Mundanización

Se oye continuamente a algún miembro del clero, que aquí o allá sale con alguna manifestación reclamando que la Iglesia se adapte a los tiempos presentes, que se modernice, para que tenga un discurso entendible por el ser humano actual.

Esto tiene a simple vista varias objeciones:

    • La mundanidad que se nos propone no consiste en otra cosa que un disolverse en el mundo, en perder la singularidad cristiana con el fin de confundirse con los demás.
    • El aceleramiento de los tiempos, lo liquido, provisional y en el aire que se halla todo, si le Iglesia se ajusta a ese estada de cosas en su doctrina, imaginémonos lo que puede ser esto. Todo es tan inestable, incierto, relativo, etc., que lo que diga la Iglesia podrá ser muy entendible -durante horas-, ¿pero será auténtico y verdadero?
    • Las descubrimientos científicos y los avances de todo tipo, especialmente los biológicos, suscitan respuestas éticas, que no se pueden improvisar, como si se carecía de una moral perenne establecida por la ley divina y la ley natural. Hay cosas sustantivas, de siempre, que acompañan al ser humano como parte consustancia de si, que no son modificables a capricho de la mundanidad.
    • La Iglesia debe tener presente que como Cuerpo Místico de Cristo, ha de ser fiel reflejo de Él, que es signo de contradicción, luz del mundo, que ha venido a traer fuego para que la tierra arda. Es decir, que el ser de Cristo, ha de chocar con el mundo, si no, algo se está haciendo mal, se está falseando la fe.
    • Hay otras iglesias o credos que han recorrido ese camino de cambio ajustándose a la sociedad actual. Lo cual les está conduciendo a una rápida decadencia y pérdida de fieles. No han tenido en cuenta las palabras de Jesús que invitan, cuanto menos a ser, prudentes: “El mundo entero yace en poder del Maligno” (1 Jn 5, 19).
    • Este movimiento de cesión en los “dogmas” (sus verdades indeclinables), trae de la mano enfrentamientos, quebrantos y en definitiva, divisiones y cismas. Y esto tiene un tufo diabólico (=separa, desune), como hemos vistos a lamentable y tristemente lo largo de la historia de la Iglesia, muy especialmente con el protestantismo.
    • Sobre esta peligro de ceder a las pretensiones de este mundo, de asunción de su mundanidad, ya nos avisaba la palabra de Dios. En múltiples formas y lugares; pero sobre todo advirtiendo del peligro de la apostasía (al final de los tiempos), y con el testimonio ejemplar de la historia de los Macabeos, que perecieron -como después tantos otros mártires- por no plegarse y someterse a la voluntad mundana con la que disiente la divina.
    • Contra el intento de mundanización vienen como dicho a propósito las palabras de Jesús: “Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, él mundo los odia. Acuérdense de lo que les dije: el servidor no es más grande que su señor. Si me persiguieron a mí, también los perseguirán a ustedes” (Jn 19-20).
    • En definitiva, si la Iglesia se mundaniza no tendrá ya nada que decir a un mundo con el que se ha mimetizado, nada nuevo que aportar, su palabra siempre nueva y eterna carecerá de aprecio, será la sal que se ha vuelto sosa y solo servirá para que se la pise.
    • Evangelizar, trasladar a la sociedad un anuncio de salvación, de amor, de esperanza… no se conseguirá por la desacralización de la Verdad, por desvirtuar la Buena Nueva, sino por arrostrar la cruz que ello supone, por plantar batalla a las tinieblas con la gracia, la integridad y la denuncia profética (y no por el cómodo amedrentamiento).
    • Si tantos profetas, si san Juan Bautista, si Jesucristo… se hubieran callado y hubieran consentido con un mundo mundano no hubieran padecido muerte a manos de ese mundo de tinieblas. Si la Iglesia no se parece a su Señor, al final acabará por no tener nada que ver con Él.

 

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