barreras, agredir e incluso destruir; con la lengua podemos destruir a los hermanos: ¡las murmuraciones hieren y la calumnia puede ser más cortante que un cuchillo! Hoy en día, especialmente en el mundo digital, las palabras corren veloces; pero demasiadas vehiculan rabia y agresividad, alimentan noticias falsas y aprovechan los miedos colectivos para propagar ideas distorsionadas. Un diplomático, que fue Secretario General de las Naciones Unidas y ganó el premio Nobel de la Paz, dijo que “abusar de la palabra equivale a despreciar al ser humano” (D. Hammarskjöld, Marcas en el camino, Magnano BI 1992, 131).
Preguntémonos entonces qué tipo de palabras utilizamos: ¿palabras que expresan atención, respeto, comprensión, cercanía, compasión? ¿o más bien palabras cuya finalidad principal es hacernos quedar bien ante los demás? Y además, ¿hablamos con mansedumbre o contaminamos el mundo esparciendo venenos: criticando, lamentándonos, alimentando la agresividad difusa?
Que la Virgen María, cuya humildad miró Dios, la Virgen del silencio a quien ahora rezamos, nos ayude a purificar nuestra mirada y nuestro modo de hablar.
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Juzga los Actos, no a las Personas | Homilía: Lunes XII Semana del T.O. (23-06-25) | P. Santiago M.
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Catena Aurea
San Agustín de sermone Domini, 2,18
Como es incierta la intención con que se procuran estos bienes temporales para el porvenir (pudiendo ser con corazón simple o doble), oportunamente añade en este lugar: «No queráis juzgar».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17
Hasta aquí expuso la consecuencia perteneciente a la limosna, y ahora va a exponer la relativa a la oración. Esta doctrina es, en cierto modo, parte de la oración, y para que el orden de la narración sea tal, después de decir: «Perdónanos nuestras deudas», añade: «No queráis juzgar, para que no seáis juzgados».
San Jerónimo
Mas si prohíbe juzgar, ¿cómo San Pablo juzga al incestuoso de Corinto ( 1Cor 5), y San Pedro acusa de mentira a Ananías y Sáfira ( Hch 4)?
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17
Algunos exponen este pasaje en el sentido de que Dios no prohíbe a los cristianos, por medio de este precepto, que corrijan a otros por benevolencia, sino que los cristianos desprecien a los cristianos por jactancia de su propia justicia, odiando y condenando a otros, muchas veces por solas sospechas, ejecutando su propio odio bajo las apariencias de piedad.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 23,2
Por eso no dijo: «No dejes descansar el pecado», sino más bien: «No juzgaréis», esto es, no seas amargo juez. Corrige, sí, pero no como enemigo que busca la venganza, sino como médico que brinda la medicina.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17
Para que unos cristianos no corrijan así a los otros, convienen las palabras que dicen: «No queráis juzgar». Pero si no los corrigen así, ¿acaso obtendrán el perdón de sus pecados, porque se ha dicho: «No seréis juzgados»? ¿Quién consigue la indulgencia del primer mal sólo por no añadirle otro después? Hemos dicho esto, pues, queriendo manifestar que aquí no se trata de no juzgar al prójimo que peca contra Dios, sino del que peca contra nosotros. El que no juzga al prójimo por el pecado cometido contra él, no es juzgado por Dios respecto de su pecado, sino que le perdona su deuda, como él perdonó.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 23,1
O de otro modo, no manda simplemente que no se juzguen todos los pecados, sino que hizo esta prohibición a aquellos que han cometido muchas culpas, y juzgan a los demás por defectos ligeros. Así como San Pablo no prohíbe juzgar sencillamente a los que pecan, sino que reprende a los discípulos que se permiten juzgar a sus maestros, enseñándoles que no debemos juzgar a los que sean más que nosotros.
San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5
De otro modo, Dios prohíbe que se forme juicio acerca de sus disposiciones, porque así como los juicios entre los hombres se forman de cosas inciertas, así este juicio contra Dios se basa en la duda, lo cual rechaza enteramente de nosotros, para que se conserve mejor la certeza de la fe. Juzgar mal de las cosas de Dios no es un pecado como el juicio falso acerca de las demás cosas, sino que se hace principio de crimen.
San Agustín, de sermone Domini, 2,18
Creo que en este lugar no se manda otra cosa, a mi juicio, sino que tomemos en el mejor sentido aquellos hechos que no sabemos con qué intención se han cometido. Dios nos permite juzgar aquellas cosas que no pueden hacerse con buena intención, como las blasfemias, los estupros y otras cosas parecidas. Mas de los hechos medios, que pueden hacerse con buen o mal fin, temerario es el juicio, sobre todo para condenarlos. Dos cosas hay en las que debemos evitar el juicio temerario: cuando no tenemos seguridad del fin que se propuso el que hizo la cosa, o cuando no se sabe lo que será aquel que ahora aparece bueno o malo. No reprendamos aquellas cosas que no sepamos con qué fin han sido hechas, ni reprendamos de tal modo al que hace públicamente las cosas malas que desesperemos su enmienda. Puede movernos a ello lo que dice el Señor: «Pues con el juicio con que juzgareis seréis juzgados». Si nosotros juzgamos con juicio temerario, ¿habremos de ser juzgados por Dios del mismo modo? O si midiésemos con una medida mala, ¿Dios nos habrá de juzgar con otra de la misma clase? Yo creo que con el nombre de medida se significa el mismo juicio. Pero esto se ha dicho porque es necesario que la temeridad con que castigas a otro, a su vez te castigue, pues la iniquidad muchas veces no daña a aquel que sufre la injuria, mas es preciso que perjudique al que la hace.
San Agustín, de civitate Dei, 21, 11
Dicen algunos: «¿Cómo puede ser verdad lo que dice Jesucristo, que con la medida con que midamos seremos medidos, cuando El castiga un pecado temporal con el suplicio de un fuego eterno?» No consideran que se dice «la misma medida» no por la vicisitud del mal (esto es, que el que hizo lo malo sufra lo malo), aunque aquí pueda entenderse más propiamente de lo que el Señor hablaba en aquel momento, esto es, de los juicios y de las condenaciones. Por lo tanto, el que juzga y condena injustamente, si es juzgado y condenado justamente, es medido con la misma medida, aunque esto no sea lo que dio, pues hizo en juicio lo que es inicuo y sufre en juicio lo que es justo.
San Agustín, de sermone Domini, 2,19
El Señor nos había amonestado sobre los juicios inicuos o temerarios que hacemos respecto de nuestros prójimos (especialmente a los que juzgan temerariamente, a quienes juzgan sin estar ciertos de la culpa que reprenden y lo hacen con suma facilidad, a los que se ocupan más bien en censurar y condenar a otros, cuando ellos son los primeros que necesitan corrección, cuya mala inclinación nace de la soberbia o de la envidia), y consiguientemente añade: «¿Por qué ves la paja en el ojo ajeno, y no ves la viga en el tuyo?».
San Jerónimo
Habla de los que desconociendo sus propios pecados mortales no disculpan la menor falta en sus prójimos. Reprende a aquellos que se escandalizan de la ira de sus hermanos, cuando ellos viven ennegrecidos por el odio.
San Agustín, de sermone Domini, 2,19
Tanta distancia hay de la paja a la viga, cuanta hay de la ira al odio: el odio es una ira inveterada. Muchas veces sucede que nos incomodamos con un hombre a quien deseamos corregir, pero que no lo odiamos.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 23,2
Hay muchos que si viesen a un monje con un vestido de lujo o comiendo con abundancia, lo acusarían amargamente, siendo así que ellos roban todos los días y viven en continua crápula.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17
O de otro modo, esto que aquí se dice, conviene a los maestros. Todo pecado se juzga grave o leve por la importancia de la persona que lo comete. Para un seglar un pecado leve es una paja, pero para un sacerdote el mismo pecado es una viga.
San Hilario, homiliae in Matthaeum, 5
De otra manera, se llama pecado contra el Espíritu Santo negar el poder infinito de Dios, y no admitir sustancia eterna en Cristo, por quien como Dios vino a ser hombre, el hombre, a su vez, viene a ser Dios. Por ello, cuanta diferencia hay entre la paja y la viga, otra tanta hay entre los pecados cometidos contra el Espíritu Santo y los demás pecados. Igual que sucede cuando los infieles censuran a otros los delitos de su cuerpo, y no ven en sí el peso de sus pecados que constantemente están cometiendo, dudando de las promesas del Señor, y cayendo la viga en sus ojos (como en la cima del alma). Prosigue: «¿Cómo dices a tu hermano, deja, sacaré la paja de tu ojo, y se está viendo una viga en el tuyo?».
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17
Esto es, ¿cómo reprendes a tu hermano en pecado, cuando vives en el mismo pecado, si no es que tienes otros mayores?
San Agustín, de sermone Domini, 2,19
Cuando nos veamos precisados a reprender a otros, pensemos primero si alguna vez hemos cometido aquel pecado que vamos a reprender. Y si no lo hemos cometido, pensemos que somos hombres, y que hemos podido cometerlo. O si lo hemos cometido en otro tiempo, aunque ahora no lo cometamos, entonces toque la memoria la común fragilidad, para que la misericordia, no el odio, preceda a aquella corrección. Pero si nos halláramos con el mismo pecado no reprendamos, sino lloremos, movidos a la enmienda, con mutuos esfuerzos. Rara vez, y por gran necesidad, se han de hacer las reprensiones, en las cuales no debemos insistir por nuestro interés personal, sino para servir al Señor.
Pseudo-Crisóstomo, opus imperfectum in Matthaeum, hom. 17
De otro modo: «¿Cómo dices a tu hermano?», esto es, «¿con qué fin?» ¿Por caridad, para que se salve? No, porque antes te salvarías a ti mismo. ¿Quieres, pues, no sanar a otros, sino ocultar los actos malos con la buena doctrina, y buscar la alabanza de tu saber entre los hombres y no la recompensa que Dios concede al que edifica? Eres, pues, un hipócrita. Por esto se ha dicho: «Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo».
San Agustín, de sermone Domini, 2,19
El acusar los vicios es propio solamente de los buenos. Por lo cual, cuando hacen algo malo, imitan a los demás. Semejantes entonces a los hipócritas, ocultan en su persona lo que son, y manifiestan por fuera lo que no son.
San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 23,2
Y debe advertirse que cuando el Señor quiere mostrar algún gran pecado, empieza por la injuria, como cuando dice: «Siervo malo, te he perdonado toda tu deuda». Por lo mismo dice aquí: «Hipócrita, saca primero». Porque las cosas que son propias de uno, se conocen mejor que las que son propias de los demás, y se ven mejor las que son mayores que las que son menores, y uno se ama a sí mismo más que a su prójimo. Por esto manda el Señor que aquel que sea capaz de cometer muchos pecados, no sea juez severo de los pecados de otro (y especialmente si son pequeños). Lo que el Señor nos prohíbe no es la reprensión y corrección de las faltas de nuestros enemigos, sino el menosprecio u olvido de los propios pecados, cuando se reprenden los ajenos. Primero conviene que con sumo cuidado inspeccionemos nuestros defectos, y entonces pasemos a reprender los de los demás. Por ello sigue: «Y entonces verás de sacar la mota del ojo de tu hermano».
San Agustín, de sermone Domini, 2, 19
Sacando de nuestro ojo la viga de la envidia y de la malicia y de la afectación, veremos de arrojar la paja del ojo de nuestros hermanos.
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