Los creyentes son mejores

Creer, con lo que ello implica, hace sin duda mejores personas, sin duda y pese a que haya quien no esté de acuerdo o no le guste. A priori, sin reclamar más mérito, es una obviedad tan lógica como -si dijéramos- quien quiere dirigirse hacia un punto -vivir según la voluntad de un Dios que es amor, bondadoso, justo…- se aproximara cada vez más a ese objetivo, y no caminara en sentido contrario, alejándose del punto al que quiere llegar. En cambio, la persona no-creyente, para la que no aspira a asemejarse a Dios, es decir, conducirse hacia ese punto, es más complicado o improbable que dirija hacia él, y camine, por tanto, en cualquier otra dirección, no propiamente por aquella que está jalonada por esos valores cristianos (amor, bondad, justicia, misericordia…).

Se podrá alegar que -y también obvio- que existen personas creyentes que se descaminan, que no hacen el bien, sino todo lo contrario. Son un antitestimonio, desmienten cuanto acabamos de decir. Al respecto cabe precisar: Primero, estos descarriados son los menos (aunque hagan más ruido), en cuanto al número amplísimo del testimonio positivo, y también son menos, muchos menos, en cuanto al gran número de los que no-creyentes que se comportan así, des-graciadamente (sin Gracia).

Los datos en cuanto a los testimonios de creyentes —sin entrar en lo más recóndito e íntimo de cada persona, aquel quien que cada persona hace en el secreto de su corazón y que sólo Dios lo sabe y recomienda (que tu mano izquierda ignore lo que hace la derecha)—, están ahí, son constatables: la gente comprometida en ayudar a los pobres son de origen creyente, las Caritas parroquiales, comedores sociales, la asistencia a presos, a gente sola, enferma, migrantes, etc. (Esto bien lo saben los necesitados: adonde acuden pidiendo ayuda es a las iglesias y donde se raciman pidiendo es a la salida de sus puertas, no, en cambio, a las puertas de los bancos).

Ahora bien, hagamos una aclaración: Existen los cristianos llamados anónimos; que “lo son sin saberlo”. Quienes actúan bajo influjo del dinamismo del Amor, del amor en sentido fuerte, ágape, caridad, al querer sobre todo a los más próximos (prójimos), en un amor gratuito, generoso, o misericordioso, perdonando, esta trascendiendo el amor natural, para sobrenaturalizarlo. Este amor tiene el marchamo divino, y la persona actúa movido -aunque no se sea consciente- por la presencia de la gracia divina operante en medio del mundo, especialmente, en el alma humana. Se está bajo la longitud de onda del reinado de Dios, bajo su voluntad amorosa, bajo su Espíritu de vida.

La persona de fe, que se abre a Dios y se dispone a vivir según su voluntad, posibilita que la gracia divina actúe en él, proporcionándole una potencialidad constante para comportarse en todo momento y lugar según Dios quiere. Lo que Dios quiere para cada uno de sus hijos, no es otra cosa que su bien pleno, su santificación, su salvación eterna.

 

 ACTUALIDAD CATÓLICA