La tentación del orgullo. Doble gracia

         Y para que no me enorgullezca por la sublimidad de las revelaciones, me fue dado un aguijón de la carne, un ángel de Satanás que me abofetee para que no me ensoberbezca. Acerca de esto tres veces rogué al Señor para que no me ensorbebezca. Acerca de estos tres veces rogué al Señor para que alejase de mi, pero me respondió: “Te basta mi gracia, pues mi poder triunfa en la flaqueza”. Con gusto, pues, me glorié en mis debilidades para que more en mí el poder de Cristo. Por esto me complazco en mis flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones, en las angustias por Cristo, pues cuando soy débil, entonces soy fuerte.  (2 Cor 12,7-10)

         “Los otros vicios nos hacen cometer obras malas; pero el orgullo ataca incluso a las obras buenas para hacerlas perecer.” (San Agustín) (2). 

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           —¿Maestro, no es un comportamiento cobarde el  no haber afrontado la tentación, y sin embargo os fuisteis?

           —El Señor me dio la gracia de poder irme.

           —¿Y acaso no os doy la gracia de resistir?

           ¾Hay que optar por el camino más sencillo, que a su vez coincide con el más humilde. De esa manera Dios me libró de aquella tentación y de la subsiguiente, la del orgullo. 

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         En vez de luchar directamente contra las tentaciones y mantener un combate directo, con los riesgos que esto conlleva, refugiémonos en la oración.

         Cuidado de las batallas que por nuestra cuenta libramos con las tentaciones; porque estamos expuestos a que por no caer en la sartén caigamos en el fuego.

         Que prenda el orgullo, la satisfacción propia,… es muy fácil. Es la tentación más sutil, y por tal la que más se resiste a la gracia, porque nos falta sutileza, delicadeza, finura de espíritu, santidad. 

         Me atrevería a decir que quien ama con el orgullo de sus fuerzas, peca y se aleja de Dios; y quien peca por debilidad y sin orgullo, no está tan lejos de Dios.

         A veces vencer es una forma de ser vencido. Una tentación vencida puede traer peor consecuencia que caer en ella. El vencer puede ser una tentación mucho más peligrosa.

         El mismo actuar en el bien, puede inocular este germen de satisfacción del ego.

         Hay quien hace lo que hace (obras buenas, meritorias, superar tentaciones, etc.) por orgullo y no por amor, y eso es su corrupción.

         El orgullo ataca incluso a las obras buenas. No basta, pues, hacer el bien para librarse de él.

         La virtud demasiado segura de sí misma aparta de la virtud, a los demás. Pegy: “Hay pecados que está abiertos a la gracia, y virtudes que son una coraza”.

         El orgullo de la propia virtud es mortal, es la pérdida de la inocencia, y es lo que más nos distancia de Dios.

         No hay pecado importante sin orgullo.

         El orgullo de sentirnos fuertes, importantes,…., hincha el yo y fácilmente construye el centro en sí mismo y no en Dios.

         El mirarse mucho a sí, tanto por satisfacción como por desprecio, es una autocontemplación contraproducente.

         Los pecados que exaltan nuestro ego son los más graves.  El orgullo lo contamina todo, y lo que a los ojos del hombre no parece grave, abre un sutil abismo en la comunicación con Dios. El yo inflado ocupa, sin saberlo, el espacio reservado a la presencia del Espíritu de Dios. Entonces, aunque parezca que le escuchamos, que está con nosotros, nos engañamos.

         Es el fariseismo que se siente satisfecho, con derechos, se siente seguro de sí, de sus fuerzas,… al final Dios le sobra.

         “Isaías se da cuenta de que el mayor pecado es el orgullo (poder sostenerse uno por sí mismo, hacerse Dios) y de que la salvación es la fe (se entrega por completo y humildemente a Dios con toda confianza)” (3)

         Los éxitos, nuestros triunfos de cualquier tipo -sobre todo en el campo moral- si se meten por medio el orgullo que lo infecta todo, pueden ser fracasos, los verdaderos fracasos.

         Los éxitos nos pueden alejar de Dios, en cambio, las humillaciones, las faltas que nos dan un sabor a vergüenza, producen un efecto respecto a Dios, contrario a lo que pensamos.

         Lo peor es la obstinación en el orgullo, y en la obstinación de que el orgullo es algo que no nos afecta. Obstinación en el orgullo de no ser orgullosos. Es el circulo cerrado, levantado a machamartillo, donde Dios no podrá entrar.

         El que intenta superar esto por su propias fuerzas no comprende que necesita de la gracia de Dios, pues su condición humana es contingente, y que tan solo podemos colaborar ascéticamente a que Dios nos libere y nos santifique. “Sin mi no podréis hacer nada”, nos dice Cristo.

         Tener miedo a nuestra complicidad secreta con el demonio, a esa complicidad en el orgullo.

         El orgullo es como una contaminación que se filtra por todas partes, en mayor o menor medida, con mayor o menor sutileza. Por eso tenemos que estar en todo momento vueltos hacia Dios, mendigando perdón, aunque a veces no sepamos ni porque. Se nos escapan tantas cosas…, sin embargo esa actitud de apertura a la misericordia de la gracia, nos protege instantáneamente de que nos alcance mortalmente cualquier asechanza del mal. Quien mira a Dios está a salvo. No temas.

         Dios es el que hace, Dios es el que da, Dios es el que viene. Nosotros no tenemos que hacer nada, tan solo no poner obstáculos: estos son principalmente los pecados de orgullo.

         Ser sabio es sentirse dependiente de Dios. Ser fuerte es sentirse en manos de Dios. Estar seguro es contar con la ayuda de Dios. Ser valiente es olvidarse de sí, por Dios.

         Cuanto mayor sea nuestro trato y relación con Dios, cuanta mayor sea la intimidad, mayor será la humildad, la gracia y la santidad.

         Dios actúa, nos trabaja en silencio, y a veces a duras penas, interiormente y sin que nos enteremos; pero si no le permitimos, abriéndonos a su gracia, si nos resistimos a que intervenga, levantamos un muro de pecado.  Así y con todo Dios seguía trabajando, es la gracia permanente,  para que ninguno se pierda, la sangre de nuestro Señor Jesucristo no ha sido derramada en vano.

 

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2.- Citado por MOLINIE, M.-D.: o. c., p.95.

3.- CHARPENTIER, E.: “Para leer el Antiguo Testamento”, Verbo divino, Navarra, 1982, p.42.

 

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