Los ataques a la Iglesia Católica

Los ataques a la Iglesia Católica

El arzobispo de Toledo, Braulio Rodríguez, primado de España, en su carta pastoral semanal (que expongo abajo), se lamenta de la beligerancia que hay contra la Iglesia Católica en la sociedad española y también del riesgo futuro de extinción de la fe cristiana en Europa.

Primeramente decir que me sorprende que le sorprenda…  Quizá sea un recurso retorico, sin más. Pues bien sabe él, como lo sabemos cuántos procesamos esta fe, que estamos expuestos a la cruz, y todos estos ataques, cada vez más asiduos  y diversos, forman parte de ese asemejarse el cuerpo místico de Cristo, su Iglesia, a su Señor. Así, pues, aunque sea triste, no hay que extrañarse ni alarmarse más de lo necesario.

Lo que se puede comprobar es la falta de respeto y tolerancia que con tanta naturalidad, impunidad y desfachatez se produce de manera constante y expresamente contra la Iglesia Católica. En este sentido, estamos sin duda en un aceleramiento histórico; como si las fuerzas del mal estuvieran desembarcando sus tropas y empezaran a ganar terreno.

Son cientos (y no exageramos)  los casos de acoso a la Iglesia que estos últimos años se han dado en España. Tan es así que se ha abierto en una página web una sección llamada «Observatorio contra la Cristofobia», que como dicen es «debido al incremento de los delitos de odio contra los cristianos». La dirección es: http://www.tomasmoro.info/cristofobia/

Los casos son múltiples y variados: desde los insultos, blasfemias, burlas, agresiones, ataques a sacerdotes, a las iglesias, amenazas e injerencias políticas…, y otras manifestaciones de odio, ante la que los poderos públicos y judiciales consienten.

En cuanto a lo de Europa… ¿Qué pensar? ¿Qué manos la mueven? ¿Quo vadis?… En fin, sólo cabe esperar, para ver. Pero ya dijo el Señor de la Historia, ¿cuando vuelva encontraré fe sobre la tierra? (Cf. Lc 18,8)

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

Carta pastoral íntegra del arzobispo de Toledo
(Nota: el subrayado es nuestro?
¿Por qué esas manías?

Se ex­tra­ña­ba hace po­cos días un mé­di­co mon­ta­ñés en un dia­rio de San­tan­der de que Eu­ro­pa rehu­ye­ra y evi­ta­ra el ca­to­li­cis­mo; tam­bién de la be­li­ge­ran­cia que exis­te con­tra la Igle­sia Ca­tó­li­ca en la so­cie­dad es­pa­ño­la. Cier­ta­men­te es cu­rio­so y sor­pren­den­te. Pue­da ser que al­gu­nos in­sul­ten a los miem­bros de la Igle­sia por­que pien­sen que lo que cree­mos es men­ti­ra. De ahí el ata­que des­pia­da­do y ab­sur­do. ¿No se pue­de dis­tin­guir en­tre no acep­tar lo que de­ci­mos y el in­sul­to? ¿Por qué, pues, no in­sul­tan a otros cre­dos, aun­que no es­tén de acuer­do con ellos? Algo no fun­cio­na en to­dos es­tos epi­so­dios con­tra el ca­to­li­cis­mo, que he­mos vis­to des­fi­lar en es­tos me­ses en­tre no­so­tros.

A mí no me gus­tan las in­jus­ti­cias, pero es­toy dis­pues­to a afron­tar­las y sin una res­pues­ta con odio, pues el per­dón ante la in­com­pren­sión e in­clu­so al in­sul­to es la res­pues­ta que dan mu­chos cris­tia­nos per­se­gui­dos, por ejem­plo, en el Me­dio Orien­te. Y a mu­chos los ma­tan. Me im­pre­sio­nó un vi­deo de la co­mu­ni­dad cop­ta or­to­do­xa vi­si­ta­da por el Papa Fran­cis­co hace ape­nas una se­ma­na. Es­tán can­ta­do y oran­do, aún con los her­ma­nos que mue­ren sim­ple­men­te por ser cris­tia­nos. Es el tes­ti­mo­nio cris­tiano con­tra la ley del ta­lión que Je­sús rom­pió. Pero lo tris­te es que pue­da des­a­pa­re­cer del ho­ri­zon­te de Eu­ro­pa la reali­dad de la fe cris­tia­na, que no le per­mi­ta ofre­cer más un hu­ma­nis­mo ex­tra­or­di­na­rio, ba­sa­do en los des­cu­bri­mien­tos del pen­sa­mien­to grie­go, de la ley ro­ma­na y de la Re­ve­la­ción Di­vi­na que está en la raíz de esa fe. Esta sín­te­sis re­pre­sen­ta un gran pro­gre­so que per­mi­tió el desa­rro­llo de Eu­ro­pa y su ex­cep­cio­nal con­tri­bu­ción a la he­ren­cia del mun­do en­te­ro.

Sin des­pre­ciar nada que se pue­da o se deba aña­dir a ese “sue­lo nu­tri­cio, la fuen­te de la iden­ti­dad eu­ro­pea es, sin duda, el amor de Dios para con los hom­bres, pres­cin­dien­do de su con­fe­sión, na­cio­na­li­dad o cual­quier otra per­te­nen­cia. ¿Ha­brá, pues, uni­dad en Eu­ro­pa si no se fun­da en la uni­dad del es­pí­ri­tu?” Esa era la pre­gun­ta de san Juan Pa­blo II en 1997, en su vi­si­ta a la dió­ce­sis pri­ma­da de Po­lo­nia, Gniezno.

Como re­cor­da­ba de ma­ne­ra lú­ci­da el Papa Fran­cis­co a los lí­de­res eu­ro­peos en el 60 aniver­sa­rio de la fir­ma del Tra­ta­do de Roma: “Eu­ro­pa no es un con­jun­to de nor­mas a cum­plir, o un ma­nual de pro­to­co­los y pro­ce­di­mien­tos a se­guir. Es una vida, una ma­ne­ra de con­ce­bir al hom­bre a par­tir de su dig­ni­dad  tras­cen­den­te e inalie­na­ble”.

¿Ayu­da­rán es­tos pen­sa­mien­tos para so­lu­cio­nar tan­tas em­bes­ti­das gra­tui­tas con­tra los que for­ma­mos la Igle­sia Ca­tó­li­ca? Tal vez no, o qui­zá sí. Pero no­so­tros no ce­sa­re­mos en bus­car la ver­dad y vi­vir el amor, para que sea po­si­ble vi­vir de otra ma­ne­ra la vida hu­ma­na.

+ Brau­lio Ro­drí­guez Pla­za

Ar­zo­bis­po de To­le­do y Pri­ma­do de Es­pa­ña

 


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