La verdad doctrinal más grande a saber y mantener en nuestra fe

 

Nos ha resultado significativa la carta del apóstol san Pablo a los Efesios  2,1-10.  Es la lectura previa al Evangelio de la liturgia de la misa hoy, 21 de octubre, y nos gustaría hacer una breve reflexión. El texto dice así:

Hermanos: Ustedes estaban muertos por sus delitos y pecados, porque en otro tiempo vivían según los criterios de este mundo, obedeciendo al que está al frente de las fuerzas invisibles del mal, a ese espíritu que ejerce su acción ahora sobre los que resisten al Evangelio. Entre ellos estuvimos también nosotros, pues en otro tiempo vivíamos sujetos a los instintos, deseos y pensamientos de nuestro desorden y egoísmo, y estábamos naturalmente destinados al terrible castigo de Dios, como los demás.

Pero la misericordia y el amor de Dios son muy grandes; porque nosotros estábamos muertos por nuestros pecados, y él nos dio la vida con Cristo y en Cristo. Por pura generosidad suya, hemos sido salvados. Con Cristo y en Cristo nos ha resucitado, y con él nos ha reservado un sitio en el cielo. Así, en todos los tiempos, Dios muestra por medio de Cristo Jesús, la incomparable riqueza de su gracia y de su bondad para con nosotros.

En efecto, ustedes han sido salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios. Tampoco se debe a las obras, para que nadie pueda presumir, porque somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos.

 El marco de la carta está dirigina a la comunidad de Éfeso, donde se había disputas ni polémicas doctrinales. Y va dirigida al asentar firmemente y a consolidar las enseñanzas trasmitidas. Lo que les recuerda sintéticamente Pablo, ya desde Roma, son los fundamentols subsativos de la fe cristiana en tanto solo unos breve líneas; algo a tener muy presente y no desvirse. Lo cual es tan válido para los fieles de entonces como para los de hoy, y casí diríamos especialmente para estos, para nosotros, que andamos tan imprecisos doctrinamente, y aventandos crisis.

Hay en la carta una definición del origen, causa de nuestro ser, la meta y el fin de nuestro existencia, querida por Dios. San Pablo recuerda que antes de conocieran el Evangelio estábamos muertos por las culpas y pecados, merced del egoísmo y de la mundanidad; vivíamos conforme a los criterios o lógica de este mundo, dominada o conforme a las fuerzas invisible del mal que operan en nuestro medio; es decir, como también se traduce en otra versión “!cuando seguíais el proceder de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios”.    

Pablo dice que antes, como le ocurrió él, antes de su conversión: “vivíamos sujetos a los instintos, deseos y pensamientos de nuestro desorden y egoísmo”, y expuestos a la condenación: “estábamos destinados a la ira” o “castigo”.

Pero Dios, por puro amor, por absoluta misericordia, se apiadó de los seres a los que había creado para darles un fin santo y dichoso con Él, como hijos suyos, y de manera que “estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Cristo —estáis salvados por pura gracia—; nos ha resucitado con Cristo Jesús, nos ha sentado en el cielo con él, para revelar en los tiempos venideros la inmensa riqueza de su gracia, mediante su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.” En fin, no se puede decir nada más, esta todo expresado en estas cuatro líneas; la verdas más grande que podemos saber.

Todo esto no es sino pura gratuidad de Dios, todo es obra de su gracia misericordiosa, que fue manifestada en su Hijo, Jesucristo, a través de quien nos rescato y nos dio nueva vida, y nos colocó en situación de salvación. De modo que estamo liberados de ataduras para hacer el bien, para obrar según la voluntad de Dios, para que hagamos aquello que nos santifica. Es decir, que hemos sidos rescados de las garras del mal, para vivir según el designo de nuestro creador y salvador. «Somos hechura de Dios, creados por medio de Cristo Jesús para hacer el bien que Dios ha dispuesto que hagamos».

Todo es gracia, todo es don: desde de nuestro origen, hechura a imagen y semejanza de Dios en el Hijo, hasta nuestro destino eterno, queridos por Dios. Cuando esto se vio comprometido por la amenaza de la muerte por nuestros precados, por nuestro proceder según el principe de la potestad este mundo, el espíritu que ahora actúa en los rebeldes contra Dios, somos «salvados por la gracia, mediante la fe; y esto no se debe a ustedes mismos, sino que es un don de Dios.» Dios nos hizo y somos suyos, para siempre, por la sangre de Cristo, que dio su vida por la nuestra.

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