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Hay quien por pobre no puede pecar (Eclo 20,21a). A quien mucho se le da, mucho se le reclamará; y a quien se le entregó más, más se le pedirá (Lc 12,48b).
***** —Sólo querría saber si hay en el infierno muchos pobres. —¿Qué es pobres? —replicó el diablo. —El hombre —dije yo— que no tiene nada de cuanto tiene el mundo. —¡Hablara yo para mañana! —dijo el diablo—. Si lo que condena a los hombres es lo que tienen del mundo, y esos no tienen nada, ¿cómo se condenan? por acá los libros nos tienen en blanco. Y no os espantéis, porque aun diablos les faltan a los pobres. Y a veces, más diablos sois unos para otros que nosotros mismos. ¿Hay diablo como un adulador, como un envidioso, como un falso y como una mala compañía? Pues todos éstos les faltan al pobre, que no le adulan, ni le envidian; no tiene enemigo malo ni bueno, ni le acompaña nadie. Estos son los que verdaderamente viven y mueren mejor.[1] *****
La moral más clásica insistía ya en que la responsabilidad moral depende del grado de libertad. Las circunstancias, las situaciones dramáticas, límites,… la necesidad, etc., son factores que puede sumir al hombre en un estado de «irresponsabilidad», extraño a su dignidad humana, querida por Dios, creada para la libertad. Decía, con razón, el agudo escritor español F. Quevedo que «todas las cosas están sujetas a las leyes; excepto la necesidad”. En un mundo de sumisión forzosa, no hay demasiado espacio para la verdad ni para la lealtad. Actitudes tales como verdad, sinceridad, fidelidad, probidad, o mentira, fraude, engaño, soborno, robo, etc., se deterioran de tal manea que acaban por perder su calidad moral de valor o antivalor. No se asumen desde la conciencia responsable que brota de la libertad, sino desde situaciones de extremas necesidades, marcadas por la instintividad del sobrevivir. Ser creyente y tener una conciencia moral en nuestra sociedad hoy supone, pues, erradicar la situación que fuerza a ser «inmorales» a mucha gente. Dios tendrá en cuenta la singularidad de cada uno: sus facultades humanas y sobrenaturales. Las exigencias de Dios están en relación con las gracias recibidas. A quien más se le dio, más se le pedirá. El hombre se juega con ello la vida eterna. Todos tenemos culpas, pero hay estados que las excusan. Y amén de ello, el pobre, si tiene culpa, la habrá «purgado» con su desgracia. Hay un clamor en el pobre en demanda de felicidad, de plenitud, de ser, que va directo al corazón de Dios, quien será su valedor. El pobre depende de la Bondad, y en ella sólo espera y confía. Y esa confianza es pase para el cielo. [1] FQ, p.113.
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